Mensaje de bienvenida

¡Y sin embargo algunas personas dicen que se aburren!¡ Démosles libros!¡Démosles fábulas que los estimulen!¡Démosles cuentos de hadas! Jostein Gaarder

domingo, 1 de mayo de 2011

Guille y Pablo: Nace mi hermanito. Infantil y 1er.ciclo


Guille se ha despertado y  ha llamado a su mamá:
-¡Mamá, mamá, he soñado que tenía un hermanito que se llamaba  Pablo! ¡Yo quiero tener un hermano!
 -Muchos amigos de mi colegio tienen hermanos, yo también quiero tener uno.
 -No te preocupes cariño, seguro que algún día lo tendrás -le responde sorprendida. 
 Pasa el tiempo y, un día,  su mamá, muy contenta, le dice:
-Guille, vamos a tener un bebé, aunque no sabemos si será niño, 
 a lo mejor es una niña.
 –No mamá, va a ser un niño y se va a llamar Pablo -replica-. Quiero que sea un chico  para jugar al futbol. 
-No te preocupes Guille, las niñas también juegan al futbol.
 Algunas veces, cuando su mamá se acuesta porque está muy cansada, Guille pone  su cabeza encima de  ella y le habla flojito:
-Oye, soy tu hermano Guille. ¡Tengo muchas ganas de que salgas de ahí para conocerte! tienes que estar muy aburrido tan solo.
-No digas eso, Guille. El bebé está creciendo aquí dentro y se está haciendo fuertote. Cuando nazca, tendrás tiempo de conocerle y  de jugar con él o con ella.
Pasan los días y la barriga de su mamá crece y crece. Se nota que  el bebé está  cada vez más grande. 
Desde que va a aumentar la familia, Guille ve más movimiento en su casa ¡Qué suerte! Le han comprado un dormitorio nuevo y el suyo será para su hermanito. Sus muebles se le han quedado pequeños.
 -Hoy, al despertarse, observa mucho jaleo; sus padres están poniendo en una maleta la ropa del pequeñín. 
-¿Mamá, es que nos vamos de viaje? - pregunta.
-No, nos vamos a ningún sitio, creo que el bebé ya va a nacer-responde  mientras le acaricia la cabeza con la mano.
 Guille se pone muy contento, él también quiere  ir con sus padres al hospital para conocer a su hermano, pero ve que sus abuelos  vienen para llevárselo. ¡No quiere irse con ellos!
-¡Quiero ver a Pablo! –grita  pataleando en el suelo, llorando a moco tendido.
-Mira Guille -le explica su abuela-, primero van tus papás para hablar con el médico; cuando les den una habitación para estar allí, vamos nosotros.
-No llores cariño –le suplica su mamá-, cuando vengas al hospital, tu hermanito ya habrá nacido.
En casa de los abuelos suena el teléfono:
-¡Ha sido niño un niño! -exclama su tía muy contenta-. Por fin vas a poder jugar al futbol con tu hermanito, y se va a llamar Pablo como tú querías.
Guille está muy nervioso; va  a conocer a su hermano y ya no se separará más de él. Nada más entrar en la habitación, ve a su mamá acostada en la cama. 
-Ven Guille, mira, tu hermanito quiere conocerte -le dice.
 Guille se sube a la cama con ella y, entre los dos, sujetan en brazos a Pablo. Entonces, su abuelo les saca una foto a los tres.  El niño está muy colorado y le parece muy feo, aunque los demás dicen que es  muy guapo  y que está muy gordito.
-Está  está casi criado –comentan los abuelos. 
-¡Si es pequeñísimo y seguro que no sabe comer solo! “Muchas veces no entiendo a los mayores” -piensa.
  -Vamos Guille,  es hora de irse a casa –dice su abuela cogiéndole de la mano
Él les mira con cara de sorpresa, no quiere marcharse. ¡Pobre Guille! 
Todavía no tiene cuatro años y no entiende que se tiene que ir  y que su mamá, su papá y Pablo se van  a quedar en ese sitio tan feo, por lo menos un día más. Llora desconsoladamente mirando a sus padres y al pequeño. No tiene consuelo.
 Su tía Paloma le coge en brazos y le pregunta al oído:
-¿Quién se va a comer conmigo un  helado?
-¡¡¡Yo!!! –contesta muy contento.
Parece que eso ha surtido efecto: les da un beso a todos y se despide  hasta el día siguiente.
Mientras se comen el helado, pregunta:
 -Oye tía, ¿por qué Pablo se chupa tanto los puños?,  ¿por qué no abre los ojos?,  ¿por qué llora tanto?, ¿me habrá conocido?, ¿sabrá que soy su hermano mayor?
Su tía  no tiene tiempo de contestar a tantas preguntas. Cuando está respondiendo a una, ya tiene tres o cuatro más, en cola, esperando contestación.  Guille está muy contento y ha comprendido que Pablo debe estar en el hospital con sus padres un día más.


Esa noche, Guille ya no sueña con el pato Paco, sueña con un jardín muy grande en donde dos niños juegan al balón, esos niños se llaman Guille y Pablo. ¡Está muy feliz!

El gallito Escarlati 2º y 3er ciclo











Nuestra historia sucedió en un pequeño pueblo en donde no se conocían las prisas ni la contaminación de las grandes ciudades. Nada enturbiaba la paz de sus vecinos. Todas sus casitas eran blancas y limpias y en todas ellas había además de un palomar, un corral y un gallinero que se comunicaba con un pequeño huerto. Era en este lugar, en donde los niños de la casa y también los animales que vivían por allí sueltos, pasaban sus mejores ratos. Los primeros, jugando sin parar con los amigos que venían a verlos de vez en cuando y, los segundos o sea, las gallinas, los pollitos y los patos picoteando durante todo el día, buscando algo de comida que llevarse al pico.
Los chavales, unas veces subían a ver las palomas y, otras veces, visitaban el gallinero observando a las gallinas; luego contaban los huevos que habían puesto y también comprobaban si habían nacido algunos pollitos. Un día, jugando en el pequeño huerto, de entre todos las aves que estaban por allí picoteando entre las hierbecillas, una les llamó la atención; pasó andando por su lado como si fuera de puntillas, con el cuello muy estirado, tanto, que hubiesen pensado que miraba a los demás por encima del hombro. Más que andar parecía que quisiera arrancar el vuelo en cualquier momento. No tuvieron más remedio que reírse. Uno de los niños miró al pollito y dijo con sorna:
-¡Qué bicho más raro! parece que anda sin pisar el suelo y por la forma de su cuello, se diría que parece una avestruz. Todos se rieron de la ocurrencia de Quique:
–Un gallo avestruz ¡que original! Lo volvieron a mirar extrañados y fueron corriendo muy divertidos a contárselo a su madre.
Los patos y los otros animales del corral comentaron entre sí:
-Veis, hasta los niños se han dado cuenta, ese pollito es muy orgulloso y presumido. Nunca agacha la cabeza y parece que nos mira a todos como si los demás fuéramos tontos.
Agustina, la mamá gallina, oyó el comentario y pensó con tristeza que ya era hora de hablar con su hijo, el gallito del cuello estirado. Así que, como las cosas importantes no se deben de dejar para el día siguiente, se dirigió a Escarlati II que así se llamaba y le dijo:
-Vamos a ver Escarlati II, llevas unos días muy raro, sé que te ocurre algo y no me lo quieres decir. Te veo siempre triste, preocupado y andando de una forma muy extraña. Ya te estás haciendo mayorcito y nuestros vecinos se empiezan a reír de ti. Confía en tu madre y cuéntale lo que te inquieta.
Escarlati II la miró y se le llenaron los ojos de lágrimas:
-Mira mamá, no quiero que te apene lo que te voy a decir pero los días veo pasar por encima de nuestras cabezas a muchas aves que volando van de un sitio a otro, libres y divertidas: las cigüeñas de la torre, las palomas de nuestra casa, los jilgueros ¡Quiero volar como otros pájaros! … ¿Por qué no puedo hacerlo? Siempre picoteando en el suelo y buscando gusanos ¡qué asco! ¡ No me gusta ser un pollo, hasta la palabra pollo, me pone la carne de gallina, y perdona por la comparación. ¡No hay cosa más tonta y aburrida que ser ave de corral!
-Mira hijo -le dijo Agustina la gallina muy disgustada-, por mucho que andes de puntillas para parecer más alto y estires el cuello para tenerlo más largo, no te vas a parecer nunca a las cigüeñas de la iglesia ni vas a volar tan alto como ellas. Pero si tienes paciencia, comprenderás cuando seas mayor, que los gallos tienen un oficio muy importante y que la vida de todo el pueblo depende de ellos.
El pollito miró a su madre con los ojos muy abiertos y le dijo:
-Pues yo he visto un gallo encima de la torre, así que, él sí que ha podido volar más alto que nosotros.
-¿Un gallo encima de la torre? -dijo extrañada Agustina-. A ver, enséñamelo.
Escarlati y su madre se fueron andando hacia una parte del corral, desde donde se veía bien dicha torre y, efectivamente, allí estaba el gallo encima del campanario de la iglesia.
Se movía girándose sobre sí mismo, según soplaba el viento. Agustina se echó a reír:
-Hijo, eso no es un gallo, es una veleta. No es un animal de verdad sino de hierro y está ahí encima para indicar la dirección del viento.
Escarlati se puso colorado, pero no se le notó porque ya se le estaban poniendo las plumas de la cabeza naranjas y rojas como las de su padre, así que, la vergüenza que sintió por el error cometido pasó desapercibida.
-Ten paciencia cariño, que dentro de poco te llegará tu momento- le repitió Agustina.
-¿Falta mucho para ese día mamá?
-Confía en mí que yo te avisaré, cuando crea que estás preparado para la misión que tienen reservada los gallos del corral - le contestó.
El pollito se marchó más tranquilo meditando sobre todo lo que le que le había dicho su madre.
Esta le vio alejarse y dijo para sí:
-Tengo que hablar con su padre. Ya es hora de que le enseñe a Escarlati II, que la vida de un gallo no es tan aburrida como cree. Además, está creciendo muy rápido y no me parece bien que todos los animales se rían de él porque crean que es un estirado.
El padre de Escarlati II, Escarlati I, era un gallo de armas tomar. Todas las gallinas del vecindario estaban enamoradas de él, tenía una planta majestuosa; se paseaba por el corral despacio, moviendo la cabeza para todos lados, luciendo su precioso plumaje. Las plumas de la cabeza pasaban desde los tonos amarrillos hasta los rojos más vivos y los bordes de las alas eran de color naranja. El resto del cuerpo era gris oscuro y la cola de color negro azabache, alternando con algunas pinceladas blancas. También, si te fijabas con atención, podías ver que alguna pluma azul marino salpicaba su cuerpo para hacerlo más bello todavía.
Cuando Agustina llegó delante de él, suspiró orgullosa viendo lo guapo que estaba su marido y pensó, que pronto su hijo se convertiría en un gallo tan espectacular como su padre.
-¡Escarlati, tengo que hablar urgentemente contigo!, le dijo.- Vamos a un sitio en donde podamos estar más tranquilos. Se fueron debajo de unos árboles, lejos de las miradas indiscretas de algunos vecinos y Agustina, le puso al corriente del problema que tenía su hijo. Los dos decidieron que cuando terminara el invierno y entrara la primavera, sería el momento del relevo, el padre descansaría para dejar a Escarlati II la responsabilidad de ser el gallo del gallinero.
Llegó el tiempo fijado, los árboles, las plantas del huerto, los animales y, todo lo que rodeaba la casa, había experimentado un gran cambio. Se notaba que la vida bullía por todos lados: era la primavera.
Una noche Escarlati I habló con su hijo:
-El momento ha llegado. Mañana de madrugada tendrás que estar a punto. Veremos si sabes ganarte el nombre de” El gallo del gallinero”.
Esa noche nuestro joven no pudo dormir. Cuando llegó su padre a por él, ya estaba listo:
-Acompáñame - le dijo.
Escarlati II ya no era el gallito tímido y raro de antes, pues durante el resto del invierno se había convertido en un digno sucesor de su padre. Le siguió lo más rápido que pudo, pero su progenitor iba tan ligero, que estuvo a punto de caerse varias veces. ¡Estaba muy nervioso!...
Por fin, después de unos cuantos tropezones, llegaron a lo más alto del tejado. Cuando hubieron descansado un poco, el padre se volvió hacia él y le dijo solemnemente:
-Escucha hijo, dentro de unos segundos vas a ser testigo de un gran milagro que todos los días sucede en la naturaleza, el paso de la oscuridad a la luz, de la noche al día.
-Observa bien y déjate llevar. Transcurrieron unos minutos que a Escarlati II le parecieron horas. Miró a lo lejos. El cielo estaba maravilloso cuajado de estrellas. De vez en cuando, se oía el ladrido lejano de un perro vagabundo. De repente, un magnífico espectáculo apareció delante de sus ojos, un punto brillante con un halo rojo surgió en el horizonte, el cielo empezó a aclararse muy despacio y comenzó a ver mejor. Las estrellas fueron apagándose poco a poco y las nubes que había en el cielo se vistieron con colores grises, rosas y rojos. La belleza del momento le lleno tanto de emoción que, sin saber por qué, hinchó su pequeño pecho y la alegría que sentía le hizo cantar su primer “KIKIRIKÏ.”
Le gustó la sensación y lo volvió a repetir: KIKIRIKÏ., KIKIRIKÏ...
Cantó una y otra vez hasta el agotamiento. Lo que vino un poco después le gustó aún más: observó desde el tejado, como el pueblo se despertó al oír su canto y gracias a él, empezó a cobrar vida. Las luces comenzaron a apagarse y desde donde estaba subido pudo ver lo que sucedía: el panadero abrió la panadería; los amos se desperezaron en la cama; los niños subieron las persianas y se asomaron a las ventanas para comprobar el tiempo que hacía; el Sr. cura tocó las campanas para anunciar la misa de siete; el Sr. Paco, dueño del Kiosco, recogió como todas las mañanas los paquetes de periódicos que el repartidor había dejado en la puerta y los colocó en los expositores de hierro junto con las revistas; entonces empezó a vocear el diario del día: -¡El Ideal, compren el periódico con las noticias más frescas!….
Todos los animales del corral salieron fuera y miraron hacia el tejado asombrados. Ellos sí reconocieron, que el canto que les había despertado ese día, no era el de siempre. Era el de un gallo más joven e ilusionado:
- ¿Habéis escuchado? Creo que es Escarlati hijo-decían los patos a las gallinas.
-Tiene un canto aún más bonito y potente que el de su padre -añadía un gatito desperezándose.
-Ahora sí que ya no se va a poder dormir más en este corral- replicó un viejo perro que destacaba por su pereza-.¡Si esto se vuelve a repetir me voy de esta casa!
Todos los que le escucharon se echaron a reír porque sabían que no lo iba a hacer. Siempre protestaba por todo, pero ¿dónde iba a ir a sus años?
Agustina muy orgullosa, se dirigió al grupo que estaba allí reunido y les dijo:
-Por fin se ha dado cuenta de la importancia de su misión. Desde hoy será muy feliz.
Mientras desde el tejado….
-KIKIRIKI; KIKIRIKI, Escarlati seguía cantando.
Poco a poco todo volvió a la normalidad. Se hizo completamente de día, las luces del pueblo se apagaron por completo y Escarlati I se volvió a su hijo y mirándole orgulloso le dijo:
-Verdaderamente ¿crees ahora que es aburrido ser Gallo?
Escarlati hijo miró a su padre emocionado y, ambos, con sus bonitas plumas se dieron un gran abrazo.






Las bonitas ilustraciones de este cuento las ha realizado LAURA BUENO VALDES.



Gracias Laura.

viernes, 15 de abril de 2011

Pepa y Pepe, Infantil,1er y 2º ciclo.

Guille y Pablo llevaron a casa dos huevos de gusanos de seda; eran como dos puntas de alfiler de color marrón oscuro. Se los habían regalado en el colegio y, ellos, los cogieron con mucho cuidado para no perderlos por el camino. Nada más llegar, los pusieron sobre un pañuelo blanco, dentro de una caja de zapatos y esperaron a que nacieran. Los miraban todos los días antes de irse a clase para ver si habían salido los gusanos, hasta que una mañana:

-¡Mamá, ya han nacido! -grito Guille-. Hay que buscar hojas de morera.

Los niños tenían en el jardín un árbol de moras. De sus ramas cogieron unas hojas muy verdes y brillantes, para que comieran tres veces al día. Pepa y Pepe, que así se llamaban los gusanitos, crecían muy rápido. Después de comer, les gustaba esconderse entre las hojas para descansar, por eso, cuando Guille y Pablo venían a verlos, no los encontraban. Iban levantando una a una las hojas de morera, pero no los veían:

-No están aquí ni aquí ni tampoco aquí. ¿Se habrán escapado?

Por fin, debajo de la tercera o cuarta hoja que levantaban, aparecían los dos gusanos:

-¡Qué bromistas son!-decía Pablo.

Pepa y Pepe se pusieron tan gordos como los dedos de la mano de Guille. Un día al volver del colegio, como de costumbre, los niños miraron la caja, levantaron todas las hojas de morera y no los encontraron. En su lugar vieron dos ovillos pequeños de hilo: uno de color rosa y otro amarillo. Fueron corriendo asustados a buscar a su mamá:

-Mamá, esta vez sí que se han escapado de verdad. No hay nada en la caja; solo dos bolas pegadas al cartón, que parecen dos bobinas de las que tú tienes para coser.

-A ver- dijo la madre-. ¡Claro! Sí que están, pero se han metido dentro de sus capullos. Tienen que hacerse una casita de hilos de seda y, ahí dentro, se quedarán dormidos, hasta que se conviertan en mariposas. Cuando estén preparadas, saldrán del capullo. ¡Ya lo veréis! Pero, antes, vamos a despegarlos del cartón y los colocaremos encima de otro pañuelo limpio, para que cuando pongan los huevos se vean bien.

-¿Es que las mariposas ponen huevos? Yo me creía que los ponían los gusanos -comentó Pablo.

Guille y Pablo, todas las mañanas, se asomaban a su caja de zapatos para ver, si las dos bolitas de seda habían sufrido algún cambio. Un día, observaron que los capullos se estaban moviendo. Por un agujerito muy pequeño aparecieron unas patitas negras que, poco a poco, lo fueron haciendo más grande, hasta que con un gran esfuerzo, como si se estuvieran quitando un saco de dormir muy apretado, salieron Pepa y Pepe convertidos en dos mariposas blancas un poco peludas.

-Mamá, ya han salido las mariposas. ¡Qué feas son!-dijeron los niños.

-No son ni feas ni bonitas: son así, porque así tienen que ser, la naturaleza es muy sabia.

De vez en cuando, los niños se acercaban a la caja y las oían revolotear, parecía que estaban bailando. A los pocos días, una de ellas puso un montón de huevos y los chicos se alegraron mucho.

-El año que viene se repetirá la historia- les dijo su madre.

-Mamá, parece magia ¿verdad? -dijo Pablo sorprendido ante la transformación que habían sufrido los gusanos.

-Sí hijo, en la naturaleza todo es mágico y, a la vez, normal; ya lo entenderéis cuando seáis mayores.

Los niños se miraron sorprendidos ante la explicación de su madre; de verdad tendrían que esperar un poco más para comprenderlo mejor.



Ilustración: Otra vez vuelve a ser Guille el que me adorne el cuento y, de verdad, que el niño que ha dibujado es igualito a Pablo.

domingo, 3 de abril de 2011

Visita al colegio Jesús María



La autora de este precioso dibujo ha sido la niña Clara García Ayala 3ºB Infantil Esta simpática ranita bañandose en la charca es obra del niño Santiago Colomer Andreu 3º A Infantil








Este dibujo ha sido realizado por la niña Carmen Moreno Alcazar 3º C

Infantil





El jueves día 31 de marzo, saqué a pasear a La Ranita Rafaelita. Ella tenía muchas ganas de ver a los niños en el colegio, así es que la llevé a visitarlos al colegio de Jesús María. Los niños y niñas de Infantil de cinco años de ese Centro se portaron estupendamente. Las profesoras Montserrat Ortega, Pilar Hernández y Leonor Franco los colocaron a todos juntos, en una sala muy grande, sentados en corro para que oyesen mejor el cuento que les iba a leer. Me di cuenta de que estos niños saben mucho de abuelas, animales y colores. Hablamos de las abuelas; les pregunté qué cuantas cosas hacían con ellos y me contestaron que: -Las abuelas sirven para abrazar, para coser, para dar cariño, para rezar, para preparar la comida y para contar cuentos. Después hablamos de los animales ¡Madre mía! Casi no quedaron animales sin nombrar; por último repasamos los colores del Arco Iris y les leí el cuento. Después, en clase con sus tutoras, hicieron unos preciosos dibujos de los que he puesto una muestra. Espero que se divirtieran tanto como la ranita y yo. Volveré otro día con más cuentos.

viernes, 1 de abril de 2011

Guille y Pablo 1: Los amigos de Guille, infantil y 1er ciclo


Guille y sus amigos.

Guille tiene tres años y muchas mascotas: Nana, una perrita blanca,  Pongo, un hermoso dálmata y Paco, un pato blanco, con unas manchas negras en la cabeza y en las alas. 
 Además de todas sus mascotas, tiene una colección muy grande de  animales de juguete. 
Cuando está en casa de los abuelos, mientras llegan sus papás, su abuela y él eligen cada tarde un cuento distinto, siempre de animales, claro está, y repasan, juntos, todos los nombres de los mismos, desde los más corrientes a los más raros; Guille se los sabe todos. También leen un libro de adivinanzas de cuando su tía  Paloma era pequeña. Hay dos   que se sabe de memoria. Dicen así:
Alto altanero
Gran caballero,
Gorro de grana
Capa dorada
Espuela de acero
-¿Qué es? –le pregunta la abuela.
  Guille, con  ojos  pícaros y  simpática sonrisa, le responde:
-El gallo.
Después, leen otra:
Animal de buen olfato
Cazador dentro de casa
Rincón por rincón repasa
Y lame, si pilla, un plato.
-¿Qué es? Vuelve a preguntar la abuela:
-El gato, contesta muy ufano Guille.
  Ha llegado la primavera y el pato Paco, ha crecido mucho. A veces se pelea con Nana, porque ella es una perra de caza. Un día al volver del mercado, ven a Paco con el ala rota. Los padres de Guille le han curado con mucho cuidado, pero tienen que buscar una solución: algún día, Nana le puede hacer mucho daño. 
-Guille, hemos pensado que ya va siendo hora de llevar a Paco con sus amigos. No querrás que viva solo sin familia  -le dice su mamá.
Guille se queda pensativo: sabe que sus padres tienen razón.
-Vamos a llevarlo a un sitio en donde hay muchos patos y patas. Así, cuando sea mayor, podrá tener hijitos y compañía.
Al día siguiente lo llevan al estanque. Lo cogen con mucho cuidado y lo meten en una caja para que no se dañe durante el trayecto.
Cuando llegan al parque, lo sacan y lo ponen sobre el césped que rodea el estanque. Llega el momento de dejarlo con sus amigos
Paco, en cuanto ve el agua, sale corriendo con mucha gracia, moviendo la cola de derecha a izquierda y se zambulle en el agua enseguida.
-¡Adiós Paco! -dice Guille-. Papá, Paco no se ha despedido de mí.
-Sí que lo ha hecho, ¿no has visto cómo movía la cola para los lados diciendo adiós? Los patos  se despiden de esa manera.
  Guille está feliz, desde dónde está ve a su amigo deslizarse por el estanque  como si lo hubiera hecho durante toda la vida. Esta noche, Guille se ha acostado pensando en él. 
-Mamá, ¿Paco tendrá miedo  de noche?
-No, no lo creo, los patos viven en el agua. Seguro que duerme mejor que nunca. Dame un beso y sueña con los angelitos.
Guille se duerme, pero no sueña con los angelitos como le ha dicho su madre, sino con el gran estanque del parque y con Paco. En su sueño, lleva un flotador amarillo y Guille se baña con Paco y sus amigos. 




La ilustración es de mi nieto Guillermo.

El caracol pianista Infantil,1er.ciclo y 2º ciclo


Lucía se levantó temprano como todos los días para realizar sus ejercicios de piano.¡Ni ahora en vacaciones, podía verse libre de Bela Bartok! Tenía que practicar, antes de bajar a nadar a la piscina; le había prometido a sus padres que lo haría y, ella, siempre cumplía sus promesas. Cuando puso sus dedos sobre las teclas, notó algo húmedo y pegajoso.

-¡Qué asco! Tía ven, hay algo mojado encima del teclado.

El día anterior había olvidado bajar la tapa; sabía que debía cerrarlo siempre para evitar el polvo, pero estaba muy cansada y no lo hizo. María que estaba en la cocina, ante los gritos de la niña, dejó lo que estaba haciendo y fue corriendo hacia el salón.

-¡Qué exagerada eres! Baja la cabeza y mira de lado las teclas ¿Qué ves?

La niña colocó su cabeza apoyada sobre el piano y vio unas líneas brillantes que parecían hechas con rotulador.

-Son rastros de un caracol. Ha pasado por encima de las teclas; no creo que sea para chillar tanto. Si lo hubieses cerrado, no se hubiera manchado-le reprendió su tía .

Después de limpiarlo, Lucía empezó a calentar los dedos. Antes de interpretar la melodía tenía que hacer unas cuantas escalas. Una de las veces, levantó los ojos y, justo, entre las fotografías de su abuela y su hermano Marcos, que estaban colocadas encima del piano, se encontró con el pequeño animalito que había dejado el surco de baba. Se notaba que estaba a gusto, relajado, con los cuernos muy estirados, mirando y escuchando como si estuviese asistiendo a un concierto. La niña, asombrada, se dirigió a él:

-Parece que te gusta la música ¿Eh amiguito?

Entonces, Lucía quiso comprobar si de verdad la estaba escuchando o se había subido al piano por casualidad. Empezó a tocar un vals y, después, cambió el ritmo y pasó a una polka; los cuernecillos del caracol se movieron al mismo compás que ella marcó con su música. ¡Estaba siguiendo la melodía! De repente, el caracol empezó a bajar, deslizándose por la pared del instrumento hasta que llegó al teclado y, suavemente, se subió encima de uno de sus dedos. ¡Era tan pequeño!

-¡Es estupendo! Quieres tocar conmigo ¿Verdad? El caracol se pegó fuertemente a la mano de Lucía y, con ella, se movió tan rápido como nunca había podido soñar. Había tocado el piano con la niña que veía todos los días desde el jardín. La mamá caracol, desde la ventana, le miraba con cara de susto.

-Ves mamá -dijo Caracolín muy divertido-, como no ha pasado nada. He sido pianista durante un rato. Hoy he cumplido mi sueño.

-Este hijo mío un día se va a meter en un problema gordo.

Después, ante la cara pasmada de su madre, Caracolín disfrutó como nunca moviéndose al compás de un pasodoble que Lucía interpretó para él.



Ilustración: Como podéis ver, mi nieto Guille me ha hecho otro precioso dibujo para ilustrar este cuento. A veces, abuso un poco de él, pero como le gusta tanto dibujar, nunca protesta.Seguro que lo encontráis muy bonito.

sábado, 5 de marzo de 2011

El susto de Pinocho 2º y 3er ciclo


En el taller de Vicent el maestro fallero, se estaban dando los últimos toques a la falla infantil, que se expondría en un barrio muy popular de Valencia. El taller estaba situado en una gran nave, para poder levantar una grúa a una altura respetable en caso de que la Falla lo requiriese. El tema eran los cuentos infantiles, y los pequeños ninots que representaban a los personajes de los mismos eran muy variados: podías ver a Caperucita, que estaba a punto de ser devorada por el lobo, a Peter Pan luchando con el Capitán Garfio, a Cenicienta corriendo con un zapato de cristal, al príncipe, la madrastra y las hermanastras, a Mickey Mouse, a la Sirenita, al pececito Nemo, a la Ratita presumida y, a un sinfín de protagonistas más que habían hecho durante muchos años las delicias de los niños de medio mundo. El maestro fallero estaba terminando el ninot que representaba a Pinocho. Estaba muy orgulloso de lo bonito que le había quedado: -¡Parece que tiene vida! -decía para sus adentros, sin querer ofender a los otros ni de que estos adivinaran su simpatía por este último. Para él, todos eran como sus hijos. En ese momento se sintió como Geppeto, cuando al construir a Pinocho y mirarlo detenidamente, pidió que el muñeco de madera se convirtiera en un niño de verdad. -¡Cosas de cuentos! -pero podría pasar de verdad, dijo para sus adentros. Siguió trabajando, sin darle importancia a los pensamientos que a veces se le pasaban por la cabeza. De sobra sabía él, que toda su obra iba a ser devorada por el fuego y nada ni nadie podría arreglarlo. Por fin dio por concluido su trabajo. Ahora tenía que esperar a que la colocasen en la calle y que pasase un jurado para ver si le daban algún premio. Si lo conseguía, tenía asegurado el trabajo para las Fallas del próximo año. Cuando apagó las luces del taller, Vicent se fue a su casa a dormir y soñó que como en el cuento, el hada miró a Pinocho y lo vio tan perfecto, que lo convirtió en un niño de verdad. Tan real fue el sueño, que se despertó sudando y, levantándose, se vistió y, aunque todavía no había amanecido, fue a ver cómo estaban sus ninots. El silencio reinaba en la gran nave. Nadie había entrado, todo estaba como él lo había dejado. Había sido una pesadilla. Era natural, todos los años le pasaba lo mismo en estas fechas. La tensión de la Plantá y el reparto de premios le sacaban de sus casillas. Cerró la puerta y se marchó a su casa. -¡Mañana será otro día! -dijo. Al escuchar el portazo, el hada del cuento se bajó de la falla. Se había colocado en la parte de atrás de la misma como si se tratase de un ninot más, cuando oyó entrar a Vicent. - ¡Menos mal que no se ha dado cuenta, sino buena se habría armado! -pensó. Buscó a su alrededor y, al ver a Pinocho al lado de Pepito Grillo convertido otra vez en un muñeco de madera, se acordó de cuando Geppeto le pidió que lo transformase en un niño y, se le llenaron los ojos de lágrimas. No lo pudo remediar, fue más fuerte que ella; le tocó con la varita en la cabeza y…Pinocho empezó a respirar, a ver, a escuchar y a sentir dentro de su cuerpo de pasta de papel una ola de sensaciones que lo iban invadiendo de una forma arrolladora, siendo muy difícil para él poder controlarlas. Sin embargo, comprobó que no se podía levantar ni mover ni tan siquiera hablar. Cuando el Hada se dio cuenta de lo que le ocurría lo abrazó y le dijo: -Lo siento Pinocho, esta vez el prodigio está incompleto; ahora soy más vieja y ya no tengo tanto poder. Solo te he devuelto el alma pero ya no puedo hacer que te muevas ni que vayas por ahí como cualquier niño de tu edad. El poder de las hadas se va perdiendo con la edad, sin embargo no lo he podido resistir; he recordado cuando tu padre me pidió que realizase un milagro contigo y lo he intentado de nuevo. -De todas maneras, gracias por volverme a dar un poco de vida -pensó Pinocho. El hada le entendió y le sonrió. Le volvió a besar en la frente y desapareció. A Pinocho le daba igual que la magia de su hada buena hubiera disminuido; él quería ver y sentir todo aquello de las fallas. Le había cogido cariño a Vicent, el maestro y quería entender por qué se emocionaba tanto cuando las estaba construyendo. Llegó el día de la plantá y Vicent empezó a preparar todos los elementos de su falla para llevárselos a su ubicación definitiva. Por un lado puso los ninots en una furgoneta, bien colocados, para que no se rompiese ninguno y, por otro, en una camioneta, la plataforma en donde iban a estar situados definitivamente. Estuvieron callejeando durante un rato. Las calles de Valencia estaban animadísimas. Pinocho iba en la parte de arriba de la furgoneta y miraba con admiración todo lo que ocurría a su alrededor. Vio un edificio que le parecía el esqueleto de una gran ballena. Le recorrió un escalofrío por su pequeño cuerpo y, en ese momento, recordó un episodio que vivió con su padre en el interior del estómago de un animal parecido y que tenía olvidado. A continuación, vieron otro que parecía un casco gigante. ¡Qué edificaciones tan artísticas.!Cómo le gustaba esa ciudad! Llegaron al sitio indicado y, poco a poco, los depositaron en el suelo. Se formó una gran algarabía a su alrededor; los falleros se acercaron por allí y siguiendo las órdenes del maestro dejaron todo totalmente terminado. Vicent la miró orgulloso y dijo: -¡Este año hemos hecho una gran falla! ¡Seguro que nos llevamos un premio! -¡Madre mía, un premio, qué emocionante es todo esto! -Pensó Pinocho. Mientras, se fueron formando grupos de personas. Charlaban y charlaban y Pinocho disfrutaba viendo la animación y los comentarios que los ninots provocaban. Pinocho era feliz. -¡Qué bonita está Valencia! -pensaba nuestro amigo. Delante de él pasaban sin cesar distintos personajes, que Pinocho observaba como si la falla estuviese fuera y las personas fuesen los ninots en vez de lo contrario. La gente no tenía ganas de irse a dormir, pero se hizo de noche y poco a poco todo se tranquilizó. Se fueron marchando a sus casas y él pudo descansar. Al día siguiente, observó otra vez un gran alboroto: Era la Junta Central Fallera que venía a otorgar los premios. Efectivamente les gustó mucho la falla y Vicent obtuvo el 2º premio. ¡Todos estaban muy contentos! Durante unos días, Pinocho tuvo la sensación de estar ante un escaparate. Delante de él se realizaban montones de actividades para los niños: Todas las mañanas, la despertá; por las tardes hacían chocolatás con buñuelos de calabaza: -¡Tienen que estar buenísimos! -decía Pinocho, pues veía a la gente que se relamía de gusto cuando los comían. También hacían mascletás de globos, karaokes, concursos de disfraces, Filás de moros y cristianos y pasacalles. Todo eso lo hicieron delante de él, así es que Pinocho estuvo varios días distraidísimo. -¡Que divertidas son las Fallas!-no paraba de repetir. De vez en cuando oía hablar de la Cremá, pero él estaba tranquilo porque no sabía lo que eso significaba. -¡Llegó la noche señalada! -oyó decir al maestro Vicent. Había más animación que de costumbre alrededor suyo. -Ya es la hora ¿Cuánto tiempo le queda por venir al pirotécnico? preguntó un hombre muy serio. -No creo que le falte mucho. Vamos a ir colocando la pólvora y, así, adelantamos tiempo. Dicho esto, empezaron a preparar alrededor de los ninots unos paquetitos liados en papel y atados unos a otros por una mecha. La gente que los vio empezó a aplaudir y los niños que estaban por allí cerca decían: -¡Bravo, bravo, la traca, están poniendo la traca! Pinocho oía todo esto sin entender lo que era una traca, ni lo que iba a ocurrir a continuación. Desde su sitio miraba todo lo que le rodeaba con mucho interés. -¡Anda, ha venido el maestro fallero! ¡Hola Vicent! Pensó muy contento. Vicent hablada animadamente con algunas personas que estaban a su alrededor -¡Qué pena que todo esto se queme! –comentaban las falleras. -Es verdad, si por mí fuera no quemaría ningún ninot –dijo la fallera infantil. -¿Eh? Qué es lo que han dicho? Me ha parecido oír que toda la falla se va a quemar ¡Cómo es posible! ¡Voy a arder como si fuera un trozo de leña echado a una chimenea! ¡No puede ser, no quiero que me quemen! Maestro ¡tú no puedes consentir que tu obra se convierta en cenizas-pensaba dirigiéndose a Vicent-. Y estos ninots que están aquí a mi lado, tan tranquilos, como ni sienten ni padecen, pero yo... Vaya una faena que me ha hecho el hada buena. ¡Si al menos pudiera salir corriendo! pero no puedo mover las piernas, solo puedo sentir. ¡Es terrible! Pinocho empezó a sufrir como nunca lo había hecho. Había vivido numerosos peligros durante su vida anterior, pero ninguno le pareció tan grande como el que le acechaba en ese momento. Sin saber cómo, Pinocho empezó a llorar silenciosamente. Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas como si algunas gotas de lluvia le hubiesen caído desde el cielo. Amparito, la fallera mayor infantil, estaba observando a todos los ninots y al ver lo que estaba ocurriendo con Pinocho, dijo: -Papá ese ninot está tan bien hecho que parece que está llorando, pobrecillo ¡no quiero que lo quemen! -Ya sabes que a la fallera mayor infantil le dejan que elija algún ninot de recuerdo. Puedes indultar a Pinocho y quedártelo si es que te gusta tanto. Pinocho al oír eso se tranquilizó un poco, pero solo un poco. De sobra sabía que los niños cambian de parecer en un segundo. Seguía tan nervioso que no paraba de llorar. Los niños que estaban a su alrededor decían: -¡Mirad, mirad! ¡Pinocho parece que está llorando de verdad! Su amiga Amparito decía: -¡Papá, papá, está llorando! Solo ella y los demás niños, se habían dado cuenta del sufrimiento de Pinocho y deseaban con mucha fuerza que llegara de una vez la comisión fallera para que la dejasen indultar a un ninot. Por fin apareció un grupo de falleros y falleras acompañados de una banda de música organizando un gran alboroto y se colocaron alrededor de la falla. El presidente de la misma dijo a Amparito:-Ya sabes que te puedes quedar con algún ninot, así es que ¿Cuál te gusta? ¿Quieres a Caperucita, a Cenicienta…? Cualquiera de las dos, son preciosas. Pinocho empezó a sudar. ¡Tenía mucho miedo! ¿Y si no se decidía por él? Pinocho gritaba sin voz: -Elígeme a mí, elígeme a mí. Pero ella no le oía. La niña de quedó observando a todos los ninots y por fin dijo: -No, ¡quiero a Pinocho y a Pepito Grillo! A Pinocho le dio un vuelco el corazón. Se sintió elevado por los aires y una voz dijo: -Amparito, toma tu Pinocho. Todo el mundo aplaudió la decisión de la niña. Le depositaron en sus brazos y él se sintió como en el paraíso. Lo que vino a continuación no le interesó para nada a nuestro protagonista: ni los fuegos artificiales, ni las tracas, ni los bomberos, ni las bandas de música ni el fuego. El susto que se había llevado y el estado de nervios, que había sufrido, le habían agotado tanto, que pasado el peligro, le fue entrando un gran sopor. -¡Qué sueño tengo! Han debido ser las emociones tan fuertes que acabo de vivir. Una sensación de mareo le fue invadiendo hasta que entró en un profundo letargo y se quedó totalmente dormido. El hechizo del hada estaba desapareciendo y Pinocho volvía a ser un muñeco de verdad. Ilustrador:

A mi nieto Guille Martínez Ortiz de 9 años de edad le encanta dibujar, por eso enseguida que le pedí ayuda, se prestó a ilutrarme este cuento. Un beso muy fuerte. El dibujo está copiado de un cuento de Walt Disney