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¡Y sin embargo algunas personas dicen que se aburren!¡ Démosles libros!¡Démosles fábulas que los estimulen!¡Démosles cuentos de hadas! Jostein Gaarder

miércoles, 23 de abril de 2014

El Gigante Lector. Cuento para todos los amantes de la lectura.



Dibujo realizado por José Luis Ocaña para ilustrar este cuento.

      Miguelón había llegado un día sin saber cómo a Aldea Verde cuando era casi un bebé y, sin saber cómo, se había quedado a vivir allí. Todo el pueblo se encariñó con él y le cuidaban como si fuera uno de sus propios hijos: que si Miguelón por aquí, que si Miguelón por allá. Era  alegre, simpático y  bromista como todos los chicos de su edad sin embargo había algo que lo diferenciaba  de los demás: su tamaño. Miguelón era un niño gigante pero, no de la talla de un jugador de baloncesto, no, un gigante de tamaño  considerable. Eso le traía un sinfín de problemas, a él y a los habitantes del pueblo en donde vivía.  Aldea Verde era  un lugar muy pequeño y su gigante era muy grande, así que Miguelón casi no cabía dentro de él. Le habían arreglado un almacén para que  durmiese allí y no pasara la noche  a la intemperie porque no había ninguna casa  de su tamaño en la que se pudiera meter. No cabía en la escuela, la clase no era lo suficientemente grande para él ni los muebles  tan resistentes como para poder aguantar su peso. Tampoco podía entrar en la iglesia ni en la panadería a comprar el pan, era el panadero el que le sacaba a la puerta las barras de pan calientes con las que Miguelón se relamía. Tampoco podía visitar al médico cuando se encontraba mal, el doctor  salía fuera del consultorio para atenderle. Todos estos inconvenientes disgustaban al chico y, aunque Miguelón tenía muy buen carácter, a veces, se ponía de mal humor. Sin embargo lo que verdaderamente le enfadaba  era no poder asistir al colegio como hacían los demás adolescentes  del pueblo.  A veces,  se conformaba con su suerte  y se  quedaba sentado observando  a la gente ir y venir a sus trabajos y ocupaciones  pero otros días no había forma de que se tranquilizara y  se  movía sin parar,  aburrido, mientras los otros chicos estaban aprendiendo en el colegio.
      Debido a su tamaño, cuando estaba nervioso,  provocaba alrededor de él remolinos de aire que  tiraban todo lo que había cerca incluyendo a  las personas y  animales que estaban a su lado. Los habitantes del pueblo ya se habían acostumbrado a vivir entre corrientes, portazos y pequeños huracanes, y en las puertas de las casas habían colocado montoncitos de piedras que utilizaban para metérselas en los bolsillos. De esta forma evitaban salir volando por los aires cuando Miguelón estaba en los alrededores.
-Adiós mamá, me voy a la escuela-,decía Marisa al despedirse
-Está bien hija ¿has cogido todo?, no te olvides de las piedras –se oía  por las mañanas y por las tardes en todas las casas de pueblo a la hora en que los pequeños se preparaban para ir a clase.
 Ya estaban acostumbrados; cuando salían  a la calle, se agachaban, dejaban la mochila en  el suelo con el libro y el bocadillo y se metían una piedra en cada bolsillo del abrigo. Así, se aseguraban mayor equilibrio ante los vaivenes que les producía el aire provocado por los nervios de Miguelón.
     Un día, el  alcalde del pueblo decidió hablar  con él para  explicarle los inconvenientes que les suponían a los vecinos tener que estar siempre luchando contra el  viento  que provocaban sus idas y venidas.
-¿Qué puedo hacer si me aburro muchísimo? Solo me distraigo cuando estoy cerca de vosotros y  veo  a los niños corriendo en la calle o a los labradores  arando la tierra. ¿No os dais cuenta de que siempre estoy solo? – dijo, mientras le salían de los ojos dos lagrimones tan grandes, que estuvieron a punto de ahogar al alcalde porque, en aquel pueblo, la gente no sabía nadar.-Si al menos supiera leer-, exclamó.
     Cuando el alcalde se repuso de la pena que le dio ver a Miguelón tan triste, y del susto  que le produjeron las lágrimas cuando  le cayeron  encima, decidió hablar con los vecinos . Había que encontrar  alguna solución para resolver el problema. Convocó una reunión para que dieran ideas y, entre todos, elegir la mejor de ellas.
-Creo que si le comprásemos una cometa estaría muy entretenido-, aseguró el dueño de la tienda de comestibles. Así lo hicieron,  pero fue peor el remedio que la enfermedad porque los niños se distraían al ver al gigante  jugando con ella y no atendían a las clases.

Dibujo realizado por José Luis Ocaña para ilustrar este cuento.
-Lo mejor será que nos acompañe por la mañana al campo y que sople al  lado de los molinos de viento; con su fuerza moleremos la harina más rápido-, aconsejó el molinero que creyó  que  de esa forma  su trabajo sería más ligero.
      Al principio,  el chico iba todas la mañanas a trabajar  al lugar  en dónde se encontraban aquellas maquinarias tan grandes como él, pero tenía tanta fuerza, que  se empezaron a romper las  aspas de los molinos y entonces tuvieron que pedirle por favor que no soplase más porque se iban a estropear todos.
     Los habitantes de Aldea Verde protestaban por estos inconvenientes pero no mucho, porque, para qué vamos a negarlo, tener un gigante en el pueblo también tenía sus ventajas.
-Miguelón, por favor, cógeme el gato del árbol. Hay  que ver con el minino, se sube y luego no sabe bajarse solo.
-Miguelón, ¿te puedes poner delante para quitarme un poco el sol? Estoy arando el campo y tengo mucho calor-,  y el pobre se colocaba de forma  que su sombra le tapara al labrador aunque él se estuviese achicharrando; lo hacía con gusto y no protestaba.
     Así, les hacía todos los días infinidad de favores. Una vez  sacó  del pozo al hijo de Perico solo con agacharse y meter su brazo por el brocal. Imaginaos lo contentos que se pusieron los padres cuando el niño salió sano y salvo gracias a él  o cuando un árbol había caído  en medio del camino cortando el paso a la aldea y  Miguelón, con un pequeño esfuerzo, solucionó el problema. En el fondo, todos estaban muy contentos con tener  un gigante  a su lado, además, el aire producido por  él -que tanto les molestaba en invierno - también les refrescaba mucho en las calurosas tardes del verano.
     Un día, la maestra  tuvo una idea:
-Ya que  Miguelón no puede entrar en la escuela, tendremos que buscar una forma de que siga las clases desde la  calle.
Entre todos los vecinos  colocaron  una gran lupa delante de en una ventana del colegio de forma que, desde fuera, pudiese ver  las letras de la pizarra  a mayor tamaño y  leerlas con facilidad. También instalaron unos altavoces para que oyese sin dificultad las explicaciones de la maestra.  Desde ese momento, Miguelón empezó a asistir a diario a clase  sentado al lado de la ventana. El alcalde  le encargó, en una imprenta de Madrid, los libros de texto a su tamaño y también los cuadernos y los bolígrafos y aprendió  a  leer  y a escribir  con tanta rapidez que, en poco tiempo, fue el primer alumno de la clase. Cuando terminó el curso la profesora le puso muy buenas notas y él, por fin,  pensó que era un chico como los demás.
     Desde entonces, durante las vacaciones de verano,  Miguelón, para  agradecer  a sus vecinos  lo que habían hecho por él, se iba al campo con los agricultores todos los días y, mientras  recogían las cosechas,  con su potente voz,  les leía libros tan bonitos que les hacía el trabajo más llevadero  y agradable.  Por sugerencia de los agricultores, el alcalde y los concejales de Aldea Verde otorgaron a  Miguelón   el título honorífico de “El Gigante Lector”  y  de esta forma todos los habitantes de Aldea Verde estuvieron  muy muy satisfechos.


Dibujo tomado de internet de la página Dibujos de libros.

12 comentarios:

Conchita dijo...

Aquí está mi aportación en el Día del Libro. Todo el mundo tiene derecho a leer, hasta los gigantes.

Marisa Alonso Santamaría dijo...

Un cuento precioso Conchita. Enhorabuena por tu ingenio. Me encanta.
Un abrazo

Conchita dijo...

Muchas gracias Marisa. Un placer que entres en mi blog.
Un abrazo.

Elizabeth Segoviano dijo...

awww que hermoso cuento Conchi que bueno es ese Miguelón y que maravilla de ilustraciones claro tenían que ser del buen José Luis Ocaña, que mancuerna perfecta hicieron en este cuento!!!!

Amparo Payá dijo...

Estupendisimo cuento. Felicidades!

Alicia s dijo...

http://alicia-eraseunavez.blogspot.com.es/ te ha concedido el premio Conóceme

Conchita dijo...

Gracias Eliz por entrar. Le encargué dos ilustraciones pensando que las editoriales se enamorarían de ellas y de mi cuento, pero no fue así: a ninguna le encajaban en sus colecciones.por eso no quise tenerlo guardado más tiempo.

Conchita dijo...

Amparo, me alegro que te haya gustado.
Alicia, te agradezco el premio pero ya me han dado otros y, soy tan torpe que no se cómo colocarlos, así que no los puedo poner.De todas formas gracias.

Anónimo dijo...

Hola conchita, soy teresa, me ha encantado tu cuento si quieres puedes entrar en mi blog porque voy a comentar este cuento y ya he puesto el primer capitulo de TANGO,EL PERRO PASTOR .
Besitos de todos.

Conchita dijo...

Encantada de verte por aquí. Me parece estupendo que tengas tan buen manejo del mundo de Internet. llegarás muy lejos teresa. Un abrazo.

Naikari Naika dijo...

Enhorabuena, me ha parecido muy bonito.

Conchita dijo...

Muchas gracias Naikari Naika.Me alegro mucho que te haya gustado.
un abrazo

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