Mensaje de bienvenida

¡Y sin embargo algunas personas dicen que se aburren!¡ Démosles libros!¡Démosles fábulas que los estimulen!¡Démosles cuentos de hadas! Jostein Gaarder

viernes, 18 de febrero de 2011

Arantxa y la lengua 1er ciclo




Hoy Arantxa está muy contenta porque le toca salir a la pizarra para escribir el dictado. Todos los días la seño llama por orden de lista a un niño o niña de la clase, para realizar esta actividad. Ayer su profesora le dijo: -Arantxa, mañana te toca a ti, no se te olvide. Y no, a ella no se le va a olvidar porque escribir en el encerado es lo que más le gusta del mundo. Por eso, esta mañana cuando su mamá ha ido a despertarla ya estaba levantada: -¿Pero qué haces tan temprano despierta? -Mamá, es que hoy tengo que escribir el dictado en la pizarra y no quiero llegar tarde al colegio. Muchas veces, Arantxa ha intentado colarse cuando no es su turno: -Seño, hace muchos días que no salgo, hoy me toca a mí. A menudo, se ha peleado con el niño que está de pie escribiendo para que le deje en su puesto, hasta que la profesora se ha enfadado con ella y le ha dicho: -Arantxa, todos los niños tienen derecho a salir al encerado, así que o te sientas o te quedas sin recreo. Ella se ha ido a su sitio muy enfadada y no ha querido trabajar en su cuaderno. Sin embargo, hoy sí que es su turno. Nada más llegar, la seño ha pasado lista, ha puesto la fecha y les ha dicho a todos que sacasen el libro de lectura y el cuaderno de Lengua: -Copiad la fecha de hoy y acordaos de dejar una línea en blanco para escribir debajo, en el centro de la hoja, la palabra DICTADO. La clase de lengua ha empezado. Esta es la asignatura que más le gusta de todas. La profesora mira la lista y dice: -Hoy le toca salir a… Arantxa. Antes de que terminase de decir su nombre, ya estaba ella al lado de la pizarra con la tiza en la mano. Antes de hacer el dictado, hacen un poco de lectura comprensiva: la profesora lee el texto todo seguido para que lo escuchen de una vez y se enteren del sentido de lo que van a escribir, después hace preguntas sobre lo que han escuchado y, cuando lo han entendido todos, empieza a repetirlo despacio para que lo escriban: -La cesta, que hay encima de la mesa, está llena de cerezas. Arantxa escucha a su profesora y empieza a escribir: la sesta que ay ensima de la mesa está llena de seresas. -Vamos a ver Arantxa, al principio de un escrito... -A sí, ¡se escribe mayúscula! -dice la niña borrando la letra minúscula que había escrito. -¿Lo demás está bien? -pregunta con mucho interés a su profesora. Esta la mira y sonríe. -Bueno, casi bien. Mira, en algunas palabras en donde has puesto s, tenías que escribir la letra c. Arantxa, antes de que la profe termine, borra lo que ella cree que está mal y el dictado queda así: La cecta que hay encima de la mesa está llena de cerecas. Arantxa, como muchos niños canarios, se hace mucho lío con las c, las z y las s cuando están aprendiendo a escribir, eso también les pasa a menudo a los andaluces. -¿Ahora está bien? La profesora se ríe, le coge la mano y juntas cambian algunas letras. -Ahora sí: La cesta, que hay encima de la mesa, está llena de cerezas. Arantxa está muy contenta, porque por fin, ha terminado el dictado. Después se sienta en su mesa y copia la frase de la pizarra en su cuaderno. La profesora le pone un bien y ella sonríe. -Mañana vamos a escribir un cuento inventado por todos vosotros. -¿Puede ser de brujas? -pregunta Arantxa -Por supuesto -responde Conchita. La niña se va a su casa soñando con brujas, escobas y encantamientos. -Mamá, mañana, me va a gustar mucho la clase -le dice a su madre mientras le da la mano de vuelta a casa.

Ilustración original:

María Gallego de 11 años ha tenido la amabilidad de hacerme un dibujo para este cuento.Muchas gracias.

jueves, 17 de febrero de 2011

Arantxa y las matemáticas 1er ciclo.








Arantxa vive en una isla maravillosa en medio del Atlántico llamada Gran Canaria. La gente que la habita, siempre está contenta porque ese lugar es tan alegre y bonito, que es difícil sentirse triste y desdichada rodeada de tanta belleza.
Sin embargo, hoy Arantxa está de mal humor. No quiere ir al colegio. Le toca dar matemáticas y a ella no le gustan nada, nada, los números. Por el contrario, le encanta la clase de Lengua: ¡eso sí que es divertido! La seño les cuenta unas historias preciosas de hadas, brujas, príncipes y princesas.
En clase de Mate, siempre está distraída y lo que es peor, distrae a sus compañeras.
-Arantxa, ¡si no aprendes a sumar, restar, multiplicar y dividir, no podrás ayudar a tus padres en el mercado! -le dice Conchita, su profe.
-Profesora, para hablar con las clientas, no hace falta saber matemáticas. Mi madre tiene una amiga, que no ha ido al colegio y tiene también un puesto en la plaza.
Arantxa siempre tiene respuesta para todo y no hace caso de los consejos de sus padres ni de la profesora y, claro, siempre suspende” las Mates.”
  Un día, su profe está en la pizarra explicando las  tablas de multiplicar y Arantxa, levantándose de su mesa, le pregunta:
-Señorita: ¿Transilvania se escribe con C o con Z?
-¡Pero Arantxa! ¿Para qué quieres saber eso, si ahora estamos aprendiendo a multiplicar?
  -Mis compañeros sí, pero yo no. Yo estoy escribiendo un cuento de brujas y vampiros y quiero saber cómo se escribe Transilvania -le replica.
Como es natural, su profesora se enfada, pero ella no hace caso de nadie. No se da cuenta de que es muy importante atender en clase para aprender bien los números.
A Arantxa lo que más le gusta del mundo es acompañar a sus padres los sábados por la mañana al mercado, ponerse un delantalito blanco precioso, bordado con punto de cruz, que le ha hecho su abuela, y ayudarles a vender en su puesto.
Hoy por la mañana, mientras su padre se ha ido a llevar un pedido, Arantxa se pone detrás del mostrador en su lugar para cooperar con su mamá. Se siente muy mayor pero, sin darse cuenta, le ha dado a una señora un billete de 20 € en lugar de uno de 5€.
Sus padres se han enfadado mucho con ella:
-Si estudiaras más matemáticas, no confundirías los números. Mientras no las apruebes, no vendrás más con nosotros al mercado.
Ahora Arantxa es la más aplicada de clase: atiende y aprende con mucha rapidez. Se ha dado cuenta de que además del lenguaje, las matemáticas también son muy importantes.



Ilustración original:


Junto con su prima, Virginia Gallego de 11años ha elegido este cuento entre otros para ilustrármelo.Muchas gracias.

martes, 15 de febrero de 2011

La ranita Rafaelita 1er. ciclo


En lo más profundo de un frondoso y verde bosque, rodeada de arboles, había una gran charca de aguas cristalinas, en donde vivían una pareja de ranas verdes. Los árboles eran tan altos, que desde el agua apenas se podía ver el cielo y, en todo el paisaje que rodeaba la charca, el color que predominaba era siempre el mismo: el verde. Desde allí, parecía que el mundo estaba hecho solo de ese color, aunque con diferentes matices. El papá y la mamá rana estaban muy contentos porque acababan de tener una gran descendencia formada por renacuajos de cabeza gorda y cola pequeña, que se movían por la charca con una velocidad y una alegría extraordinaria. Las ranas papá y mamá estaban muy satisfechas de sus hijos y, a cada uno, le pusieron un nombre. A la más pequeña de todos la llamaron Rafaelita. Rafaelita era una renacuaja muy simpática que estaba muy orgullosa de su cuerpo, por eso no quería crecer. Sabía que cuando lo hiciera, tendría que cambiar la cola por dos pares de patas que le servirían para saltar y ver el mundo que rodeaba la charca. Esto de salir del agua a tierra firme, no le hacía ninguna gracia y, además, a ella le encantaba su cola, decía que la tenía porque era la princesa de los renacuajos y, que en cuanto la perdiera, dejaría de ser princesa. Todos sus hermanos y hermanas ya se habían hecho mayores; todos menos ella, se habían transformado en unas ranas muy verdes, que lucían unas patas flexibles y elásticas. Con ellas podían dar saltos y salir del agua durante grandes periodos de tiempo. A Rafaelita no le daba ninguna envidia ver a sus hermanas saltando alrededor de la charca. -¡Parece que están locas! -repetía una y otra vez-. No sé que le encuentran a eso de saltar, con lo bien que se está aquí, flotando suavemente sobre la superficie del agua, rodeada de preciosos nenúfares. Un día, en el bosque, cayó una gran tormenta. El ruido de los truenos era ensordecedor y, los relámpagos iluminaban el cielo, con una luz tan brillante que en la charca estaban atemorizados; era la primera vez que las ranas pequeñas veían un temporal así. -¿Mamá, que es aquello que brilla en el cielo?-preguntó Rafaelita-, no es del color del bosque. Ella no estaba acostumbrada a nada que fuera de otro color, por eso se asustó. -Son relámpagos -dijo su madre-, y son de otro color; no son verdes, son y de un color azul y amarillo muy intenso. En el mundo que hay dentro y fuera del parque hay muchos colores diferentes. Sin embargo, mientras que no crezcas, no podrás salir de aquí y no verás todas las cosas bonitas que nos rodean. Rafaelita, que pensaba que todos los colores eran tan escandalosos como los relámpagos, le dijo: -No mamá, no quiero ver más colores. Me dan miedo. Prefiero el color verde de nuestra charca, de nuestros árboles y de nuestra piel; el verde me tranquiliza. La mama de la ranita la dejó por imposible: –Esta niña no va a madurar nunca. Al poco rato, la lluvia empezó a caer más despacio, hasta que paró de llover y, en ese momento, apareció en el cielo el Arco Iris. Rafaelita se quedo pasmada mirándolo. Allí arriba había algo redondo, parecido a medía charca, formado por diferentes tonos, tan suaves y sutiles que no le asustaron como le había ocurrido con los relámpagos. Entonces le dijo a su madre: -Mamá, ¿qué colores son esos tan bonitos? Nunca los habia visto. -Eso que estás viendo es un Arco Iris. Siempre sale después de llover y tiene siete colores preciosos. -¿Cómo se llaman mamá? - preguntó Rafaelita muy excitada, ante tanta belleza. La madre le enumeró los siete colores por el orden en que aparecían en el cielo: -El rojo está en la parte exterior del arco, luego viene el naranja, el amarillo, el verde, el azul, el añil y por último el violeta que está en la parte interior. -Mamá, esos colores no me asustan; quiero ver más cosas con más colores. ¡Quiero hacerme mayor! -Menos mal -exclamó su madre-, creía que nunca ibas a dejar de ser un renacuajo. Pero si quieres crecer, tienes que comer todas las moscas y mosquitos, que puedas atrapar. A partir de aquel día, la vida de Rafaelita fue más divertida. Pronto dejó su cola, que cambió por dos pares de patas, como lo habían hecho anteriormente sus hermanas y, todos los días, salían de excursión por los alrededores para investigar el colorido que les ofrecía la naturaleza. A estas salidas las llamaron las excursiones de los colores. La primera, fue la excursión del color azul. Esa fue muy fácil de hacer, no tuvieron más que atravesar la barrera de altos árboles que rodeaba la charca y apareció… ¡el cielo! Se tumbaron todas boca arriba, aunque era una postura algo incomoda para ellas y, se pusieron a admirar el color azul. La mamá les explicó: -El cielo es de color azul, pero cuando amanece o se pone el sol, se llena de tonos rojizos, amarillos y violetas. De noche cuando estáis dormidas se oscurece y el tono pasa a azul oscuro, pero de todas formas siempre es precioso. Todas las ranitas estaban encantadas con las clases que les daba su mamá y, días después volvieron para ver un amanecer y una puesta de sol y, así, comprobar lo que les había contado. Durante su larga vida, hicieron muchas excursiones de ese tipo. Cuando Rafaelita llegaba cansada y llena de emociones, ya no se acordaba de su cola ni de si era o no princesa, solo recordaba la belleza de los paisajes, que ese día acababa de visitar y, se dormía pensando en el próximo viaje que le descubriría una nueva variedad colores. La ranita, al final, se había dado cuenta de que el mundo era un gran cuadro que estaba ahí, para ser admirado por todos, incluidos los diminutos habitantes de la charca.

Ilustrador:

Mi nieto Guille Martínez Ortiz hizo este dibujo cuando solo tenía siete. ¿A que es muy chulo? Es un dibujo original

sábado, 12 de febrero de 2011

Jacin Potas 3er ciclo

La noticia le cayó como una bomba, tenían que cambiarse de ciudad. Debían dejar a sus abuelos, sus amigos, su casa, su colegio, su calle y su barrio, en resumen todo lo que hasta entonces había formado parte de su vida. Pensar que el paisaje que divisaba cada mañana por su ventana, cambiaría por completo y, que en unos pocos días todo a su alrededor sería diferente, le producía un vértigo y una angustia terrible.
Sin embargo, sus padres estaban muy contentos. No eran de la opinión de Jacinto.
-Este traslado supone un gran ascenso y es una oportunidad única para mejorar nuestro nivel de vida -les decían a sus amigos, cuando iban a despedirse de ellos. Pero ¿y él?, con él no habían contado para nada. ¡Nunca contaba para nadie! Su hermana, al menos, tenía más carácter y, enseguida, se sobreponía a cualquier contrariedad por grande que fuera. Sin embargo, a él le dolía el estómago desde que recibió la noticia. Desde el día que se enteró de que había que hacer una mudanza, tenía ganas de vomitar, como le ocurría siempre que se enfrentaba a algún problema.
Al poco tiempo, Jacinto y su familia se trasladaron de ciudad y, ya habían pasado casi dos trimestres completos del curso, cuando llegaron a su nuevo colegio. Todos los chicos ya estaban cómodamente instalados en sus clases y cuando llegaron los nuevos los miraron como a bichos raros. Bueno, eso es lo que pensaba Jacinto, porque así se sentía cuando entró por primera vez dentro del nuevo recinto escolar. La noche anterior, estuvo pidiendo al cielo que no amaneciese para evitar el trance de aparecer en un sitio desconocido para él. Pero las leyes de la naturaleza siguieron su curso y ese día amaneció como siempre, con su luz, su sol y alguna que otra nubecilla. Por eso no pudo poner ninguna excusa para no levantarse.
-¡Vamos niños, hay que darse prisa! - Oyó decir a su madre cuando vino a despertarlos. Jacinto se levantó sin ganas, no quiso desayunar porque tenía los nervios metidos en el estómago y, además, le había sentado mal la cena del día anterior. Envidiaba el aplomo de su hermana Azucena. Para ella, el traslado a un colegio nuevo, era una experiencia parecida a ir al cine o a dar un paseo con una amiga. Todos los nervios de la familia se los había llevado Jacinto. Ambos hermanos se pusieron en marcha a la hora adecuada, acompañados por su madre que comentó:
-Hoy os llevaré por ser el primer día. No quiero bajo ningún concepto, que lleguéis tarde al cole.
Jacinto iba por el camino rezando para que lo pusiesen en la misma clase de su hermana, pero al llegar a la secretaría empezaron sus primeros problemas.
-Es imposible, nunca dejamos a dos hermanos en la misma aula, es la política del colegio, aunque sean gemelos- aclaró la directora.
¡Maldita la gracia que le hizo! A Azucena la enviaron a 6º A y a Jacinto le tocó la clase de 6ºB que, según dijo la profesora, eran un poco revueltos, pero buenos chicos.
-Ahora vendrá el pitorreo de los nombres -pensó. ¡Solo a su madre se le podía ocurrir ponerles Jacinto y Azucena! Cuando salían juntos y uno de los dos hermanos se encontraba con algún amigo y tenían que presentarse, siempre la misma broma:
-¡Hombre, Azucena y Jacinto!, vaya nombres más raritos que os ha puesto vuestra madre. Ella no tiene hijos, tiene un ramillete de flores.
Entonces todos se echaban a reír y a Jacinto le entraban unas ganas tremendas de salir corriendo o de que lo tragase la tierra. Sin embargo, Azucena se reía con ellos sin importarle nada y les seguía la broma tan fresca como siempre.
El primer día, la secretaria les acompañó a cada uno a la clase correspondiente; Azucena entró en el aula con el aplomo que la caracterizaba; abrió la puerta, dijo buenos días y pasó como si estuviese matriculada en ese Centro desde Educación infantil; pero Jacinto era distinto. Al abrir la puerta y ver tantas caras desconocidas observándole, le empezaron a temblar las piernas y un sudor frio le corrió por toda la frente. La profesora y sus compañeros estaban expectantes esperando su reacción, el más chistoso del grupo, al observarle como un pasmarote en la entrada, dijo en voz alta:
- ¡Mirad chicos, ha venido a vernos Harry Potter!
-¡Siéntate y calla, Álvaro!- le dijo Dña. Luisa -. Jacinto va a quedarse con nosotros lo que queda de curso y le vamos a tratar como a uno más. No quiero bromas ni gamberradas, ¿de acuerdo, Alvarito?
– ¡Alvarito, Alvarito, esta mujer me tiene manía! - exclamó en voz baja.
Efectivamente, Jacinto llevaba unas gafas pequeñas de cristales redondos que le daban cierto parecido con el actor que interpretaba Harry Potter y, por desgracia para él, Álvaro lo había descubierto rápidamente.
-¡Ya tenemos pitorreo para todo el curso! - pensó Jacinto. Este quiso hacerse el duro y aparentar que las bromas no le importaban, pero su cara reflejaba su estado de ánimo y, poco a poco, empezó a ponerse blanco y a sentirse mareado. Sin saber cómo, le entraron unas ganas tremendas de vomitar. Recordó que había visto en el pasillo un aseo antes de entrar en la clase y salió disparado a dicho lugar sin pedir permiso a nadie. Cuando volvió, había recuperado un poco el color cara. La profesora se dirigió hacia dónde se encontraba y le preguntó:
-¿Te encuentras mal, Jacinto?
Antes de que pudiese contestar, intervino Álvaro:
-El señorito se ha puesto malo. En vez de Harry Potter, le vamos a llamar Jacin Potas. Los compañeros, al oír el chiste que había hecho el gracioso de la clase a costa del nuevo, empezaron a reírse a carcajadas y a dar patadas en el suelo. Se armó tal escándalo, que lo oyeron hasta en el aula de al lado.
Azucena, al oír el alboroto, se imaginó que su hermano estaba implicado en el problema por alguna causa. Dña. Luisa logró calmar a sus alumnos y, poco a poco, casi sin darse cuenta, el estómago del nuevo se tranquilizó, por lo que pudo dar clase hasta que sonó el timbre.
-¡La hora del recreo!- gritaron algunos de los compañeros de Jacinto. Los chicos no atendieron más a las explicaciones de Dña. Luisa, dejaron lo que estaban haciendo y salieron atropelladamente. Jacinto cogió su bocadillo de mala gana; no tenía ninguna sensación de apetito, pero salió al patio detrás de los demás alumnos. Mientras estaba en clase, se encontraba protegido por la profe, sin embargo, al salir al patio, se sintió de nuevo indefenso y perdido. No sabía hacia dónde dirigirse; a la derecha estaban las pistas de deportes, pero todavía no conocía al profesor de gimnasia y no sabía las normas de uso de las mismas y, hacia la izquierda, había una zona de jardín con una bonita arboleda, hacia allí se dirigió.
-¡Jacinto, Jacinto!- oyó que su hermana le llamaba desde el otro lado del patio. Estaba con dos compañeras y las tres vinieron hacia él.
-Jacinto, ven que te voy a presentar a dos amigas de clase. Son muy simpáticas: Clara, Mónica, este es mi hermano Jacinto.
-Hola ¿Qué tal? Tu hermana nos ha hablado mucho de ti.
Jacinto se puso rojo como un tomate y no supo qué contestar pero se dio cuenta de las dos eran guapísimas, parecía que se le estaba arreglando el día, hasta que se dio cuenta de que se les acercaba Álvaro.
-¿Os han presentado ya a Jacin Potas? -preguntó a Clara y a Mónica. ¿Quién es esta chica?
-Mira, Álvaro -le dijo Mónica bastante molesta -, te he dicho mil veces que cuando te haces el gracioso es cuando menos me gustas. No seas pesado y déjanos tranquilas, anda.
A Álvaro le molaba mucho Mónica, pero le gustaba hacerse el duro delante de ella.
-Bueno, Mónica ¿me la vas a presentar o no?
-Azucena, este energúmeno se llama Álvaro y seguro que nos va a dar la lata durante todo el recreo.
Mientras, Jacinto observaba callado al compañero que le había tocado en suerte rogando que tuviera alguna cosa más interesante que hacer que meterse con ellos y desapareciese de un momento a otro.
-Anda, pero si os parecéis -dijo Álvaro mirándoles fijamente-. ¿Sois mellizos? Azucena y Jacinto, dos flores o… dos capullos, como prefiráis.
Antes de que nadie pudiera remediarlo, Azucena le soltó un bofetón, Álvaro se echó hacia atrás para evitar el tortazo, pero al final se cayó al suelo. Cuando se levantó, se fue hacia ella hecho una furia. ¡Menuda se armó! Jacinto, al ver que iba hacia Azucena, salió en defensa de su hermana y empezaron a darse mamporros, acabando de nuevo los dos en el suelo.
-¡Pelea, pelea con el nuevo! Empezó a correrse la voz por el patio y enseguida se arremolinaron un montón de chiquillos que gritaban a favor de uno u otro contendiente.
Los nervios de Jacinto le traicionaron como siempre y el estómago empezó a producirle náuseas. Se quiso separar de su contrincante para ir a al aseo, pero este, pensando que quería escaparse, le agarró de la camisa aún más fuerte.
Jacinto no lo hizo adrede, pero no lo pudo evitar. Con los nervios de la pelea volvió a vomitar, pero, esta vez, el que recibió el regalito fue Álvaro.
-¡Aaah, qué asco tío! Eres un guarro. Me has puesto perdido. Ahora sí que te la has cargado. Te vas a acordar de este día durante toda tu vida ¿Cómo voy a estar toda la clase así, con esta peste hasta que me vaya a casa?
A Jacinto se le iba un color y le venía otro.
-Lo siento chico, pero no lo he podido remediar. He querido soltarme y me has agarrado más fuerte. Tú mismo me has llamado Jacin Potas, ahora ya sabes a qué atenerte.
Según iba hablando, notaba más seguridad en sí mismo. Se sorprendió de haberle contestado con tanta firmeza. Mientras se limpiaban como podían, la profesora que estaba de vigilancia en el recreo, llegó al lugar de la pelea.
-¡Cómo no iba a ser Álvaro uno de los implicados! ¡Ah, y el nuevo!, pues sabes que has empezado bien. El primer día de clase y ya hay que llevarte al despacho de la directora.
-Señorita -dijo Mónica-, nosotras sabemos porque ha empezado la discusión y el culpable ha sido Álvaro. Los ha insultado, los ha llamado capullos.
-¡No es verdad! les he dicho que tenían nombre de flores o de capullos.
-Dejaos ya de tonterías y vamos a dirección. ¡Por Dios! ¡Qué olor echáis! No se puede estar a vuestro lado.
En el despacho, las preguntas y las respuestas se sucedían sin parar, además de las interrupciones de los testigos de la pelea.
-¡Basta ya!- dijo la directora-. Tú te vas a quedar en el pasillo hasta que tus padres vengan a recogerte y, cómo castigo, vas a ser el compañero de Jacinto hasta que termine el curso. Veremos a ver si aprendes a respetarlo. En cuanto a ti, Jacinto, te recomiendo que pases de las tonterías que hacen algunos chicos. Como no tienen nada dentro del cerebro, dicen cosas sin sentido -dijo mirando a Álvaro.
-Además, como no seas capaz de dominarte, el mote que te han puesto te va a quedar que ni pintado.
-¿Es posible que ya le hayan ido con el soplo? Seguro que ha sido Dña. Luisa, mi tutora -pensó. ¡Cómo corrían las noticias en el colegio!
Salieron del despacho y se fueron a clase. La profesora les mandó al final del todo.
-Si queréis estar en clase de lengua, no se os ocurra moveros de dónde estáis. Os quiero bien lejos de mí, porque no hay quien pare a vuestro lado.
A parte de eso, el día terminó sin ningún percance más para los dos alumnos nuevos.
Al finalizar las clases, los hermanos se fueron a casa con las amigas de Azucena, aunque Jacinto iba delante de ellas, porque las chicas no querían arrimarse a él:
-¡En cuanto llegues a casa, te metes en el baño! ¡Menudo olorcito echas!
-¡No me des más la lata, guapa! Bastante mal rato he pasado hoy, así es que déjame en paz de una vez -le dijo enfadado.
A la mañana siguiente, Jacinto se levantó con el mismo problema que el día anterior, con el añadido de que sabía quién iba a ser su compañero de clase, ¡tendría que aguantar a Álvaro durante el resto del curso!
-¡Creo que no podré soportarlo! es superior a mis fuerzas. ¡Mamá no quiero ir al colegio por favor!
-Mira, Jacinto, tienes que controlarte, cuando te entren ganas de vomitar, respira hondo dos o tres veces y ya verás cómo se te pasa.
Jacinto prometió hacer caso a su madre cuando se despidió de ella pero, al entrar en clase, le empezó la misma molestia en el estómago que le era tan familiar. Se sentó al lado de Álvaro, como le había mandado la directora, y este le miró con mucho recelo.
-¡No quiero ni pensar que te atrevas a acercarte a mí! Te separas todo lo que puedas ¿Entendido?- le dijo este de muy malas maneras. Fue todo tan rápido que Jacinto no supo cómo pasó pero, allí mismo, volvió a repetir la faena del día anterior.
Su compañero empezó a gritar:
-¡Esto no hay quién lo aguante! ¡Si este tipo tiene que estar a mi lado hasta final de curso, yo me voy de este colegio!
Tal jaleo se armó que al poco rato, Álvaro se encontró otra vez en el despacho de la directora:
-Mira, me da igual que no quieras estar al lado de Jacinto, pero no te voy a cambiar de sitio; en tus manos está que deje de vomitar. Creo que a ti te interesa más que a nadie que se le pasen los nervios y esa costumbre que tanto te molesta.
-Sí claro, seguro que yo tengo la solución del problema, ¡no te fastidia!
-A ver si tienes más respeto a las personas mayores. Siéntate y atiende mis consejos.
-¿Tú sabes lo que es la empatía?
-¿La simpatía? Creo que sí.
-No, la simpatía no, la empatía. Eso es saber ponerse en el lugar de la otra persona. Tú tienes que ponerte en el lugar de Jacinto y pensar en lo mal que debe sentirse sin conocer a nadie en esta ciudad. Lo que le hace falta es alguien que le tranquilice y le haga tener seguridad. Tú no eres la persona indicada ¡claro está! pero si no quieres irte a casa todos los días igual que ayer, debes buscar la forma de que Jacinto se encuentre como en su casa. ¡Tú y toda la clase! Así es que aplícate el cuento y a trabajar. Además, Álvaro, te conviene quitarte la etiqueta de fanfarrón que tienes puesta. Eres un buen chico pero no te gusta demostrarlo, prefieres ser el gallito de la clase. Sin embargo yo sé que tú eres capaz de realizar esta tarea.
Álvaro pensó en todo lo que le había dicho la directora y, aquel día, durante el recreo hubo una reunión de los alumnos de 6º convocada por el cabecilla de la clase:
-De modo que ya sabéis, si alguno le molesta por algo y me vuelve a vomitar encima o tiene que salir corriendo en mitad de una explicación de algún profesor, por culpa vuestra, se os cae el pelo.
La idea de la directora fue buenísima, Álvaro por la cuenta que le traía empezó a comprender el problema de su compañero de mesa; pensó en lo mal que se encontraría él, si tuviera que dejar todo lo que conocía y marcharse a otro lugar. Desde ese momento, empezó a mirar con simpatía a Jacinto. Mientras, Jacinto había caído en la cuenta de que con su problema estomacal, tenía la forma de fastidiar a su compañero y, a partir de ese momento, su problema iba a ser el problema de los dos. Esto hizo que se enfrentara todos los días, con más tranquilidad, al hecho de ir a un colegio nuevo.
Desde entonces, su vida, fue como la del resto de sus compañeros, Álvaro se encargó de que nadie le pusiera nervioso para evitar las carreras hacia el aseo. Los esfuerzos por proteger a su compañero y, de paso, de protegerse así mismo de sus vómitos, hicieron que entre los dos, fuese desapareciendo la antipatía que se tenían desde el principio de conocerse y que naciese una buena amistad.
-Hay que ver lo que hace la empatía -decía Álvaro sonriendo y mirando a su compañero.
-¿La simpatía?-le preguntaba Jacinto.
-No hombre no, la empatía; un día que tenga ganas te lo voy a explicar-le aclaró echándole el brazo por encima del hombro, cuando iban hacia el patio del recreo.
Desde entonces, Jacinto no volvió a ser más Jacin Potas.

martes, 8 de febrero de 2011

El camaleón hechizado 2º y 3er ciclo



Erase una vez un camaleón al que una bruja había hechizado hacía muchísimo tiempo y, en vez de vivir en plena naturaleza como hacen todos los camaleones normales, tenía que vivir dentro de un cuento. Como todos los de su especie, tenía la facultad de cambiar de color según la superficie en donde se colocaba. Todos los camaleones son maestros del camuflaje, pero él no lo sabía, pensaba que eso le ocurría porque estaba hechizado. Cada vez que se colocaba encima de una letra se transformaba en ella. Si se ponía encima de la A, el camaleón se convertía en una A; si trepaba sobre una M, desaparecía como si esta letra se lo hubiese tragado, pero no era así, es que se había transformado en M. Esto le ocurría con todas las letras que salían en la historia. También le pasaba con los dibujos que lo ilustraban; en el cuento, había un príncipe y una princesa que vivían en un lejano país, pues bien, si el camaleón se colocaba encima del príncipe, a este último se le ponía una cabeza triangular con los ojos tan saltones que los niños que lo estaban leyendo se asustaban y salían corriendo sin querer saber nada más de él. Si esto ocurría con el príncipe, imaginaos lo que sucedía con la princesa. ¿Podéis pensar en un camaleón con trenzas doradas o en una princesa con cara de camaleón? En la primera librería en dónde se vendió, nadie recordaba cómo había llegado ese libro hasta allí. El cuento “El camaleón hechizado” estuvo muerto de risa en la estantería de la tienda, durante mucho tiempo, hasta que un niño que era muy aficionado a estos animales lo compró. Estuvo intentando durante mucho tiempo ver al camaleón, pero éste siempre estaba camuflado entre las letras y los dibujos y no consiguió verlo nunca. Por eso, un día, el cuento fue a parar a un puesto en la feria del libro usado. Pasó por las manos de muchos niños lectores. Estos o se asustaban con sus letras y dibujos cambiantes o se aburrían porque nunca podían ver bien al camaleón y, al final, siempre se deshacían de él. Hasta que un día: -Mira, mamá, “El camaleón hechizado”, cómpramelo por favor que tengo que hacer un trabajo sobre los Furcifer Pardalis-dijo Amalita. -¿Y eso que es?-preguntó su madre extrañada. -Mamá, pues una clase de camaleones -contestó la niña que era una sabionda de mucho cuidado. Ella había ido con sus padres y su hermano a La feria del libro de ocasión. Estuvieron dando vueltas comprando libros diferentes para toda la familia y, justo, cuando se iban a marchar, encontró lo que estaba buscando. -Mamá, es estupendo, ¡por fin un libro sobre este tema! Después de cenar, se fueron a leer a sus habitaciones y, al poco rato, la niña se presentó muy enfadada en el dormitorio de sus padres. -¡Este libro es un timo! Aquí no sale ningún camaleón y, además, según lees, las letras van cambiando de forma ¡menudo mareo! Parece que tienen un camaleón escondido detrás o encima de ellas y los dibujos también. No me sirve para mi trabajo. Lo dejó encima de la mesilla de sus padres y se fue muy indignada a dormir. La madre de Amalita cogió el libro y empezó a ojearlo. Primero pasaba las hojas muy despacio para observar lo que sucedía y, luego, lo hizo más rápido. Se dio cuenta de que solo una letra era la que cambiaba de forma cada vez; una letra o un dibujo, pero solo una. Le pareció muy raro, pero inmediatamente se dio cuenta de lo que pasaba. -Este camaleón estará hechizado, pero creo que, además, es muy bromista. No hay manera de verte porque siempre estás detrás de las letras, pero yo sé una manera de sacarte de ahí, ya lo verás amiguito -le dijo al camaleón en voz alta. La madre de Amalita sabía que el color rojo produce estrés en estos reptiles y, a veces, llega a enfermarlos hasta la muerte. Ella no quería que le pasase nada al pequeño animal, pero sí quería que dejase de camuflarse detrás de las líneas del cuento. Al día siguiente llamó a los niños y les dijo: -¿Queréis ver al camaleón? - Claro mamá. -Bien, pues coged unos rotuladores de color rojo y pintad todas las páginas del cuento. Así lo hicieron y, según los niños iban coloreando, nuestro amigo empezó a sentirse mal dentro del libro. Ese color le producía una sensación muy extraña que le fue dejando poco a poco sin fuerzas. El camaleón se cambió de hoja, hasta que llegó a la última página y no pudo seguir camuflándose más, entonces empezó a marearse. Se apoyó en la última línea del cuento y se quedó en el borde del mismo. Poco a poco se fue resbalando y, sin poderlo remediar, se salió de la página hasta que cayó suavemente al suelo. Los niños asustados llamaron a su madre: -¡Mamá, mamá! el camaleón ha aparecido por fin, pero parece que está enfermo. ¿Se va a morir? Nosotros no queríamos que le pasase nada malo – dijeron compungidos. -No os preocupéis, un libro no es un sitio apropiado para que viva un animal de esta clase. Metedlo en una caja y vamos rápido a los pinares de aquí cerca. Lo cogieron con mucho cuidado y lo llevaron en el coche para no perder tiempo. Cuando llegaron al bosquecillo, el aire de los pinos lo reanimó poco a poco y, al salir del coche, el camaleón empezó a moverse con lentitud. Lo colocaron sobre una ramita baja que había cerca de ellos y lo observaron con paciencia. Se notaba que no había estado nunca al aire libre porque al principio parecía asustado: -Pobrecillo, siempre metido entre las hojas de un libro -decían los niños. A los pequeños se les saltaron las lágrimas. De repente, el camaleón sacó su larga y pegajosa lengua y, por primera vez en su vida, cazó una mosca. Se la tragó despacio saboreándola y, a los niños les pareció que le había sabido a gloria. Al poco rato, casi sin que se dieran cuenta, el camaleón desapareció ante sus ojos. -¡Ha recobrado el poder de camuflarse! dijo Amalita -¡Se ha curado! -exclamó su hermano. Los tres se volvieron a casa contentos por haber hecho algo hermoso. Al llegar, fueron a buscar el cuento y observaron si se había efectuado algún cambio en él. Aparentemente, todo estaba igual, solo que, esta vez sí que pudieron leerlo. Las letras no se movían, ni los dibujos cambiaban. El camaleón hechizado ya no vivía entre ellos. ¡Era libre!
Ilustración:

El verdadero trabajo de Laura Bueno Valdés es traer niños al mundo, pero su afición es dibujar por eso le agradezco el tiempo y esfuerzo que ha gastado por ilustrarme este cuento.Eres una magnifica ilustradora. Muchas gracias.

lunes, 7 de febrero de 2011

El disfraz mágico 1er y 2º ciclo

Quique llegó a casa con una nota de su colegio:
“El martes de Carnaval, todos los niños deberán venir disfrazados para el festival que se celebrará en el salón de actos”
-Tendremos que comprarte un disfraz nuevo para la fiesta -dijo su madre, mirándole de arriba abajo para calcular la talla que tendría su hijo en ese momento-. Has crecido mucho desde el año pasado. El niño se rió orgulloso al escucharla.
Al día siguiente, Quique estaba muy nervioso; iban a ir con su abuela a elegir el disfraz. Cuando llegaron a la tienda, había tantos que no sabían por cual decidirse: de piratas, de chinos, de indios, de vaqueros. Él los miraba todos, callado, sin elegir ninguno.
-¿Quieres uno de pirata? le preguntó su madre.
Él movió la cabeza para los lados un poco enfadado.
-Pues no, parece que no le gusta este- le comentó a su abuela.
Entonces, el niño vio uno que le llamó mucho la atención; se soltó de la mano y salió corriendo a cogerlo.
-Este, mamá, quiero ir de jirafa –dijo muy contento pensando que ya había encontrado el que quería.
-¡Claro, cómo no se me había ocurrido antes! Con lo que le gustan los animales, quiere vestirse de jirafa. Ven Quique, vamos a probártelo.
La madre del niño descolgó el disfraz de la percha en dónde estaba colgado y se dirigieron los tres hacia una fila de personas, que esperaban el turno para poder entrar en la única habitación de la tienda que tenía un espejo.
-Lo siento señora, pero este disfraz no está disponible. Tiene un letrero que lo indica: "No está a la venta” -les dijo la dependienta, cuando vio que se lo llevaban al probador.
El niño, al oír a la señorita, cogió una rabieta tan grande que nadie lo podía consolar.
-Quiero este, quiero este - decía entre sollozos y suspiros.
La dependienta, viendo que Quique no tenía consuelo, se conmovió.
-Bueno, cójanlo, no creo que mi jefa lo tenga reservado.
El niño dejó de llorar inmediatamente y cuando les llegó el turno, se metieron en el probador con el disfraz, para ver cómo le quedaba. Le quitaron con cuidado la funda de plástico que lo protegía: era precioso. Parecía hecho de la piel de una jirafa de verdad, todo de una pieza. En la cabeza tenía dos cuernecitos negros, que al niño le hicieron mucha gracia.
-Ven Quique, mete primero las piernas y luego los brazos. Ahora la cremallera y por último te pondremos la cabeza -le explicaba su madre.
El niño se miró al espejo y sonrió viendo lo guapo que estaba.
-Estupendo, te queda muy bien -dijo la abuela.
Las dos lo estaban contemplando cuando, de repente, observaron que ocurría algo muy raro, la tela del disfraz empezó a pegarse al cuerpo del pequeño como si se tratara de su piel, su cuello se estiró tanto, que la cabeza empezó a subir y a subir y casi no cabía en el probador, y la nariz y la boca se transformaron en un verdadero hocico de jirafa. La abuela salió gritando:
-¡Socorro, socorro, ayuda! el disfraz está embrujado.
En ese momento, entró la dueña de la tienda, y al escuchar los gritos, fue derecha al probador con un cubo a agua que echó sobre el disfraz, ante la mirada asustada de Quique y de su madre. Rápidamente, el cuello del niño empezó a encogerse, la tela se le separó de la piel y volvió a ser cómo era antes: un niño rubio, con cara de niño, no de jirafa.
-Lo siento mucho- les decía la señora de la tienda disculpándose toda sonrojada-, no sé cómo la dependienta se ha atrevido a vendérselo, si ponía bien claro, que no estaba a la venta. Desde que me lo trajeron de África, este disfraz no me ha dado más que problemas. Mañana mismo le devolveré.
-No la regañe, señora, la culpa ha sido de mi hijo que se ha puesto muy pesado. La pobre chica no ha tenido otro remedio que dejar que se lo probara -decía la madre de Quique respirando hondo, mientras se le pasaba el susto y la abuela se tomaba una tila.
Quique no dijo nada; sabía que por culpa de su cabezonería, había estado a punto de convertirse en una jirafa de verdad. Ahora le iban a echar una buena bronca de camino a su casa.
A la mañana siguiente, llamaron a la puerta, un repartidor les entregó un disfraz de indio, que les enviaba la dueña de la tienda, con una nota volviendo a disculparse por lo sucedido el día anterior. Cuando la madre lo vio, llamó a su hijo:
-Mira Quique, por lo menos con este no te crecerá el cuello, si acaso alguna pluma –comentó sonriendo para quitarle importancia a lo sucedido el día anterior.
El niño, mirándola con preocupación y sin ganas de bromas, le dijo:
-Mamá, pensándolo bien, no quiero ir a la fiesta.

domingo, 6 de febrero de 2011

El niño azul 3er ciclo

Cuando Oscar nació, todo el mundo estuvo de acuerdo, ¡era un niño precioso! Solo le veían una pega: el color de su piel. Esta era de un color azul brillante como el mar, ese mar tranquilo que baña la costa en las mañanas de primavera. Él fue el primer bebe que apareció con ese problema; pero después, sin que nadie lo pudiese remediar, vinieron a este mundo algunos más con esa misma peculiaridad: ¡eran azules!
Antes de que ellos nacieran, sus mamás no dejaban de pensar con tristeza en sus hijitos. Estaban acostumbradas desde niñas a asomarse a las playas y acantilados gallegos y a admirar el azul intenso de sus aguas. Ahora, todo estaba manchado y negro; nada era como antes. Muchas tardes, después de dar largos y melancólicos paseos por la orilla, las gentes del pueblo las oían lamentarse:
-Nunca imaginé que cuando mi hijo naciese, iba a estar el agua tan sucia.
-¡Qué va a pasar con los peces! -decían mirándose con los ojos llenos de lágrimas.
-¿Y con las gaviotas? también morirán si comen pescado en mal estado -comentaban tan tristes, que a sus vecinos se les partía el alma viéndolas padecer tanto.
-Nuestra costa siempre ha estado limpia como un espejo y, ahora, parece un basurero -se quejaban entre ellas con pena.
Antes de todos los desastres provocados por los hombres, el agua del mar era azul y, el deseo de las madres de recuperar ese color para que sus hijos disfrutaran de él, era tan grande, que sufrían indeciblemente. Algunos científicos, avisados por los pediatras que atendían a los niños azules, investigaron los casos y coincidieron en que esa singularidad debía de estar relacionada con los desastres que estaban ocurriendo en el mar: vertidos de desechos industriales, productos químicos, petróleo y fertilizantes en la superficie del agua, además de grandes cantidades de plásticos y otras sustancias, que causaban la muerte de tortugas, ballenas y pingüinos.
Tan grande era el deseo de las madres de que el mar recuperase su estado anterior a la contaminación que, de repente, todos los sabios lo comprendieron y estuvieron de acuerdo.
-¡Señoras y señores, esto está claro! Lo que tienen los niños en la piel, es un antojo.
-¡Es verdad! - comentaron entre ellos. ¡Qué tontos hemos estado!
-Yo tuve una paciente con una mancha rosa en la cara, ocasionada por un deseo; su madre quiso comer fresas durante el embarazo, pero no consiguió ninguna porque era invierno -dijo D. Manuel, un médico de los que allí estaban. Por fin habían encontrado la causa del problema y decidieron comunicarlo al Instituto de Investigaciones Científicas, para que intentasen solucionarlo, si es que tenía arreglo.
Mientras, en Brasil por aquella época, empezaron a venir al mundo: niños de color verde. Los médicos brasileños se preocuparon mucho al principio. Luego, después de algunas indagaciones se enteraron de lo sucedido en Galicia y poniéndose en contacto con los pediatras que habían asistido a los congresos anteriores, coincidieron con ellos en que efectivamente, el cambio de color de la piel de los niños era debido a antojos maternos.
La selva Amazónica estaba desapareciendo poco a poco, a causa de la tala indiscriminada de grandes árboles y de los incendios provocados por los hombres. Había muchas personas que estaban desoladas, eran gentes que sentían que el mundo se estaba deteriorando por culpa del progreso. Entre ellas, algunas mamás embarazadas sufrían pensando en las máquinas que seguían talando árboles:
-¡Nuestros hijos no van a poder disfrutar del verde maravilloso de su selva! ¡Ni tampoco de los animales que viven en ella! Se decían unas a otras intentando buscar alguna solución. Tan fuerte era su deseo, que ocurrió lo mismo que en Galicia, solo que los niños brasileños nacieron verdes.
Por otro lado, en el continente africano, muchos bebés de raza negra vinieron al mundo con la piel amarilla. Sus madres estaban desesperadas; no podían alimentar a sus hijos y solo deseaban ver los campos llenos de cereales con los que poder remediar su hambruna. ¡Esto sí que era gravísimo y no se podía consentir!
Enterados de estos nuevos casos, los científicos decidieron hacer una cumbre mundial, para buscar soluciones a este gran problema. Invitaron a los jefes de gobierno de todos los países y a las mamás de los niños afectados. Entonces, una representante habló en nombre de todas:
-Señoras y señores, venimos aquí a pedir que salven nuestro planeta. Queremos dejar a nuestros hijos este maravilloso mundo, en las mismas condiciones que estaba cuando nosotras lo heredamos de nuestros antepasados. Este sueño no lo podremos realizar si no nos ayudan. Ustedes tienen la capacidad, el poder y la fuerza suficiente para conseguir que nuestra tierra siga siendo el prodigioso planeta azul que era hasta hace poco. Nuestro sufrimiento ha sido tan grande que, sin querer, ha afectado al color de la piel de nuestros hijos. ¡Por favor! pónganle remedio para que las generaciones futuras no sufran este problema.
Entonces, empezaron a salir al escenario todas las mamás con sus hijos en brazos, niños azules, verdes, y amarillos, para sorpresa y asombro de todos los que estaban reunidos.
-¡OH! ¡Qué desastre! decían abatidos, viendo las consecuencias de la contaminación. Cuando se recuperaron de su estupor, los sabios y sabias, decidieron no moverse de allí, hasta encontrar medidas para remediar el problema. Unos buscaron soluciones para evitar que se transportara petróleo por el mar, otros insistieron en que se debía pagar una cuota a los países Amazónicos y así no sería necesario talar los árboles; todo el planeta se beneficiaría de su oxígeno, y ellos podrían comer sin tener que vender la madera de la selva; por último, otros idearon sistemas para embalsar grandes cantidades de agua del rio Nilo y regar los campos y plantaciones de trigo en el continente africano. Estuvieron trabajando durante muchos meses, codo con codo, para conseguir que la tierra volviese a ser como antes. ¡Por fin lo consiguieron!
Las madres volvieron contentas a sus países, sintiendo que habían hecho algo realmente bueno para ayudar a los niños que ya habían nacido y a los que quedaban por nacer. Para que no hubiese niños ni azules, ni verdes, ni amarillos, sino con el color característico de cada una de las razas que ya habitaban en la tierra.
Después de algún tiempo, el azul empezó a brillar en el mar, los árboles crecieron otra vez en la selva y los niños de África pudieron alimentarse correctamente.
¿Pero sabéis lo que pasó unos años después? Según el agua se iba poniendo más azul, la piel de los chicos, se iba aclarando hasta que se les volvió blanca. Los niños verdes, consiguieron recuperar el precioso bronceado de la piel brasileña, según la selva adquiría su color esmeralda y, los muchachos de África, lograron de nuevo, en sus cuerpos, un brillante color chocolate, pues estaban bien alimentados. Así debía de ser. Porque como todas las madres dijeron, solo querían, que la tierra volviera a ser el maravilloso planeta azul que era antes.

viernes, 4 de febrero de 2011

Renata,la gata ilustrada 1er y 2º ciclo

Renata es mi gata.
Es tan blanca que parece hecha de nata montada.
Su pelo es muy suave,
si la acaricias puedes imaginarte que estás jugando con una gran bola de lana.
Tiene los ojos grandes,
muy rojos y, de noche, parecen los faros de un coche.
Renata tiene unos gustos muy raros para ser una gata:
le gusta mucho leer.
Se pasa las horas muertas en el despacho de mis padres, al lado de la biblioteca.
Mi madre dice que no,
que ella es una gata corriente y,
que está siempre en esa habitación, porque le gusta acostarse cerca de la calefacción.
Sin embargo, la otra noche se oyó un gran estrépito y
cuando entramos a ver qué pasaba, había tirado al suelo un libro muy gordo llamado El Quijote;
estaba tumbada encima de él.
Ya iba por el capítulo VIII, el de los Molinos de Viento.
Mi padre también me dice que son casualidades.
Sí si, casualidades;
una tarde que nos fuimos al cine,
aprovechó para sentarse frente a la televisión.
Cuando llegamos estaba viendo un reportaje de animales de la 2.
Yo no sé qué pensar,
pero ellos lo tienen muy claro;
dicen que se subió al sillón, se apoyó sobre el mando y,
sin querer, presionó con su cuerpo el botón.
A mí me gusta creer que Renata es un hada,
encantada por una bruja malvada.
Según mi opinión,
la hechicera la tenía mucha envidia porque era muy estudiosa, casi una sabia y conocía muchos secretos que la bruja ignoraba.
Esperaré a que llegue el día en que vuelva a ser un hada normal.
Ayer, en un descuido de mi madre
se metió en la cocina y, la muy ladina sacó del cubo de la basura una raspa de sardina.
¡Cómo se relamía!
Me pareció un poco raro que,
a pesar del hechizo de la bruja, le gustase chupar aquel trozo de pescado.
¿Estaré equivocada?
A lo mejor mis padres tienen razón y,
Renata es simplemente… una gata.

El pequeño faro 3er ciclo

El faro blanco, pequeño y discreto observaba tímidamente todos los días las aguas bravas del Cantábrico, como si mirase al horizonte asomado desde un balcón. No recibía a los barcos imponentemente cerca de la costa, en medio del batir de las olas, como alguno de sus compañeros, no; él aparecía colgado de una pequeña elevación del terreno en la punta de un cabo que cerraba la bahía. Sin embargo cuando había temporales , el agua llegaba hasta él y estaba cansado de aguantar sus embestidas, que azotaban continuamente sus costados: en invierno las tormentas y borrascas, y en verano las galernas. Eran estas las que más le asustaban. El viento, que se producía casi repentinamente, empezaba como una fresca brisa, hasta que se convertía en un huracán; entonces todas sus paredes crujían bajo su fuerza y temía desmoronarse en cualquier momento, como si fuera un castillo de arena, de los que hacen los niños en la playa. La humedad se introducía entre sus vigas y ladrillos y, de vez en cuando, sufría de artritis. Solo su escalera de caracol se mantenía vigorosa, aunque se cimbreaba desde el primer peldaño hasta el último, como hacen las palmeras cuando son movidas por el viento.
En la torre estaban las dependencias en donde vivía la familia del farero: José y Lucía con sus dos hijos Pedro y Rosarito.
José cuidaba del faro, lo limpiaba, bruñía la escalera de caracol para que estuviese perfecta y lo mantenía siempre encendido, iluminando la bahía cuando la noche era tan oscura, que las miradas de los marineros buscaban desesperados encontrarse con su pequeña luz, señal de que ya estaban en casa. Entonces, cuando algún barco se acercaba a la costa guiado por él, todos sus sufrimientos se sentían recompensados.
Antes, lo encendían con leña, después llegó el petróleo y por último lo electrificaron. Ahora siempre estaba más limpio y tosía menos. Pero de todas formas, él se sentía viejo y sin fuerzas. Había conocido varias familias de fareros, pero afirmaba que a la que más había querido de todas era a la de José.
-Papa, esta escalera de caracol es mágica, en un momento subo desde el suelo hasta el cielo, decía Rosarito a grito pelado mientras se asomaba desde el balconcillo que rodeaba la linterna.
-Es más divertido bajar que subir, le replicaba Pedro deslizándose por la barandilla a una velocidad muy peligrosa para un niño tan pequeño.
-¡Te vas a matar! Le gritaba su madre.-¡José! tienen que prohibirles que hagan eso. Como sigan desobedeciéndome, me marcho a vivir al pueblo; no puedo estar con el corazón encogido continuamente.
José se divertía viendo a sus hijos deslizarse por ella; era la única distracción que tenían, tan apartados de la ciudad. Las voces de los pequeños alegraban sus paredes y se elevaban por la torre, como la savia sube por los árboles.
Un día, de repente, un golpe tremendo contra el suelo cambió las risas de los niños por un grito desgarrador, después un leve quejido y por último el silencio.
José y Lucía habían ido al pueblo a por comida para la semana. Nunca dejaban a los niños solos, pero aquel día se decidieron a hacerlo: Pedro ya era casi un hombre.
Al llegar, les esperaba Rosarito en la puerta con los ojos enrojecidos por el llanto y la cara pálida:
-Pedro, no se mueve, decía a sus padres.
El pequeño faro- lleno de terror- escuchó una frase que le llenó de esperanza:
-Todavía respira, vamos rápido al hospital, gritaron José y Lucía mientras llevaban el cuerpo del niño en sus brazos.
Después de lo que había sufrido aquella mañana, estaba muy triste; en cierto modo se sentía culpable de lo sucedido, así que aquel día, poco a poco se fue apagando, hasta que dejó de alumbrar la pequeña bahía.
Pasaron unos meses que a nuestro amigo se le hicieron eternos, pero una mañana, Pedro y Lucía aparecieron por allí: volvían a por sus pertenecías.

Lucía ya no quería vivir en ese lugar, le traía malos recuerdos. A partir de aquel suceso se habían instalado en el pueblo.
José abrió la puerta de la torre y, un torrente de vida entró de golpe en el edificio; dentro se volvieron a escuchar risas: eran Pedro y Rosarito; ¡el niño vivía! solo había perdido el conocimiento con el golpe. La alegría que sintió nuestro amigo fue enorme. Las manos de los niños volvieron a acariciar la barandilla de la escalera y el faro vibró de felicidad al sentirlos ¡no le guardaban rencor! Cuando sacaron todos los paquetes y se cerró la puerta por última vez, el farero miro a su amigo de muchos años y lloró.
Pasó casi un año y, los habitantes del pueblo reclamaron a las autoridades portuarias, la construcción de un faro más moderno, con toda la tecnología que requerían los nuevos tiempos ¡Por fin le dejarían descansar para siempre! Ya nadie le visitaba, solo José, de vez en cuando, subía a verle; abría la puerta y las contraventanas de la torre y, el sol entraba a raudales calentando la vieja construcción.
-Te echo de menos viejo amigo, le decía mientras pasaba la mano por la escalera, las paredes y, acariciaba todos los instrumentos que había en la linterna y que él, durante tanto tiempo, había manejado. Ese era el único momento feliz que le quedaba.
Pasaron los años y, un día quiso la casualidad que se acercara por allí el dueño de un parque de atracciones que al verlo, se quedó prendado de él. Le encantó la sencillez y la blancura de sus paredes.
-Farito, vas a ser mío; quedarás precioso en la zona reservada a las atracciones acuáticas, dijo mientras observaba detenidamente toda la edificación.
Sin pensárselo dos veces, bajó al pueblo y fue a la Comandancia de marina.
-Pues sí señor, como iba diciéndole, su faro estaría de miedo en mis instalaciones infantiles. Si usted me lo vende, antes de que termine el invierno, lo desmontaré y lo volveré a montar en nuestra ciudad. Seguro que queda magnifico con su torre y su linterna bien limpia y brillante.
El comandante hizo las indagaciones precisas para podérselo vender y antes de dos semanas, el faro era propiedad de D. Camilo.
Ya no tenía frio ni miedo a las galernas ni dolores en su cuerpo. El clima cálido de su nueva ciudad le había secado todas sus vigas y ladrillos. Ahora solo las risas de los chiquillos importunaban su descanso, pero eso a él no le importaba.
Don Camilo adaptó encima de los peldaños de su escalera un magnifico tobogán, por donde se deslizaban, ahora sin peligro ninguno, todos los niños que lo visitaban. Lo único que no consiguió arreglar fue la linterna, por lo que no volvió a dar luz por la noche.
Una tarde, unos ojos vivarachos le recordaron otros que él había conocido años atrás.
-Está igual que siempre ¡Cuánto hemos echado de menos en el pueblo al viejo faro! No te puedes imaginar la alegría que me has dado María: ¡llevaba tantos años sin verlo! Este faro estuvo siempre unido a mi infancia y, si yo no hubiese sido tan desobediente, no nos hubiésemos ido a vivir al pueblo.
- Ya sabía que te iba a gustar mucho mi regalo de cumpleaños. En cuanto me enteré de que estaba aquí, no lo dudé ni un momento, pensé que debíamos venir a verlo.
-Es la mejor sorpresa que me han dado en mi vida.
El faro escucho la conversación perplejo. No se lo podía creer. Tantos años separados y aquí estaba Pedro mirándole embobado:¡todavía se acordaba de él! Se había convertido en un hombre y aún le quería. Le había llevado siempre consigo como algo importante en su vida. Para él también había sido una gran sorpresa. Pedro traía de la mano a un niño que se parecía mucho a él.
-Papá quiero montarme en el tobogán.
-No le dejes Pedro, pensó el faro atemorizado, acordándose de otros momentos vividos.
-Ven Pedrito, quiero que sientas lo mismo que yo, cuando era tan pequeño como tú.
Pedro subió por las escaleras con su hijo y le colocó en la parte superior del tobogán. A nuestro faro se le cortó la respiración mientras observaba como Pedrito se deslizaba suavemente por sus curvas. Ahora se daba cuenta de verdad, de que Pedro nunca le culpó a él de su caída.
El niño por fin estaba en el suelo sano y salvo. Con su nuevo tobogán, no había que preocuparse. Los niños estaban seguros.
Sin darse cuenta, la felicidad que le invadió fue como una descarga, como una corriente eléctrica que subió por las paredes hasta la linterna y, sin saber cómo empezó a alumbrar tímidamente todo el parque. Después fue aumentando la intensidad, hasta que su luz llegó a iluminar toda la ciudad.
D. Camilo no se lo podía explicar:
-Parece mentira, he intentado durante años que la linterna iluminase el parque y nunca lo he conseguido y, ahora, sin venir a cuento ilumina todo el vecindario.
Pedro reconoció la luz que se desprendía de la torre. La había visto así muchas veces cuando algún barco, en noches de tormenta, llegaba a la costa sano y salvo, y sabía lo que significaba: era la forma que tenía su faro de recibir y dar la bienvenida a todos sus amigos. Era su forma de expresar que, otra vez, había recobrado la alegría.
 
 
 
Este precioso dibujo está realizado por mi sobrino Quique de cinco años.