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¡Y sin embargo algunas personas dicen que se aburren!¡ Démosles libros!¡Démosles fábulas que los estimulen!¡Démosles cuentos de hadas! Jostein Gaarder

lunes, 18 de marzo de 2013

El mejor padre del mundo.Para todos los padres, en su día.

Para escribir este cuento me he inspirado en un precioso reportaje de la segunda cadena sobre los pingüinos emperador, espero que os guste.

El mejor padre del mundo.

El color blanco azulado de las grandes masas de agua, convertidas en glaciares, dominaba el paisaje. Solo una  mancha oscura rompía la monotonía de esa gran inmensidad helada. En la lejanía se divisaba una fila de puntos oscuros que avanzaban pesadamente, acercándose, sin desviarse de una ruta imaginariamente marcada. La distancia desde el mar, en donde habían estado alimentándose para coger fuerzas, era tremenda; por eso, caminaban pesadamente, unas veces de pie y otras arrastrándose sobre su vientre por encima del hielo. Según se iban aproximando, los puntos negros se hacían más grandes hasta  que se fueron perfilando sus  siluetas. Poco a poco sus figuras se hicieron más y más nítidas hasta que la fila se convirtió en una gran procesión de pingüinos emperador que volvían, después de pasar unos meses en el mar, a la colonia de cría. Algunos, tanto hembras como machos, era la primera vez que iban a emparejarse y en la colonia había una gran animación; debían  buscar pareja para poner su huevo.
Pinkfeather, una hembra muy hermosa, divisó a lo lejos un macho muy erguido pero con la cabeza en el pecho, señal inequívoca de que no tenía pareja, lanzando llamadas de cortejo, era King. Pinkfeather contestó a las llamadas de King, se acicaló sus plumas y se acercó a él. Se colocaron los dos frente a frente e inclinaron el cuelo en señal de saludo durante unos minutos. Ya eran pareja, uno junto al otro se pasearon alegremente por la colonia balanceándose hacia los lados mientras caminaban. Saludaban con mucha alegría a las demás parejas. Todos en la colonia estaban felices esperando el maravilloso acontecimiento de ser padres. Pasó aproximadamente un mes y Pinkfeather puso un precioso huevo. Al principio era Pinkfeather  la que lo tenía encima de sus pies, pero ahora tenía que trasladarlo a los pies del padre que sería el encargado de cuidarlo durante dos meses. Con el hielo tan resbaladizo, era un momento muy peligroso. A veces, algunos huevos se caían y  se rompían o se helaban encima del suelo. Después de mucho esfuerzo, a base de dar pasitos muy cortos para acercarse a King, el huevo estaba encima de los pies del padre, había pasado el peligro; ahora le tocaba a él cuidar de su huevo. Colocado encima de sus pies y tapado por una bolsa cubierta de una espesa pluma que todos los pingüinos tienen en el vientre, y que casi les llega hasta el suelo, tenía que permanecer durante dos meses aproximadamente dándole calor para que no muriese. La pobre madre estaba exhausta por el esfuerzo, debía volver al mar a reponer fuerzas y recuperar todo el peso perdido para alimentar a su bebe cuando naciera.
Los padres pingüinos se quedaron en la colonia muy tristes mientras  las madres se marchaban  a buscar alimento. Los machos se prepararon para la larga espera y, para aguantar las bajas temperaturas. Se apiñaron unos junto a otros para estar más calentitos y colocaron sus espaldas contra el viento para mantener su huevo caliente. Al lado de King se colocó Birdy otro pingüino de la colonia muy amigo de él.  Los dos muy pegados se mantuvieron unidos todo el tiempo.
 Habían pasado dos meses aproximadamente y  los machos estaban muy nerviosos esperando oír algún chasquido que indicase que su hijito quería salir de su huevo. Estaban impacientes por ver aparecer entre sus patas, un piquito y luego una cabecita asomándose curiosamente. King y Birdy permanecían con la cabeza baja, mirando continuamente a sus pies esperando que llegase la hora tan esperada. Por fin  un día, la primera en nacer fue la hijita de King. La emoción que sintió al ver esa pequeña bolita de pelusa fue enorme.
-¿Cómo te parece que la llame?-preguntó a su amigo.
-Yo la llamaría Pinky en honor a su madre-, le contestó Birdy, y no se habló más del asunto: había nacido Pinky. Pinky, no hacía más que frotar su cabeza contra su padre y mirarle pidiéndole comida. Su padre, que  llevaba más de dos  meses sin comer, regurgitó una papilla que todavía guardaba dentro de su esófago y estuvo alimentándola. Birdy estaba un poco nervioso, su huevo tardaba en romperse, King le tranquilizaba pero ellos sabían que, a veces los huevos se estropeaban y algunos pingüinitos  no nacían. Una mañana oyeron un crujido y enseguida vieron un pico y luego una cabecita aparecer por el agujero; lo que vio fuera, parece que le gustó porque enseguida intentó romper el huevo y salir al exterior, King, Birdy y Pinky estaban muy contentos. Otra bolita muy blanca salió del huevo, había nacido White.
Pinky no hacía más que picotearle, quería jugar con él.
-No me hace caso-, le dijo un poco triste a su padre.
-Ten paciencia, pequeña, White todavía está un poco aturdido y necesita estar  debajo de la bolsa de su padre.
De repente King y Birdy  oyeron unos sonidos que les alegraron muchísimo, eran las llamadas de  Pinkfeather y Whitefeather  que volvían de su largo viaje.
-¡Vuelven las madres!-, gritaron alegres,  y cientos de hembras aparecieron trayendo la alegría a la colonia. Entre miles de individuos las madres encontraron  a sus parejas;  cada  macho tenía una llamada inconfundible que  las guiaba  hacia donde ellos estaban.
Cuando Pinkfeather encontró a King y a su hijita, se prodigaron numerosas caricias con el pico e inmediatamente ella regurgitó comida para alimentarlos. Ahora King era el que estaba extenuado, debía llegar al mar para alimentarse correctamente. A partir de ese momento se alternarían en el cuidado de su cría.
Enseguida Pinky se acostumbró a los cuidados de su madre,  a menudo, jugaba con su amiguito White, mientras las madres charlaban amistosamente. Volvieron de nuevo los papás con más alimento y las madres regresaron al mar, así se turnarían en el cuidado hasta que los pingüinos fueran lo suficientemente mayores para quedarse solos.  Pasados unos días volvió la mamá de Pinky, pero White  esperaba inquieto la llegada de la suya que no aparecía.
-No tengo más remedio que marcharme a buscarla-, le dijo Birdy a su amigo-, ya no me queda comida para alimentar a mi pequeño, por favor cuida de él.
-Vete tranquilo, no le pasará nada-, añadió King  y se hizo cargo de White, compartiendo la comida entre los dos pequeños que tenía a su cargo. Pinky y White comían  la papilla que regurgitaba King, los dos se llevaban muy bien pero White estaba muy intranquilo. Una mañana se marchó a buscar a su papá  y a su mamá por la colonia de cría.  Los llamaba sin cesar. Se alejó tanto que se perdió. Los otros pingüinos, como no le conocían,  no le dejaban acercarse a ellos, lo rechazaban a picotazos,  no tenían comida suficiente para él.
Pinky se dio cuenta de que faltaba su amigo y avisó a su papá, había que buscarle rápidamente, si no lo localizaban pronto, moriría. Salieron  en su busca y después de un buen rato lo encontraron cansado y aterido de frío. Enseguida, King regurgitó un poco de papilla y White se recuperó.
-White, ven con nosotros y no te separes más-, le dijo King amorosamente. Le acarició con el pico y a partir de ese momento, los tres formaron un gran equipo.
A los pocos días volvió Birdy, estaba muy triste; le contó a King que, efectivamente, Whitefeather había muerto. Una foca monje la había capturado cuando pescaba peces junto con otro grupo de madres.
Birdy no tuvo más remedio que hacerse el fuerte. No tenía a  su pareja para que le relevase en la alimentación de su pequeño, pero tenía la ayuda de su amigo King. King cuidó de White como si fuera su hijo mientras su papá estaba pescando.
El tiempo pasó y llegó el momento en que los pingüinitos cambiaron su pelusa por unas plumas igual de bonitas que las de sus padres: cabeza, espalda y alas de un negro brillante, pecho y vientre blanco y dos orejeras amarillas que les daba un toque de distinción.

Los pingüinos emperador son  padres dignos de alabanza; sufren mucho para sacar a sus hijos adelante, aguantan sin moverse   de la colonia de cría  a temperaturas  de -40ª y vientos muy fuertes, y están sin comer muchos días. ¿¡Os habréis dado cuenta de que es muy duro ser pingüino emperador!?


El color blanco azulado de las grandes masas de agua, convertidas en glaciares, dominaba el paisaje. Solo una  mancha oscura rompía la monotonía de esa gran inmensidad helada. En la lejanía se divisaba una fila de puntos oscuros que avanzaban pesadamente, acercándose, sin desviarse de una ruta imaginariamente marcada. La distancia desde el mar, en donde habían estado alimentándose para coger fuerzas, era tremenda; por eso, caminaban pesadamente, unas veces de pie y otras arrastrándose sobre su vientre por encima del hielo. Según se iban aproximando, los puntos negros se hacían más grandes hasta  que se fueron perfilando sus  siluetas. Poco a poco sus figuras se hicieron más y más nítidas hasta que la fila se convirtió en una gran procesión de pingüinos emperador que volvían, después de pasar unos meses en el mar, a la colonia de cría. Algunos, tanto hembras como machos, era la primera vez que iban a emparejarse y en la colonia había una gran animación; debían  buscar pareja para poner su huevo.
Pinkfeather, una hembra muy hermosa, divisó a lo lejos un macho muy erguido pero con la cabeza en el pecho, señal inequívoca de que no tenía pareja, lanzando llamadas de cortejo, era King. Pinkfeather contestó a las llamadas de King, se acicaló sus plumas y se acercó a él. Se colocaron los dos frente a frente e inclinaron el cuelo en señal de saludo durante unos minutos. Ya eran pareja, uno junto al otro se pasearon alegremente por la colonia balanceándose hacia los lados mientras caminaban. Saludaban con mucha alegría a las demás parejas. Todos en la colonia estaban felices esperando el maravilloso acontecimiento de ser padres. Pasó aproximadamente un mes y Pinkfeather puso un precioso huevo. Al principio era Pinkfeather  la que lo tenía encima de sus pies, pero ahora tenía que trasladarlo a los pies del padre que sería el encargado de cuidarlo durante dos meses. Con el hielo tan resbaladizo, era un momento muy peligroso. A veces, algunos huevos se caían y  se rompían o se helaban encima del suelo. Después de mucho esfuerzo, a base de dar pasitos muy cortos para acercarse a King, el huevo estaba encima de los pies del padre, había pasado el peligro; ahora le tocaba a él cuidar de su huevo. Colocado encima de sus pies y tapado por una bolsa cubierta de una espesa pluma que todos los pingüinos tienen en el vientre, y que casi les llega hasta el suelo, tenía que permanecer durante dos meses aproximadamente dándole calor para que no muriese. La pobre madre estaba exhausta por el esfuerzo, debía volver al mar a reponer fuerzas y recuperar todo el peso perdido para alimentar a su bebe cuando naciera.
Los padres pingüinos se quedaron en la colonia muy tristes mientras  las madres se marchaban  a buscar alimento. Los machos se prepararon para la larga espera y, para aguantar las bajas temperaturas. Se apiñaron unos junto a otros para estar más calentitos y colocaron sus espaldas contra el viento para mantener su huevo caliente. Al lado de King se colocó Birdy otro pingüino de la colonia muy amigo de él.  Los dos muy pegados se mantuvieron unidos todo el tiempo.
 Habían pasado dos meses aproximadamente y  los machos estaban muy nerviosos esperando oír algún chasquido que indicase que su hijito quería salir de su huevo. Estaban impacientes por ver aparecer entre sus patas, un piquito y luego una cabecita asomándose curiosamente. King y Birdy permanecían con la cabeza baja, mirando continuamente a sus pies esperando que llegase la hora tan esperada. Por fin  un día, la primera en nacer fue la hijita de King. La emoción que sintió al ver esa pequeña bolita de pelusa fue enorme.
-¿Cómo te parece que la llame?-preguntó a su amigo.
-Yo la llamaría Pinky en honor a su madre-, le contestó Birdy, y no se habló más del asunto: había nacido Pinky. Pinky, no hacía más que frotar su cabeza contra su padre y mirarle pidiéndole comida. Su padre, que  llevaba más de dos  meses sin comer, regurgitó una papilla que todavía guardaba dentro de su esófago y estuvo alimentándola. Birdy estaba un poco nervioso, su huevo tardaba en romperse, King le tranquilizaba pero ellos sabían que, a veces los huevos se estropeaban y algunos pingüinitos  no nacían. Una mañana oyeron un crujido y enseguida vieron un pico y luego una cabecita aparecer por el agujero; lo que vio fuera, parece que le gustó porque enseguida intentó romper el huevo y salir al exterior, King, Birdy y Pinky estaban muy contentos. Otra bolita muy blanca salió del huevo, había nacido White.
Pinky no hacía más que picotearle, quería jugar con él.
-No me hace caso-, le dijo un poco triste a su padre.
-Ten paciencia, pequeña, White todavía está un poco aturdido y necesita estar  debajo de la bolsa de su padre.
De repente King y Birdy  oyeron unos sonidos que les alegraron muchísimo, eran las llamadas de  Pinkfeather y Whitefeather  que volvían de su largo viaje.
-¡Vuelven las madres!-, gritaron alegres,  y cientos de hembras aparecieron trayendo la alegría a la colonia. Entre miles de individuos las madres encontraron  a sus parejas;  cada  macho tenía una llamada inconfundible que  las guiaba  hacia donde ellos estaban.
Cuando Pinkfeather encontró a King y a su hijita, se prodigaron numerosas caricias con el pico e inmediatamente ella regurgitó comida para alimentarlos. Ahora King era el que estaba extenuado, debía llegar al mar para alimentarse correctamente. A partir de ese momento se alternarían en el cuidado de su cría.
Enseguida Pinky se acostumbró a los cuidados de su madre,  a menudo, jugaba con su amiguito White, mientras las madres charlaban amistosamente. Volvieron de nuevo los papás con más alimento y las madres regresaron al mar, así se turnarían en el cuidado hasta que los pingüinos fueran lo suficientemente mayores para quedarse solos.  Pasados unos días volvió la mamá de Pinky, pero White  esperaba inquieto la llegada de la suya que no aparecía.
-No tengo más remedio que marcharme a buscarla-, le dijo Birdy a su amigo-, ya no me queda comida para alimentar a mi pequeño, por favor cuida de él.
-Vete tranquilo, no le pasará nada-, añadió King  y se hizo cargo de White, compartiendo la comida entre los dos pequeños que tenía a su cargo. Pinky y White comían  la papilla que regurgitaba King, los dos se llevaban muy bien pero White estaba muy intranquilo. Una mañana se marchó a buscar a su papá  y a su mamá por la colonia de cría.  Los llamaba sin cesar. Se alejó tanto que se perdió. Los otros pingüinos, como no le conocían,  no le dejaban acercarse a ellos, lo rechazaban a picotazos,  no tenían comida suficiente para él.
Pinky se dio cuenta de que faltaba su amigo y avisó a su papá, había que buscarle rápidamente, si no lo localizaban pronto, moriría. Salieron  en su busca y después de un buen rato lo encontraron cansado y aterido de frío. Enseguida, King regurgitó un poco de papilla y White se recuperó.
-White, ven con nosotros y no te separes más-, le dijo King amorosamente. Le acarició con el pico y a partir de ese momento, los tres formaron un gran equipo.
A los pocos días volvió Birdy, estaba muy triste; le contó a King que, efectivamente, Whitefeather había muerto. Una foca monje la había capturado cuando pescaba peces junto con otro grupo de madres.
Birdy no tuvo más remedio que hacerse el fuerte. No tenía a  su pareja para que le relevase en la alimentación de su pequeño, pero tenía la ayuda de su amigo King. King cuidó de White como si fuera su hijo mientras su papá estaba pescando.
El tiempo pasó y llegó el momento en que los pingüinitos cambiaron su pelusa por unas plumas igual de bonitas que las de sus padres: cabeza, espalda y alas de un negro brillante, pecho y vientre blanco y dos orejeras amarillas que les daba un toque de distinción.


Aptenodytes forsteri -Snow Hill Island, Antarctica -adults and juvenile-8.jpg

Los pingüinos emperador son  padres dignos de alabanza; sufren mucho para sacar a sus hijos adelante, aguantan sin moverse   de la colonia de cría temperaturas  de -40ª y vientos muy fuertes, además están sin comer muchos días. Queridos niños, os habréis dado cuenta de que es muy duro ser pingüino emperador, por eso les rindo este pequeño homenaje en el día del padre.
Si queréis más información sobre este tema, podéis consultar esta página
http://es.wikipedia.org/wiki/Aptenodytes_forsteri
 Las fotos las he cogido prestadas de esta página; espero que no les moleste, ya que no lo hago con ánimo de lucro.

1 comentarios:

Nanny Ogg dijo...

Llego de pasar unos días fuera de casa y me encuentro con todos tus amables comentarios en mi blog, así da gusto volver a casa :) Muchas gracias por tus visitas, por leer mis cuentos y por tus palabras. Comienzo a ponerme las pilas leyendo un poco tu blog :)

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