Mensaje de bienvenida

¡Y sin embargo algunas personas dicen que se aburren!¡ Démosles libros!¡Démosles fábulas que los estimulen!¡Démosles cuentos de hadas! Jostein Gaarder

martes, 1 de marzo de 2011

Puítas y sus amigos se mudan 1er y 2º ciclo







Un ruido infernal despertó a toda la urbanización. ¡Por fin se habían salido con la suya! El huerto de naranjos, limoneros y palmeras que tenían delante, se iba a convertir en un edificio de apartamentos de lujo. Las excavadoras entraron arroyando toda la vegetación y arrancaron todo tipo de árboles sin ninguna piedad. Los limoneros y naranjos eran arrojados a un contenedor por las máquinas, como si de basura se tratase. Todos los vecinos estaban indignados. Se habían reunido con el Alcalde de la zona, y este les había confirmado que la construcción era legal y que no había ningún motivo para detenerla. Paloma enseguida pensó en los erizos. Ella los había visto muchas veces cuando paseaba a su perra, Duna, por el huerto. Algunas noches se encontraba alguno de estos animales cuando intentaban cruzar la carretera. Inmediatamente, se hacían una pequeña bola de púas y esperaban a que pasaran los coches o a que ella desapareciera con el perro.
¡No quería pensar en la cantidad de animalitos que iban a morir!
Puítas, nuestro erizo, también se sobresaltó con el ruido y el temblor de la tierra. ¡Se sintió acorralado! No sabía qué hacer. Era de día y él solo salía por la noche. Se hizo una bola como de costumbre, creyendo que así estaría más protegido y esperó. Esta vez tuvo suerte. Las excavadoras empezaron a mover la tierra de la zona sur del huerto; todavía tenía esperanzas de ponerse a salvo durante la noche.
También pensó en todos los demás compañeros que vivían cerca de él. Los erizos, viven solos y solo se juntan en la época del celo, pero a veces se encontraba a alguno paseando y, verdaderamente, estaba muy preocupado por ellos. Él sabía que la solución era alcanzar el monte; muchas noches había cruzado la carretera y había llegado hasta allí. Sin embargo siempre se volvía a su madriguera, bien calentita y protegida por una gran capa de hojas secas. Allí en el huerto, había más comida: muchos insectos y pequeñas lagartijas, aparte de los frutos que se caían de los árboles.
Paloma en su casa, no dejaba de pensar en la suerte de sus amigos los erizos. Estaba muy acostumbrada a verlos con esos ojitos tan redondos y brillantes y ese hociquito alargado, que les hace tan graciosos. La solución era poder capturar a la mayor parte de ellos antes de que las máquinas los aplastasen o los enterrasen a todos. Preparó un plan para llevar a cabo. Habló con su hermano José Miguel y los dos, de acuerdo quedaron para aquella noche. Hacía rato que no se escuchaba ningún ruido .También la tierra había dejado de temblar.
Puítas se estiró y pensó que el peligro grande había pasado. Empezó a oscurecer poco a poco y se decidió a emprender la marcha hacía un lugar seguro, el monte. En el cielo, una luna redonda le iluminaba el camino. Este hecho representaba un peligro para él, porque era mejor visto por sus enemigos: los hombres y los perros.
Siempre que salía, tenía que sortear muchos obstáculos y esa noche no sería diferente. Ya estaba acostumbrado al peligro.
Escuchó voces y los ladridos de un perro. -Ya empezamos, pensó.-Tengo que andarme con cuidado.
En la obra habían contratado un guarda con un gran doberman para disuadir a los amigos de lo ajeno, pero eso a nuestro amigo le podía salir caro. Empezó a caminar con mucho cuidado, pegado a la valla que esa misma mañana habían levantado alrededor del huerto. La sombra de esta, le protegía. De repente, el perro le vio y echó a correr hacia él acercándose peligrosamente. Empezó gruñir, a ladrar y a enseñarle los colmillos intimidándole. Lo tenía tan cerca que las babas del chucho le mojaron el lomo. Pensó que había llegado su hora. Sin embargo sacó fuerzas de donde pudo y, Puítas, temblando se acurrucó y estiró todas sus púas para disuadirle. Cuando tenía las fauces del perro tan cerca, que el aliento del animal le movía los pelillos blancos de la cara, se oyó un fuerte silbido.
-¡Vamos Braco! tenemos que hacer la ronda -dijo el guarda con una voz atronadora. Braco, como un buen perro, hizo caso a su dueño y se apartó de Puítas. ¡Este no podía creerse que el perro le hubiese dejado tranquilo y que todavía estuviera vivo! Decidió que era el momento de seguir la marcha; andaba despacio, enseguida llegaría el amanecer y, con él, los hombres, las máquinas y todos los sonidos aterradores que lo habían tenido temblando todo el día. Oyó algo parecido a un gruñido o maullido de un gato. Ese ruidito le era familiar; se volvió y comprobó que cinco erizos más, estaban intentando como él, ponerse a salvo.
-Te hemos visto mal, creíamos que no lo contabas con el dichoso perro -le dijo el mayor de ellos.
-Sí, no lo he pasado bien, no, pero ahora hay que intentar salir de aquí lo antes posible.
Siguieron todos a Puítas en fila y por fin llegaron a la orilla de la carretera. Puítas miró a la derecha y a la izquierda y no se veía ningún coche.
-Es el momento de cruzar -dijo a sus amigos.
Empezaron la última parte de su viaje, pero no por ello menos peligrosa. La carretera era muy ancha y tardarían un rato en atravesarla. De repente, los faros de un coche iluminaron todo el asfalto. Los erizos se pararon en seco y se quedaron petrificados. Temblando se hicieron una bola y esperaron a que el vehículo pasara sin atropellarlos. El coche se fue acercando poco a poco hasta que se paró y bajaron de él, una chica y un chico con una gran cesta:
-¡Rápido Paloma! ponte los guantes.
En pocos segundos, cogieron todos los erizos y con cuidado los metieron en una cesta de mimbre a la que le habían puesto en el fondo un cojín para que no se dañaran las patitas.
-José Miguel, vamos a soltarlos en el monte -dijo Paloma.
Los dos hermanos anduvieron unos minutos con su preciada carga, hasta que llegaron al sitio adecuado. Cuando por fin lo eligieron, depositaron con cuidado la cesta en el suelo y la abrieron para que los animalitos salieran. Se apartaron para que no los vieran, y al poco rato salió el primer erizo; después fueron apareciendo tímidamente los demás. ¡Al final estaban salvados! Los dos hermanos volvieron dos noches más y pudieron llevarse del huerto a toda la colonia de erizos que vivían allí. En días sucesivos cuando paseaban por el monte, Paloma y José Miguel siempre se preguntaban en dónde estarían sus amigos. Ellos estaban felices porque habían conseguido salvarlos.

Los mundos de Radina 3er ciclo


Radina era muy pequeña, pero con solo cuatro años, se daba cuenta de todo. Durante unos días había notado mucho jaleo a su alrededor: en casa no paraban de preparar bultos y maletas. Lo que más le extraño fue que tuvo que dejar su guardería; le oyó decir a su madre que iba a ir a otra distinta, en una ciudad diferente. Su seño, cuando se despidió de ella, lloró: -¡No nos olvides, Radina!- Era una niña tan cariñosa, que todo el mundo la quería-. Por fin, llegó el día tan temido por sus padres, cogieron las maletas y el tren en la estación de su pueblo y se bajaron en la de sus abuelos. Solo se apearon ella, su mamá y su perra, porque su padre siguió viaje hacia otro país, a Italia; quería probar suerte. Necesitaba encontrar un trabajo, para poder vivir. La niña vio con desolación, como se marchaba asomado a la ventanilla. ¿Cómo iba a vivir sin su papá? Le mandó un beso desde el vagón y levantó su manita hacia él: -Papá ¡No quiero que te vayas lejos! María y Radina se quedaron desoladas en el andén mientras el tren se alejaba. ¿Cuándo volverían a estar juntos? Sus abuelos echaron a correr hacia ellas al verlas. Se dieron un gran abrazo, le secaron las lágrimas a la niña con mucho cuidado y su abuela cariñosamente le dijo: - No llores Radina, ya verás como papá vuelve pronto. Poco a poco, se le fue pasando el disgusto. Cogieron el equipaje y se encaminaron a su nuevo hogar. En casa le habían preparado una habitación; cuando llegaron, pusieron toda su ropa en un armario. Además, tenía una colcha rosa de Pocahontas que le habían comprado. ¡Querían que se encontrase a gusto! Una mañana, Radina se sintió muy extraña. No fue su madre la que se acercó a despertarla y a darle los buenos días, sino su abuela que la levantó, le dio el desayuno y la llevó al colegio. Recordaba vagamente que su mamá había venido a darle un beso de despedida muy temprano y ella le suplicó entre sueños: -¡Mamá, por favor, llévame contigo, no me dejes! A María se le saltaron las lágrimas al oírla. Tuvo que hacer un gran esfuerzo por no sollozar. No quería despertar a los abuelos. Se marchó en silencio con el corazón roto: - ¿Cuándo podré volver a verla otra vez? Dejaba Bulgaria para buscar trabajo en otro lugar. Iba a España, a Murcia, una ciudad que no conocía pero en la que confiaba encontrar un medio de vida para ella y su familia. Después se reuniría con su marido y más tarde volverían a por Radina. A partir de ese día, fue su abuela la cuidó de ella. Al principio, se acordaba mucho de sus padres; por la noche, se despertaba llorando preguntando cuándo volverían. Sus abuelos siempre le contestaban lo mismo: -Pronto, cariño, pronto. En su nueva casa había muchos animales: perros, gallinas y patos. A Radina le gustaba mucho jugar con ellos, porque le servían de compañía, pero a quien más quería de todos era a su perra Tara. En la guardería, Radina es la más pequeñita de todas, por eso la profesora siempre la coloca delante. Un día su padre vuelve a Bulgaria para renovarse unos papeles y ella le dice: -¡Por favor papá, ven a por mí al colegio! Quiero que te vean mis amigas. Ellas dicen que no tengo padres y que por eso, siempre viene a recogerme la abuela. Traiko ha ido a buscarla y ella está muy contenta de poder enseñárselo a todo el mundo .Se lo ha presentado a sus amigas, y han visto que Radina dice la verdad. El tiempo pasaba y, sin querer, se fue olvidando de las caras de sus papás. Por eso, cuando su mamá llamaba por teléfono para hablar con ella, no quería ponerse; le daba vergüenza. La abuela, al darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, empezó a hablarle todos los días de ellos y a contarle muchas anécdotas que habían vivido juntos. Entonces, volvió a recordarlos. Radina se acostumbró al pequeño mundo que rodeaba la ciudad en donde ahora vivía: a veces, acompañaba a su abuelo al campo en el tractor y, en invierno, cuando nevaba mucho, se divertía montando en un trineo tirado por su perra y, aunque se acordaba mucho de sus padres, ya no estaba tan triste porque se lo pasaba muy bien junto a sus abuelos. Mientras, María en España, estaba decidida a traerse a su hija con ella. A veces en el trabajo recordaba a la pequeña y lloraba en silencio su ausencia. Habló con su jefa y las dos buscaron plaza para la niña en un colegio que había enfrente de la casa donde trabajaba. Era un sitio muy alegre. Tenía muchos jardines en los alrededores y un huerto con limoneros y palmeras muy altas. Estaba muy ilusionada y segura de que a Radina le gustaría. Por fin iban vivir otra vez juntos los tres. Ya habían pasado dos veranos desde que llegaron a España sin Radina y pensaron que era el momento de volver a Bulgaria a por ella. Regresaban de vacaciones a su país, pero ya no se separarían más de su hija. Lo tenían todo preparado para que la niña pudiese vivir con ellos. María estaba contentísima. Soñaba con verla, ¡había sufrido tanto pensando en ella! El viaje hacia Bulgaria fue muy pesado, pero casi no lo notaron. Mientras, la abuela de Radina, la estaba preparando para que los recibiera como debía hacerlo una buena hija: ¡con mucha alegría! -¿Cómo es mi madre abuela? ¿Es rubia o morena? ¿Es alta o baja? Le preguntaba insistentemente; la niña que estaba muy nerviosa ante esa visita tan deseada. En el momento en que llamaron a la puerta, Radina se escondió. Le daba vergüenza, por eso, no quería salir a verlos. Desde el escondite en donde estaba, detrás de unas cortinas, le iban viniendo a la memoria sus caras, sus voces, sus besos. De repente, sin saber por qué, salió de su refugio y decidió acercarse. Sus padres al verla, la abrazaron ¡no se lo podían creer!, estaba muy cambiada, parecía otra niña. Aquellas vacaciones fueron muy felices para todos. Salían todas las mañanas a la bañarse a la playa y, por las tardes, a pasear por su ciudad. A primeros de septiembre, antes de volver a España, celebraron el cumpleaños de Radina. Fue una fiesta rara, porque estaban alegres y tristes a la vez. Al día siguiente se marcharían y no se verían en mucho tiempo. Cuando llegó el momento de su partida, ella estaba muy nerviosa ante la perspectiva de un viaje tan largo y de una vida nueva. Otra vez empezaron las lágrimas. Esta vez, los que más lloraron fueron los abuelos: se habían acostumbrado a ella e iba a ser muy duro tenerla lejos. -Mamá, seguro que hay niños que no tienen que separarse de sus abuelos o de sus padres de vez en cuando. Mis amigas viven siempre con ellos. ¿Por qué no puedo yo hacer lo mismo? Al oírla, la abuela se acercó a ella, se secó los ojos con su pañuelo y abrazándola le dijo: -No te preocupes por nosotros, cariño, dentro de poco nos acostumbraremos a estar otra vez solos. Tú eres la que tiene que aprovechar esta oportunidad que te ofrece la vida y sacar todo lo bueno que puedas de ella. La niña no pareció entender muy bien lo que le había dicho, pero sabía que era algo bueno, porque su abuela siempre le decía cosas agradables. Por eso, se sonrió y la abrazó muy fuerte. Después, besó a su abuelo y se marcharon. Comenzó el viaje en su destartalado coche rojo. Después de muchos kilómetros llegaron a la frontera de Eslovenia: -¿Por qué paramos mamá?-preguntó Radina sorprendida ante una mano abierta alzada que les impedía el paso. -¡Calla, por favor! -le suplicó su madre con una voz temblorosa, en la que la niña reconoció el miedo. Una señora policía, les dijo de malas maneras que no podían pasar. Necesitaban llevar quinientos euros por persona y solo tenían trescientos. En la cara de sus padres pudo ver desesperación y tristeza. No sabía por qué los trataban así. Ellos eran buenos, no tenía por qué gritarles. -Mamá, es una guardia mala-dijo Radina -Schssssssss -le replicó su madre asustada. Radina empezó a preocuparse; se daba cuenta de que estaban viviendo un momento delicado. Imaginaba que tenían que volver otra vez a Bulgaria, porque no les dejaban pasar y su coche era tan viejo que no aguantaría el viaje. Necesitaban más dinero, así que sin más remedio, tuvieron que detenerse, llamaron a su familia para que les mandasen la cantidad necesaria y, durante tres días, durmieron a la intemperie al lado de un río. La niña, libre de preocupaciones, se lo pasó estupendamente jugando y bañándose en él. Al cuarto día de espera pudieron continuar el viaje y, sin más percances, después de muchos kilómetros llegaron a España. Radina se encontró un mundo distinto al que ella conocía y al que se tuvo que acostumbrar poco a poco. Todo era diferente: su casa, su habitación, el idioma, las gentes, las tiendas. Abría mucho los ojos y veía con curiosidad cómo era la vida en una ciudad española. Llegó el día en que empezaban las clases, tan esperado y tan temido a la vez. Radina estaba muy nerviosa, porque iba a ir a un colegio con profesoras y compañeros que nunca había visto y a las que no entendería, sin embargo, estaba contenta pues la llevaría su mamá hasta la puerta y luego la recogería también. El colegio era muy bonito y alegre; delante había un jardín con mucho césped, palmeras y limoneros. Como era costumbre en su país, el primer día de clase, Radina llevó un ramo de flores a su profesora y ella sorprendida agradeció mucho ese detalle. Al principio, iba muy ilusionada al cole sin darle mucha importancia a las dificultades con las que se encontraba, pero poco a poco, estos problemas diarios empezaron a hacer mella en su ánimo y llegó a desesperarse. No podía entenderse con sus compañeros, no comprendía las explicaciones de la profesora, las letras tenían dibujos diferentes, la comida del comedor era distinta a la que le ponían en Bulgaria y a todo esto, se le unía el que se acordaba mucho de sus abuelos y de sus amigas. Un día al salir del colegio, con lágrimas en los ojos, le dijo a su mamá: -¡Este mundo no me gusta! me quiero volver a mi país. Para María aquello fue lo peor que podía haberle dicho. Estaba desesperada. Por un momento pensó que habían hecho mal en traerse a la niña y que debían llevarla otra vez con sus abuelos, pero sus amigos le aconsejaron que tuviera paciencia y que esperase un poco: -Los niños deben estar con sus padres. Este consejo la tranquilizó y pensó que lo mejor sería esperar un poco, antes de tomar una decisión definitiva. Transcurrieron dos o tres meses y Radina se fue integrando en su nueva vida. Era como una esponja. Todo lo que oía lo absorbía y ya no lo olvidaba. Estaba aprendiendo muy rápido a hablar español: casi parecía una murciana más ¡Hasta tenía acento! Cada día estaba más contenta de estar en España. No le importaba levantarse temprano, porque quería empezar bien el día y, porque la llevaba su madre en moto. Se ponía su casco, la abrazaba fuertemente de la cintura y las dos, como dos mujeres valientes, circulaban por la carretera comiéndose el mundo, hasta llegar a su colegio. Pero lo que más le gustaba, era recibir tarjetas con su nombre escrito, en las que la invitaban a los cumpleaños de sus compañeras y también a las celebraciones de las primeras comuniones. ¡Esto sí que era diferente! Entonces era muy feliz. Lejos quedaban los días tan tristes en los que sus compañeras de la guardería, se metían con ella, porque decían que no tenía papás. Sin embargo, muchas noches, en sueños veía otra tierra más lejana que siempre llevaba dentro y que salía a flote cuando estaba dormida: sus abuelos, su perra Tara, sus primos, sus amigos y su casa de Bulgaria. No lo olvidaba nunca, porque todos los veranos a partir de ese año, ese mundo se convertía en realidad. En viajes sucesivos, cuando iban a su país de vacaciones, siempre al pasar por la frontera con Eslovenia se le encogía el estómago y recordaba con desagrado aquella mujer que les hizo pasar tan mal rato y que la asustó tanto. Ahora Radina tiene dos mundos y es dichosa en cada uno de ellos: en España con sus padres se siente en su tierra: habla perfectamente el español, tiene amigas españolas y piensa y siente como ellas. También le ocurre lo mismo cuando vuelve a Bulgaria y recuerda su otra ciudad, el lugar donde nació y donde pasó sus primeros años de vida. Ahora no se siente extranjera en ningún sitio; en realidad esos dos mundos ya no están lejos el uno del otro; se han ido acercando y se han convertido en uno solo, como dos gotas de lluvia que resbalan por un cristal y se unen en una sola. Radina, ahora, se siente ciudadana del mundo. Cuando ve en la televisión todo lo que sufren algunos niños en los campos de refugiados, porque no los dejan salir de allí en busca de una vida mejor, pregunta a su madre: -Mamá, si el mundo es de todos, ¿por qué los hombres ponen tantas fronteras y dificultades para pasar de un país a otro? Como Radina, muchos emigrantes han sufrido estas experiencias en su infancia. Esperemos que estas vivencias, les enseñen a tener en el futuro amplitud de miras y más generosidad con otros niños como ellos, para que estos no se encuentren con tantas puertas cerradas. Deberán ser la llave de un mundo nuevo.

Ilustración:

Ha sido realizado por Álvaro Vivancos Cifuentes, de 6º curso de Primaria del CEIP LA CAÑADICA de Mazarrón. Su tutora María Dávila Raja ha trabajado con sus alumnos este cuento y el resultado ha sido este precioso dibujo. Muchas gracias a los dos.

viernes, 18 de febrero de 2011

Arantxa y la lengua 1er ciclo




Hoy Arantxa está muy contenta porque le toca salir a la pizarra para escribir el dictado. Todos los días la seño llama por orden de lista a un niño o niña de la clase, para realizar esta actividad. Ayer su profesora le dijo: -Arantxa, mañana te toca a ti, no se te olvide. Y no, a ella no se le va a olvidar porque escribir en el encerado es lo que más le gusta del mundo. Por eso, esta mañana cuando su mamá ha ido a despertarla ya estaba levantada: -¿Pero qué haces tan temprano despierta? -Mamá, es que hoy tengo que escribir el dictado en la pizarra y no quiero llegar tarde al colegio. Muchas veces, Arantxa ha intentado colarse cuando no es su turno: -Seño, hace muchos días que no salgo, hoy me toca a mí. A menudo, se ha peleado con el niño que está de pie escribiendo para que le deje en su puesto, hasta que la profesora se ha enfadado con ella y le ha dicho: -Arantxa, todos los niños tienen derecho a salir al encerado, así que o te sientas o te quedas sin recreo. Ella se ha ido a su sitio muy enfadada y no ha querido trabajar en su cuaderno. Sin embargo, hoy sí que es su turno. Nada más llegar, la seño ha pasado lista, ha puesto la fecha y les ha dicho a todos que sacasen el libro de lectura y el cuaderno de Lengua: -Copiad la fecha de hoy y acordaos de dejar una línea en blanco para escribir debajo, en el centro de la hoja, la palabra DICTADO. La clase de lengua ha empezado. Esta es la asignatura que más le gusta de todas. La profesora mira la lista y dice: -Hoy le toca salir a… Arantxa. Antes de que terminase de decir su nombre, ya estaba ella al lado de la pizarra con la tiza en la mano. Antes de hacer el dictado, hacen un poco de lectura comprensiva: la profesora lee el texto todo seguido para que lo escuchen de una vez y se enteren del sentido de lo que van a escribir, después hace preguntas sobre lo que han escuchado y, cuando lo han entendido todos, empieza a repetirlo despacio para que lo escriban: -La cesta, que hay encima de la mesa, está llena de cerezas. Arantxa escucha a su profesora y empieza a escribir: la sesta que ay ensima de la mesa está llena de seresas. -Vamos a ver Arantxa, al principio de un escrito... -A sí, ¡se escribe mayúscula! -dice la niña borrando la letra minúscula que había escrito. -¿Lo demás está bien? -pregunta con mucho interés a su profesora. Esta la mira y sonríe. -Bueno, casi bien. Mira, en algunas palabras en donde has puesto s, tenías que escribir la letra c. Arantxa, antes de que la profe termine, borra lo que ella cree que está mal y el dictado queda así: La cecta que hay encima de la mesa está llena de cerecas. Arantxa, como muchos niños canarios, se hace mucho lío con las c, las z y las s cuando están aprendiendo a escribir, eso también les pasa a menudo a los andaluces. -¿Ahora está bien? La profesora se ríe, le coge la mano y juntas cambian algunas letras. -Ahora sí: La cesta, que hay encima de la mesa, está llena de cerezas. Arantxa está muy contenta, porque por fin, ha terminado el dictado. Después se sienta en su mesa y copia la frase de la pizarra en su cuaderno. La profesora le pone un bien y ella sonríe. -Mañana vamos a escribir un cuento inventado por todos vosotros. -¿Puede ser de brujas? -pregunta Arantxa -Por supuesto -responde Conchita. La niña se va a su casa soñando con brujas, escobas y encantamientos. -Mamá, mañana, me va a gustar mucho la clase -le dice a su madre mientras le da la mano de vuelta a casa.

Ilustración original:

María Gallego de 11 años ha tenido la amabilidad de hacerme un dibujo para este cuento.Muchas gracias.

jueves, 17 de febrero de 2011

Arantxa y las matemáticas 1er ciclo.








Arantxa vive en una isla maravillosa en medio del Atlántico llamada Gran Canaria. La gente que la habita, siempre está contenta porque ese lugar es tan alegre y bonito, que es difícil sentirse triste y desdichada rodeada de tanta belleza.
Sin embargo, hoy Arantxa está de mal humor. No quiere ir al colegio. Le toca dar matemáticas y a ella no le gustan nada, nada, los números. Por el contrario, le encanta la clase de Lengua: ¡eso sí que es divertido! La seño les cuenta unas historias preciosas de hadas, brujas, príncipes y princesas.
En clase de Mate, siempre está distraída y lo que es peor, distrae a sus compañeras.
-Arantxa, ¡si no aprendes a sumar, restar, multiplicar y dividir, no podrás ayudar a tus padres en el mercado! -le dice Conchita, su profe.
-Profesora, para hablar con las clientas, no hace falta saber matemáticas. Mi madre tiene una amiga, que no ha ido al colegio y tiene también un puesto en la plaza.
Arantxa siempre tiene respuesta para todo y no hace caso de los consejos de sus padres ni de la profesora y, claro, siempre suspende” las Mates.”
  Un día, su profe está en la pizarra explicando las  tablas de multiplicar y Arantxa, levantándose de su mesa, le pregunta:
-Señorita: ¿Transilvania se escribe con C o con Z?
-¡Pero Arantxa! ¿Para qué quieres saber eso, si ahora estamos aprendiendo a multiplicar?
  -Mis compañeros sí, pero yo no. Yo estoy escribiendo un cuento de brujas y vampiros y quiero saber cómo se escribe Transilvania -le replica.
Como es natural, su profesora se enfada, pero ella no hace caso de nadie. No se da cuenta de que es muy importante atender en clase para aprender bien los números.
A Arantxa lo que más le gusta del mundo es acompañar a sus padres los sábados por la mañana al mercado, ponerse un delantalito blanco precioso, bordado con punto de cruz, que le ha hecho su abuela, y ayudarles a vender en su puesto.
Hoy por la mañana, mientras su padre se ha ido a llevar un pedido, Arantxa se pone detrás del mostrador en su lugar para cooperar con su mamá. Se siente muy mayor pero, sin darse cuenta, le ha dado a una señora un billete de 20 € en lugar de uno de 5€.
Sus padres se han enfadado mucho con ella:
-Si estudiaras más matemáticas, no confundirías los números. Mientras no las apruebes, no vendrás más con nosotros al mercado.
Ahora Arantxa es la más aplicada de clase: atiende y aprende con mucha rapidez. Se ha dado cuenta de que además del lenguaje, las matemáticas también son muy importantes.



Ilustración original:


Junto con su prima, Virginia Gallego de 11años ha elegido este cuento entre otros para ilustrármelo.Muchas gracias.

martes, 15 de febrero de 2011

La ranita Rafaelita 1er. ciclo


En lo más profundo de un frondoso y verde bosque, rodeada de arboles, había una gran charca de aguas cristalinas, en donde vivían una pareja de ranas verdes. Los árboles eran tan altos, que desde el agua apenas se podía ver el cielo y, en todo el paisaje que rodeaba la charca, el color que predominaba era siempre el mismo: el verde. Desde allí, parecía que el mundo estaba hecho solo de ese color, aunque con diferentes matices. El papá y la mamá rana estaban muy contentos porque acababan de tener una gran descendencia formada por renacuajos de cabeza gorda y cola pequeña, que se movían por la charca con una velocidad y una alegría extraordinaria. Las ranas papá y mamá estaban muy satisfechas de sus hijos y, a cada uno, le pusieron un nombre. A la más pequeña de todos la llamaron Rafaelita. Rafaelita era una renacuaja muy simpática que estaba muy orgullosa de su cuerpo, por eso no quería crecer. Sabía que cuando lo hiciera, tendría que cambiar la cola por dos pares de patas que le servirían para saltar y ver el mundo que rodeaba la charca. Esto de salir del agua a tierra firme, no le hacía ninguna gracia y, además, a ella le encantaba su cola, decía que la tenía porque era la princesa de los renacuajos y, que en cuanto la perdiera, dejaría de ser princesa. Todos sus hermanos y hermanas ya se habían hecho mayores; todos menos ella, se habían transformado en unas ranas muy verdes, que lucían unas patas flexibles y elásticas. Con ellas podían dar saltos y salir del agua durante grandes periodos de tiempo. A Rafaelita no le daba ninguna envidia ver a sus hermanas saltando alrededor de la charca. -¡Parece que están locas! -repetía una y otra vez-. No sé que le encuentran a eso de saltar, con lo bien que se está aquí, flotando suavemente sobre la superficie del agua, rodeada de preciosos nenúfares. Un día, en el bosque, cayó una gran tormenta. El ruido de los truenos era ensordecedor y, los relámpagos iluminaban el cielo, con una luz tan brillante que en la charca estaban atemorizados; era la primera vez que las ranas pequeñas veían un temporal así. -¿Mamá, que es aquello que brilla en el cielo?-preguntó Rafaelita-, no es del color del bosque. Ella no estaba acostumbrada a nada que fuera de otro color, por eso se asustó. -Son relámpagos -dijo su madre-, y son de otro color; no son verdes, son y de un color azul y amarillo muy intenso. En el mundo que hay dentro y fuera del parque hay muchos colores diferentes. Sin embargo, mientras que no crezcas, no podrás salir de aquí y no verás todas las cosas bonitas que nos rodean. Rafaelita, que pensaba que todos los colores eran tan escandalosos como los relámpagos, le dijo: -No mamá, no quiero ver más colores. Me dan miedo. Prefiero el color verde de nuestra charca, de nuestros árboles y de nuestra piel; el verde me tranquiliza. La mama de la ranita la dejó por imposible: –Esta niña no va a madurar nunca. Al poco rato, la lluvia empezó a caer más despacio, hasta que paró de llover y, en ese momento, apareció en el cielo el Arco Iris. Rafaelita se quedo pasmada mirándolo. Allí arriba había algo redondo, parecido a medía charca, formado por diferentes tonos, tan suaves y sutiles que no le asustaron como le había ocurrido con los relámpagos. Entonces le dijo a su madre: -Mamá, ¿qué colores son esos tan bonitos? Nunca los habia visto. -Eso que estás viendo es un Arco Iris. Siempre sale después de llover y tiene siete colores preciosos. -¿Cómo se llaman mamá? - preguntó Rafaelita muy excitada, ante tanta belleza. La madre le enumeró los siete colores por el orden en que aparecían en el cielo: -El rojo está en la parte exterior del arco, luego viene el naranja, el amarillo, el verde, el azul, el añil y por último el violeta que está en la parte interior. -Mamá, esos colores no me asustan; quiero ver más cosas con más colores. ¡Quiero hacerme mayor! -Menos mal -exclamó su madre-, creía que nunca ibas a dejar de ser un renacuajo. Pero si quieres crecer, tienes que comer todas las moscas y mosquitos, que puedas atrapar. A partir de aquel día, la vida de Rafaelita fue más divertida. Pronto dejó su cola, que cambió por dos pares de patas, como lo habían hecho anteriormente sus hermanas y, todos los días, salían de excursión por los alrededores para investigar el colorido que les ofrecía la naturaleza. A estas salidas las llamaron las excursiones de los colores. La primera, fue la excursión del color azul. Esa fue muy fácil de hacer, no tuvieron más que atravesar la barrera de altos árboles que rodeaba la charca y apareció… ¡el cielo! Se tumbaron todas boca arriba, aunque era una postura algo incomoda para ellas y, se pusieron a admirar el color azul. La mamá les explicó: -El cielo es de color azul, pero cuando amanece o se pone el sol, se llena de tonos rojizos, amarillos y violetas. De noche cuando estáis dormidas se oscurece y el tono pasa a azul oscuro, pero de todas formas siempre es precioso. Todas las ranitas estaban encantadas con las clases que les daba su mamá y, días después volvieron para ver un amanecer y una puesta de sol y, así, comprobar lo que les había contado. Durante su larga vida, hicieron muchas excursiones de ese tipo. Cuando Rafaelita llegaba cansada y llena de emociones, ya no se acordaba de su cola ni de si era o no princesa, solo recordaba la belleza de los paisajes, que ese día acababa de visitar y, se dormía pensando en el próximo viaje que le descubriría una nueva variedad colores. La ranita, al final, se había dado cuenta de que el mundo era un gran cuadro que estaba ahí, para ser admirado por todos, incluidos los diminutos habitantes de la charca.

Ilustrador:

Mi nieto Guille Martínez Ortiz hizo este dibujo cuando solo tenía siete. ¿A que es muy chulo? Es un dibujo original

sábado, 12 de febrero de 2011

Jacin Potas 3er ciclo

La noticia le cayó como una bomba, tenían que cambiarse de ciudad. Debían dejar a sus abuelos, sus amigos, su casa, su colegio, su calle y su barrio, en resumen todo lo que hasta entonces había formado parte de su vida. Pensar que el paisaje que divisaba cada mañana por su ventana, cambiaría por completo y, que en unos pocos días todo a su alrededor sería diferente, le producía un vértigo y una angustia terrible.
Sin embargo, sus padres estaban muy contentos. No eran de la opinión de Jacinto.
-Este traslado supone un gran ascenso y es una oportunidad única para mejorar nuestro nivel de vida -les decían a sus amigos, cuando iban a despedirse de ellos. Pero ¿y él?, con él no habían contado para nada. ¡Nunca contaba para nadie! Su hermana, al menos, tenía más carácter y, enseguida, se sobreponía a cualquier contrariedad por grande que fuera. Sin embargo, a él le dolía el estómago desde que recibió la noticia. Desde el día que se enteró de que había que hacer una mudanza, tenía ganas de vomitar, como le ocurría siempre que se enfrentaba a algún problema.
Al poco tiempo, Jacinto y su familia se trasladaron de ciudad y, ya habían pasado casi dos trimestres completos del curso, cuando llegaron a su nuevo colegio. Todos los chicos ya estaban cómodamente instalados en sus clases y cuando llegaron los nuevos los miraron como a bichos raros. Bueno, eso es lo que pensaba Jacinto, porque así se sentía cuando entró por primera vez dentro del nuevo recinto escolar. La noche anterior, estuvo pidiendo al cielo que no amaneciese para evitar el trance de aparecer en un sitio desconocido para él. Pero las leyes de la naturaleza siguieron su curso y ese día amaneció como siempre, con su luz, su sol y alguna que otra nubecilla. Por eso no pudo poner ninguna excusa para no levantarse.
-¡Vamos niños, hay que darse prisa! - Oyó decir a su madre cuando vino a despertarlos. Jacinto se levantó sin ganas, no quiso desayunar porque tenía los nervios metidos en el estómago y, además, le había sentado mal la cena del día anterior. Envidiaba el aplomo de su hermana Azucena. Para ella, el traslado a un colegio nuevo, era una experiencia parecida a ir al cine o a dar un paseo con una amiga. Todos los nervios de la familia se los había llevado Jacinto. Ambos hermanos se pusieron en marcha a la hora adecuada, acompañados por su madre que comentó:
-Hoy os llevaré por ser el primer día. No quiero bajo ningún concepto, que lleguéis tarde al cole.
Jacinto iba por el camino rezando para que lo pusiesen en la misma clase de su hermana, pero al llegar a la secretaría empezaron sus primeros problemas.
-Es imposible, nunca dejamos a dos hermanos en la misma aula, es la política del colegio, aunque sean gemelos- aclaró la directora.
¡Maldita la gracia que le hizo! A Azucena la enviaron a 6º A y a Jacinto le tocó la clase de 6ºB que, según dijo la profesora, eran un poco revueltos, pero buenos chicos.
-Ahora vendrá el pitorreo de los nombres -pensó. ¡Solo a su madre se le podía ocurrir ponerles Jacinto y Azucena! Cuando salían juntos y uno de los dos hermanos se encontraba con algún amigo y tenían que presentarse, siempre la misma broma:
-¡Hombre, Azucena y Jacinto!, vaya nombres más raritos que os ha puesto vuestra madre. Ella no tiene hijos, tiene un ramillete de flores.
Entonces todos se echaban a reír y a Jacinto le entraban unas ganas tremendas de salir corriendo o de que lo tragase la tierra. Sin embargo, Azucena se reía con ellos sin importarle nada y les seguía la broma tan fresca como siempre.
El primer día, la secretaria les acompañó a cada uno a la clase correspondiente; Azucena entró en el aula con el aplomo que la caracterizaba; abrió la puerta, dijo buenos días y pasó como si estuviese matriculada en ese Centro desde Educación infantil; pero Jacinto era distinto. Al abrir la puerta y ver tantas caras desconocidas observándole, le empezaron a temblar las piernas y un sudor frio le corrió por toda la frente. La profesora y sus compañeros estaban expectantes esperando su reacción, el más chistoso del grupo, al observarle como un pasmarote en la entrada, dijo en voz alta:
- ¡Mirad chicos, ha venido a vernos Harry Potter!
-¡Siéntate y calla, Álvaro!- le dijo Dña. Luisa -. Jacinto va a quedarse con nosotros lo que queda de curso y le vamos a tratar como a uno más. No quiero bromas ni gamberradas, ¿de acuerdo, Alvarito?
– ¡Alvarito, Alvarito, esta mujer me tiene manía! - exclamó en voz baja.
Efectivamente, Jacinto llevaba unas gafas pequeñas de cristales redondos que le daban cierto parecido con el actor que interpretaba Harry Potter y, por desgracia para él, Álvaro lo había descubierto rápidamente.
-¡Ya tenemos pitorreo para todo el curso! - pensó Jacinto. Este quiso hacerse el duro y aparentar que las bromas no le importaban, pero su cara reflejaba su estado de ánimo y, poco a poco, empezó a ponerse blanco y a sentirse mareado. Sin saber cómo, le entraron unas ganas tremendas de vomitar. Recordó que había visto en el pasillo un aseo antes de entrar en la clase y salió disparado a dicho lugar sin pedir permiso a nadie. Cuando volvió, había recuperado un poco el color cara. La profesora se dirigió hacia dónde se encontraba y le preguntó:
-¿Te encuentras mal, Jacinto?
Antes de que pudiese contestar, intervino Álvaro:
-El señorito se ha puesto malo. En vez de Harry Potter, le vamos a llamar Jacin Potas. Los compañeros, al oír el chiste que había hecho el gracioso de la clase a costa del nuevo, empezaron a reírse a carcajadas y a dar patadas en el suelo. Se armó tal escándalo, que lo oyeron hasta en el aula de al lado.
Azucena, al oír el alboroto, se imaginó que su hermano estaba implicado en el problema por alguna causa. Dña. Luisa logró calmar a sus alumnos y, poco a poco, casi sin darse cuenta, el estómago del nuevo se tranquilizó, por lo que pudo dar clase hasta que sonó el timbre.
-¡La hora del recreo!- gritaron algunos de los compañeros de Jacinto. Los chicos no atendieron más a las explicaciones de Dña. Luisa, dejaron lo que estaban haciendo y salieron atropelladamente. Jacinto cogió su bocadillo de mala gana; no tenía ninguna sensación de apetito, pero salió al patio detrás de los demás alumnos. Mientras estaba en clase, se encontraba protegido por la profe, sin embargo, al salir al patio, se sintió de nuevo indefenso y perdido. No sabía hacia dónde dirigirse; a la derecha estaban las pistas de deportes, pero todavía no conocía al profesor de gimnasia y no sabía las normas de uso de las mismas y, hacia la izquierda, había una zona de jardín con una bonita arboleda, hacia allí se dirigió.
-¡Jacinto, Jacinto!- oyó que su hermana le llamaba desde el otro lado del patio. Estaba con dos compañeras y las tres vinieron hacia él.
-Jacinto, ven que te voy a presentar a dos amigas de clase. Son muy simpáticas: Clara, Mónica, este es mi hermano Jacinto.
-Hola ¿Qué tal? Tu hermana nos ha hablado mucho de ti.
Jacinto se puso rojo como un tomate y no supo qué contestar pero se dio cuenta de las dos eran guapísimas, parecía que se le estaba arreglando el día, hasta que se dio cuenta de que se les acercaba Álvaro.
-¿Os han presentado ya a Jacin Potas? -preguntó a Clara y a Mónica. ¿Quién es esta chica?
-Mira, Álvaro -le dijo Mónica bastante molesta -, te he dicho mil veces que cuando te haces el gracioso es cuando menos me gustas. No seas pesado y déjanos tranquilas, anda.
A Álvaro le molaba mucho Mónica, pero le gustaba hacerse el duro delante de ella.
-Bueno, Mónica ¿me la vas a presentar o no?
-Azucena, este energúmeno se llama Álvaro y seguro que nos va a dar la lata durante todo el recreo.
Mientras, Jacinto observaba callado al compañero que le había tocado en suerte rogando que tuviera alguna cosa más interesante que hacer que meterse con ellos y desapareciese de un momento a otro.
-Anda, pero si os parecéis -dijo Álvaro mirándoles fijamente-. ¿Sois mellizos? Azucena y Jacinto, dos flores o… dos capullos, como prefiráis.
Antes de que nadie pudiera remediarlo, Azucena le soltó un bofetón, Álvaro se echó hacia atrás para evitar el tortazo, pero al final se cayó al suelo. Cuando se levantó, se fue hacia ella hecho una furia. ¡Menuda se armó! Jacinto, al ver que iba hacia Azucena, salió en defensa de su hermana y empezaron a darse mamporros, acabando de nuevo los dos en el suelo.
-¡Pelea, pelea con el nuevo! Empezó a correrse la voz por el patio y enseguida se arremolinaron un montón de chiquillos que gritaban a favor de uno u otro contendiente.
Los nervios de Jacinto le traicionaron como siempre y el estómago empezó a producirle náuseas. Se quiso separar de su contrincante para ir a al aseo, pero este, pensando que quería escaparse, le agarró de la camisa aún más fuerte.
Jacinto no lo hizo adrede, pero no lo pudo evitar. Con los nervios de la pelea volvió a vomitar, pero, esta vez, el que recibió el regalito fue Álvaro.
-¡Aaah, qué asco tío! Eres un guarro. Me has puesto perdido. Ahora sí que te la has cargado. Te vas a acordar de este día durante toda tu vida ¿Cómo voy a estar toda la clase así, con esta peste hasta que me vaya a casa?
A Jacinto se le iba un color y le venía otro.
-Lo siento chico, pero no lo he podido remediar. He querido soltarme y me has agarrado más fuerte. Tú mismo me has llamado Jacin Potas, ahora ya sabes a qué atenerte.
Según iba hablando, notaba más seguridad en sí mismo. Se sorprendió de haberle contestado con tanta firmeza. Mientras se limpiaban como podían, la profesora que estaba de vigilancia en el recreo, llegó al lugar de la pelea.
-¡Cómo no iba a ser Álvaro uno de los implicados! ¡Ah, y el nuevo!, pues sabes que has empezado bien. El primer día de clase y ya hay que llevarte al despacho de la directora.
-Señorita -dijo Mónica-, nosotras sabemos porque ha empezado la discusión y el culpable ha sido Álvaro. Los ha insultado, los ha llamado capullos.
-¡No es verdad! les he dicho que tenían nombre de flores o de capullos.
-Dejaos ya de tonterías y vamos a dirección. ¡Por Dios! ¡Qué olor echáis! No se puede estar a vuestro lado.
En el despacho, las preguntas y las respuestas se sucedían sin parar, además de las interrupciones de los testigos de la pelea.
-¡Basta ya!- dijo la directora-. Tú te vas a quedar en el pasillo hasta que tus padres vengan a recogerte y, cómo castigo, vas a ser el compañero de Jacinto hasta que termine el curso. Veremos a ver si aprendes a respetarlo. En cuanto a ti, Jacinto, te recomiendo que pases de las tonterías que hacen algunos chicos. Como no tienen nada dentro del cerebro, dicen cosas sin sentido -dijo mirando a Álvaro.
-Además, como no seas capaz de dominarte, el mote que te han puesto te va a quedar que ni pintado.
-¿Es posible que ya le hayan ido con el soplo? Seguro que ha sido Dña. Luisa, mi tutora -pensó. ¡Cómo corrían las noticias en el colegio!
Salieron del despacho y se fueron a clase. La profesora les mandó al final del todo.
-Si queréis estar en clase de lengua, no se os ocurra moveros de dónde estáis. Os quiero bien lejos de mí, porque no hay quien pare a vuestro lado.
A parte de eso, el día terminó sin ningún percance más para los dos alumnos nuevos.
Al finalizar las clases, los hermanos se fueron a casa con las amigas de Azucena, aunque Jacinto iba delante de ellas, porque las chicas no querían arrimarse a él:
-¡En cuanto llegues a casa, te metes en el baño! ¡Menudo olorcito echas!
-¡No me des más la lata, guapa! Bastante mal rato he pasado hoy, así es que déjame en paz de una vez -le dijo enfadado.
A la mañana siguiente, Jacinto se levantó con el mismo problema que el día anterior, con el añadido de que sabía quién iba a ser su compañero de clase, ¡tendría que aguantar a Álvaro durante el resto del curso!
-¡Creo que no podré soportarlo! es superior a mis fuerzas. ¡Mamá no quiero ir al colegio por favor!
-Mira, Jacinto, tienes que controlarte, cuando te entren ganas de vomitar, respira hondo dos o tres veces y ya verás cómo se te pasa.
Jacinto prometió hacer caso a su madre cuando se despidió de ella pero, al entrar en clase, le empezó la misma molestia en el estómago que le era tan familiar. Se sentó al lado de Álvaro, como le había mandado la directora, y este le miró con mucho recelo.
-¡No quiero ni pensar que te atrevas a acercarte a mí! Te separas todo lo que puedas ¿Entendido?- le dijo este de muy malas maneras. Fue todo tan rápido que Jacinto no supo cómo pasó pero, allí mismo, volvió a repetir la faena del día anterior.
Su compañero empezó a gritar:
-¡Esto no hay quién lo aguante! ¡Si este tipo tiene que estar a mi lado hasta final de curso, yo me voy de este colegio!
Tal jaleo se armó que al poco rato, Álvaro se encontró otra vez en el despacho de la directora:
-Mira, me da igual que no quieras estar al lado de Jacinto, pero no te voy a cambiar de sitio; en tus manos está que deje de vomitar. Creo que a ti te interesa más que a nadie que se le pasen los nervios y esa costumbre que tanto te molesta.
-Sí claro, seguro que yo tengo la solución del problema, ¡no te fastidia!
-A ver si tienes más respeto a las personas mayores. Siéntate y atiende mis consejos.
-¿Tú sabes lo que es la empatía?
-¿La simpatía? Creo que sí.
-No, la simpatía no, la empatía. Eso es saber ponerse en el lugar de la otra persona. Tú tienes que ponerte en el lugar de Jacinto y pensar en lo mal que debe sentirse sin conocer a nadie en esta ciudad. Lo que le hace falta es alguien que le tranquilice y le haga tener seguridad. Tú no eres la persona indicada ¡claro está! pero si no quieres irte a casa todos los días igual que ayer, debes buscar la forma de que Jacinto se encuentre como en su casa. ¡Tú y toda la clase! Así es que aplícate el cuento y a trabajar. Además, Álvaro, te conviene quitarte la etiqueta de fanfarrón que tienes puesta. Eres un buen chico pero no te gusta demostrarlo, prefieres ser el gallito de la clase. Sin embargo yo sé que tú eres capaz de realizar esta tarea.
Álvaro pensó en todo lo que le había dicho la directora y, aquel día, durante el recreo hubo una reunión de los alumnos de 6º convocada por el cabecilla de la clase:
-De modo que ya sabéis, si alguno le molesta por algo y me vuelve a vomitar encima o tiene que salir corriendo en mitad de una explicación de algún profesor, por culpa vuestra, se os cae el pelo.
La idea de la directora fue buenísima, Álvaro por la cuenta que le traía empezó a comprender el problema de su compañero de mesa; pensó en lo mal que se encontraría él, si tuviera que dejar todo lo que conocía y marcharse a otro lugar. Desde ese momento, empezó a mirar con simpatía a Jacinto. Mientras, Jacinto había caído en la cuenta de que con su problema estomacal, tenía la forma de fastidiar a su compañero y, a partir de ese momento, su problema iba a ser el problema de los dos. Esto hizo que se enfrentara todos los días, con más tranquilidad, al hecho de ir a un colegio nuevo.
Desde entonces, su vida, fue como la del resto de sus compañeros, Álvaro se encargó de que nadie le pusiera nervioso para evitar las carreras hacia el aseo. Los esfuerzos por proteger a su compañero y, de paso, de protegerse así mismo de sus vómitos, hicieron que entre los dos, fuese desapareciendo la antipatía que se tenían desde el principio de conocerse y que naciese una buena amistad.
-Hay que ver lo que hace la empatía -decía Álvaro sonriendo y mirando a su compañero.
-¿La simpatía?-le preguntaba Jacinto.
-No hombre no, la empatía; un día que tenga ganas te lo voy a explicar-le aclaró echándole el brazo por encima del hombro, cuando iban hacia el patio del recreo.
Desde entonces, Jacinto no volvió a ser más Jacin Potas.

martes, 8 de febrero de 2011

El camaleón hechizado 2º y 3er ciclo



Erase una vez un camaleón al que una bruja había hechizado hacía muchísimo tiempo y, en vez de vivir en plena naturaleza como hacen todos los camaleones normales, tenía que vivir dentro de un cuento. Como todos los de su especie, tenía la facultad de cambiar de color según la superficie en donde se colocaba. Todos los camaleones son maestros del camuflaje, pero él no lo sabía, pensaba que eso le ocurría porque estaba hechizado. Cada vez que se colocaba encima de una letra se transformaba en ella. Si se ponía encima de la A, el camaleón se convertía en una A; si trepaba sobre una M, desaparecía como si esta letra se lo hubiese tragado, pero no era así, es que se había transformado en M. Esto le ocurría con todas las letras que salían en la historia. También le pasaba con los dibujos que lo ilustraban; en el cuento, había un príncipe y una princesa que vivían en un lejano país, pues bien, si el camaleón se colocaba encima del príncipe, a este último se le ponía una cabeza triangular con los ojos tan saltones que los niños que lo estaban leyendo se asustaban y salían corriendo sin querer saber nada más de él. Si esto ocurría con el príncipe, imaginaos lo que sucedía con la princesa. ¿Podéis pensar en un camaleón con trenzas doradas o en una princesa con cara de camaleón? En la primera librería en dónde se vendió, nadie recordaba cómo había llegado ese libro hasta allí. El cuento “El camaleón hechizado” estuvo muerto de risa en la estantería de la tienda, durante mucho tiempo, hasta que un niño que era muy aficionado a estos animales lo compró. Estuvo intentando durante mucho tiempo ver al camaleón, pero éste siempre estaba camuflado entre las letras y los dibujos y no consiguió verlo nunca. Por eso, un día, el cuento fue a parar a un puesto en la feria del libro usado. Pasó por las manos de muchos niños lectores. Estos o se asustaban con sus letras y dibujos cambiantes o se aburrían porque nunca podían ver bien al camaleón y, al final, siempre se deshacían de él. Hasta que un día: -Mira, mamá, “El camaleón hechizado”, cómpramelo por favor que tengo que hacer un trabajo sobre los Furcifer Pardalis-dijo Amalita. -¿Y eso que es?-preguntó su madre extrañada. -Mamá, pues una clase de camaleones -contestó la niña que era una sabionda de mucho cuidado. Ella había ido con sus padres y su hermano a La feria del libro de ocasión. Estuvieron dando vueltas comprando libros diferentes para toda la familia y, justo, cuando se iban a marchar, encontró lo que estaba buscando. -Mamá, es estupendo, ¡por fin un libro sobre este tema! Después de cenar, se fueron a leer a sus habitaciones y, al poco rato, la niña se presentó muy enfadada en el dormitorio de sus padres. -¡Este libro es un timo! Aquí no sale ningún camaleón y, además, según lees, las letras van cambiando de forma ¡menudo mareo! Parece que tienen un camaleón escondido detrás o encima de ellas y los dibujos también. No me sirve para mi trabajo. Lo dejó encima de la mesilla de sus padres y se fue muy indignada a dormir. La madre de Amalita cogió el libro y empezó a ojearlo. Primero pasaba las hojas muy despacio para observar lo que sucedía y, luego, lo hizo más rápido. Se dio cuenta de que solo una letra era la que cambiaba de forma cada vez; una letra o un dibujo, pero solo una. Le pareció muy raro, pero inmediatamente se dio cuenta de lo que pasaba. -Este camaleón estará hechizado, pero creo que, además, es muy bromista. No hay manera de verte porque siempre estás detrás de las letras, pero yo sé una manera de sacarte de ahí, ya lo verás amiguito -le dijo al camaleón en voz alta. La madre de Amalita sabía que el color rojo produce estrés en estos reptiles y, a veces, llega a enfermarlos hasta la muerte. Ella no quería que le pasase nada al pequeño animal, pero sí quería que dejase de camuflarse detrás de las líneas del cuento. Al día siguiente llamó a los niños y les dijo: -¿Queréis ver al camaleón? - Claro mamá. -Bien, pues coged unos rotuladores de color rojo y pintad todas las páginas del cuento. Así lo hicieron y, según los niños iban coloreando, nuestro amigo empezó a sentirse mal dentro del libro. Ese color le producía una sensación muy extraña que le fue dejando poco a poco sin fuerzas. El camaleón se cambió de hoja, hasta que llegó a la última página y no pudo seguir camuflándose más, entonces empezó a marearse. Se apoyó en la última línea del cuento y se quedó en el borde del mismo. Poco a poco se fue resbalando y, sin poderlo remediar, se salió de la página hasta que cayó suavemente al suelo. Los niños asustados llamaron a su madre: -¡Mamá, mamá! el camaleón ha aparecido por fin, pero parece que está enfermo. ¿Se va a morir? Nosotros no queríamos que le pasase nada malo – dijeron compungidos. -No os preocupéis, un libro no es un sitio apropiado para que viva un animal de esta clase. Metedlo en una caja y vamos rápido a los pinares de aquí cerca. Lo cogieron con mucho cuidado y lo llevaron en el coche para no perder tiempo. Cuando llegaron al bosquecillo, el aire de los pinos lo reanimó poco a poco y, al salir del coche, el camaleón empezó a moverse con lentitud. Lo colocaron sobre una ramita baja que había cerca de ellos y lo observaron con paciencia. Se notaba que no había estado nunca al aire libre porque al principio parecía asustado: -Pobrecillo, siempre metido entre las hojas de un libro -decían los niños. A los pequeños se les saltaron las lágrimas. De repente, el camaleón sacó su larga y pegajosa lengua y, por primera vez en su vida, cazó una mosca. Se la tragó despacio saboreándola y, a los niños les pareció que le había sabido a gloria. Al poco rato, casi sin que se dieran cuenta, el camaleón desapareció ante sus ojos. -¡Ha recobrado el poder de camuflarse! dijo Amalita -¡Se ha curado! -exclamó su hermano. Los tres se volvieron a casa contentos por haber hecho algo hermoso. Al llegar, fueron a buscar el cuento y observaron si se había efectuado algún cambio en él. Aparentemente, todo estaba igual, solo que, esta vez sí que pudieron leerlo. Las letras no se movían, ni los dibujos cambiaban. El camaleón hechizado ya no vivía entre ellos. ¡Era libre!
Ilustración:

El verdadero trabajo de Laura Bueno Valdés es traer niños al mundo, pero su afición es dibujar por eso le agradezco el tiempo y esfuerzo que ha gastado por ilustrarme este cuento.Eres una magnifica ilustradora. Muchas gracias.