Julia tenía seis años, unos ojos azules preciosos y unas ganas tremendas de aprenderlo todo. En el colegio, siempre estaba muy atenta escuchando las explicaciones de la profesora; en su casa, cuando sus padres conversaban, les prestaba mucha atención para no perderse ni un detalle de su charla y, cuando salían las noticias por la tele, se sentaba en el sofá y estaba allí calladita hasta que su papá decía:
-Julia, es la hora de cenar; venga vamos a la cocina- y, como si la estuviesen separando de un programa divertidísimo de dibujos animados, se levantaba a regañadientes detrás de él porque todavía no había terminado el telediario.
Por todo lo que os he contado anteriormente es por lo que su profesora se extrañaba tanto de una cosa: Julia no tenía ningún interés en aprender a leer. Daba igual que Dña. Pepita le pusiera los dibujos más bonitos en la pizarra para que memorizase la L o la M, que las fichas fueran divertidas o que cantasen canciones con las letras; ella lo hacía todo pero con una desgana tan grande que la maestra se enfadaba y le decía:
-Julia, ¡cómo es posible que sepas el nombre de los continentes y las tablas de multiplicar y no quieras aprender como se lee la M con la A! No lo entiendo.
Julia la escuchaba y se callaba, ella tenía un secreto que no le había contado a nadie.
Su madre, todos los días, a la hora de acostarse entraba en su dormitorio y le leía un cuento. Ella tenía una voz preciosa, suave y acariciadora y la niña que se había acostumbrado a escucharla antes de dormirse, no se imaginaba una noche sin la cálida presencia de su madre recostada a su lado, con su cabeza apoyada sobre la almohada.
En una ocasión en que su mamá había vuelto muy cansada del trabajo, después de salir de su cuarto como todas las noches, Julia oyó que su padre susurraba en voz baja:
-¡Qué ganas tengo de que aprenda las letras! Así no tendrás que leerle más cuentos y podrá hacerlo ella sola.
-No me importa, sé que a ella le gusta-le contestó su madre mientras estaban en la cocina preparando la cena.
Julia les escuchó arrebujada debajo de su edredón y no le gustó ni una pizca lo que había oído; pensó que por nada del mundo querría dejar de oír la preciosa voz de su madre antes de dormirse, eso le ayudaba a no tener pesadillas, así que, allí mismo lo decidió, no aprendería nunca a leer y, su madre, no tendría más remedio que seguir leyéndole cuentos hasta que fuese muy mayor.
El trimestre estaba terminando y la niña seguía sin prestarle la menor atención al libro de lectura; llegó el invierno y, un día, el termómetro marcó 4 grados bajo cero. Esa noche, la mamá de Julia subió como de costumbre a su habitación con un cuento bajo el brazo decidida a leérselo, pero cuando quiso pronunciar la primera palabra del mismo, se dio cuenta de que no salía ni el más leve sonido de su garganta, intentó volver a empezar pero sus cuerdas vocales se negaban a emitir lo más mínimo; se había constipado y, por consiguiente había perdido la voz. Aquella noche, Julia se acostó sin su cuento y, cuando se durmió, una pesadilla terrible apareció en su sueño. Soñó que iba con sus padres al médico que cura las gargantas de los niños afónicos. Este señor los recibió en un despacho de paredes muy altas pintadas de negro, con muebles negros y vestido con una bata también de ese color. En la puerta de su despacho se podía ver este letrero “OTORRINOLARINGÓLOGO” claro que Julia no pudo entender lo que allí decía. Cuando se levantó del sillón negro en el que estaba sentado avanzó hacia ellas con cara de mal genio y, señalándola con el dedo, le decía:
-Julia, por tu culpa, a tu madre se le ha gastado la voz; eres una niña egoísta, en lugar de aprender pronto a leer, la has obligado a que fuerce tanto la garganta que ya no podrá hablar nunca más.
El médico se iba acercando más y más de forma amenazadora y la fue arrinconando contra la pared hasta que Julia empezó a llorar y a chillar:
-¡No quiero que mi mamá se quede sin voz, voy a aprender a leer para que ya no tenga que esforzarse más! y, así, seguía y seguía suspirando entre sollozos. En ese momento entró el padre de Julia:
-¡Despierta, despierta! Tienes una pesadilla, estás soñando.
Julia abrió los ojos y vio a su lado a su papá:
-¿Y mamá? ¿Está mejor?
-Sí, me ha dicho que te lleve a la cama con nosotros.
Aquella noche Julia durmió entre sus padres y ya no tuvo más pesadillas.
A la mañana siguiente, cuando llegó al colegio, Dña. Pepita observó que se había realizado un cambió en la niña; estaba atendiendo a la pizarra e intentaba leer con sus compañeras. Desde ese día, para ella, leer fue coser y cantar. Primero juntó la M, la L, y la S con las vocales y enseguida supo que se leían Ma, Me, Mi, Mo, Mu, La, Le, Li, Lo, Lu y Sa, SE, Si, So, Su. Luego vinieron sílabas más difíciles como Pra, Pre, Pri, Pro, Pru o Bla, Ble, BLi, Blo, Blu. Después Trans, Cons y otras por el estilo y, tras algún esfuerzo más, consiguió leer todas las páginas de su libro de lectura. Por fin había aprendido a leer y pudo descubrir que leer sola, sin necesitar a nadie, también era algo muy bonito.
Todos estaban muy contentos con ella, especialmente Dña. Pepita que al final había visto recompensados todos sus esfuerzos. De todas maneras, su madre siguió leyéndole todas las noches un cuento pero, cuando Julia la veía con mala cara o con ojeras, le preguntaba:
-Mamá ¿estás cansada esta noche?-, y si le notaba la voz un poco afónica le decía-Hoy no hace falta que me leas nada, te lo voy a leer yo a ti. Entonces la madre de Julia la miraba agradecida con una sonrisa y era ella la que se recostaba para escuchar a su hija. Así Julia comprendió que saber leer no era malo sino todo lo contrario, porque aunque su mamá seguía contándole cuentos por las noches, de vez en cuando, ella podía echarla una mano para que no se cansase demasiado.
| Julia,según mi nieto Guille. Este dibujo lo ha hecho co un programa que tiene en su ordenador. |
Los otros dibujos están sacados de internet. Uno de ellos coloreado por LuUci. Espero que os gusten
