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Blasito estaba mirando la calle a través de los cristales de su casa; fuera soplaba un viento muy fuerte y unos nubarrones grises cubrían el cielo. Parecía que iba a descargar un chaparrón en cualquier momento, además había bajado la temperatura bastantes grados. Seguro que ya estaban bajo cero; allí donde vivía, en el momento en que se ponía el sol, no se podía asomar la nariz fuera.
-No hace una tarde muy agradable para salir de paseo, pero si los Reyes Magos vienen desde muy lejos al pueblo para hacernos una visita y traernos regalos, no puedo quedarme en casa de brazos cruzados.
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Cada Navidad, Blas ponía el belén , pero era un belén muy sencillo, igual que su familia. Solo tenía el Nacimiento, dos pastores, uno de ellos cojo, tres ovejas y una lavandera. No tenía Reyes Magos; cuando su padre se lo regaló no había dinero para más figuras; los reyes y los pajes eran las más caras, así que le prometieron que cuando pudiesen se las comprarían, pero nunca llegó ese momento. Blasito ya estaba acostumbrado a su belén incompleto y, para él, era el más bonito de todos los del pueblo; le gustaba más que el del Ayuntamiento, que ya es decir. Lo adornaba con piñas naturales, musgo, piedras del río y castañas. Siempre lo ponía cerca de la lumbre para que al Niño Jesús le dieran calor las llamas, y los reflejos rojos y naranjas del fuego lo iluminaban tanto, que no le hacían falta colocarle ninguna bombilla, despedía luz como si las tuviera.

Blasito tenía una costumbre: el día de la Cabalgata cogía con mucho cuidado sus figuritas, se las metía en los bolsillos y se iba con ellas para que vieran pasar a los Reyes Magos.
-Ya que no los tienes en tu belén-le decía al Niño Jesús-,por lo menos los verás todos los años; al fin y al cabo vienen a saludarte a ti.
Por fin se decidió, se puso el gorro, la bufanda , los guantes y un abrigo tan corto que las mangas no le llegaban a las muñecas y se colocó en los bolsillos, con mucha delicadeza a San José, la Virgen y al Niño. En los pantalones se escondió a los pastores y a la lavandera y , así, salió de la casa . Inmediatamente el frío del atardecer le dio en la cara, miró al cielo y vio algunas estrellas en el cielo.
-Vaya, parece que nos vamos a librar de la lluvia -exclamó contento, mientras de dirigía a la Plaza del Ayuntamiento.
Allí, siempre se colocaba a horcajadas en la rama de un árbol muy grueso y ponía en fila a todas las figuritas para que viesen venir a sus Majestades. Esa tarde la gente se agolpaba debajo de los soportales, al menos allí estaban a cubierto, pensaban. Ya se aproximarían cuando oyesen anunciar que venían los camellos y los pajes. Blasito se encaramó al árbol de siempre, su amigo Tomás estaba esperándole. Desde arriba se notaba más el frío y el aire que en el suelo.
-¿Te has traído tu belén?
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| Realizado por Guille Martínez Ortiz 11 años. |
Tomás y Blas colocaron a la Virgen, a San José y al lado al Niño Jesús, enganchados en los nudos de la madera para sujetarlos bien. Los pastores estaban un poco más atrás. El pastorcito cojo apenas podía guardar el equilibrio, así que Tomás, con una navaja, hizo una hendidura en la rama en donde estaban encaramados y colocó la figurita. Se estaba haciendo de noche y el viento arreciaba, más aún encima del árbol. Por fin se oyeron sonar las trompetas. Desde arriba todo se veía estupendamente; primero aparecieron las motos de la policía que iban despejando las calles para que pasasen los pajes sin ninguna dificultad; estos conducían unas carrozas preciosas, adornadas con todo tipo de flores, dulces y caramelos. Dentro de los remolques se veían los paquetes con todos los regalos para los niños que se habían portado bien.
-Tomás, ¿Qué le has pedido a los Reyes?
-Yo le he pedido una bicicleta aunque mis padres dicen que si no me la traen, será porque este año los Reyes están más pobres, y ¿Tu?
-Yo quiero una video consola, pero ya veremos si tengo suerte.
Mientras hablaban vieron llegar en sus camellos a Melchor con su gran barba blanca y tres pajes, detrás iba Gaspar y por último Baltasar con un turbante precioso sujeto con un gran broche con una esmeralda en el centro. Blas se inclinó para verlos mejor pero, con la emoción del momento, no se dio cuenta de que se habían movido las figuras y los dos pastorcillos se cayeron en el momento en que pasaba Baltasar por debajo. Este, al verlas caer del árbol, alargó la mano cogiéndolas al vuelo. Blas se quedó sin respiración; no se podía imaginar que le fuera a pasar eso. El Rey y él estaban a la misma altura, entonces Baltasar acercó su camello para poder hablar mejor con el niño:
-Blas, debes tener más cuidado, todos los años el mismo trajín con tu belén; tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe, esto tenemos que arreglarlo.
Blas no sabía que quería decir eso del cántaro, además, nunca se hubiese imaginado que el rey Baltasar iba a hablarle ni que se hubiese dado cuenta de que siempre montaba el nacimiento en la rama para que el Niño los viese pasar. Luego le sonrió y siguió despacio a sus otros dos compañeros. Tomás estaba emocionado, le parecía que su amigo era el más afortunado del pueblo porque había podido hablar con uno de los Magos.
-¡Qué suerte! te ha llamado por tu nombre, te ha conocido.
-Oye, ¿te has dado cuenta de lo que me ha dicho? Con los nervios no lo he podido escuchar.
-Pues la verdad es que no lo he entendido bien. Ha dicho algo de un cántaro y una fuente.
-¿Qué habrá querido decir? Comentó a su amigo muy intrigado.
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-Menos mal que estáis a cubierto con la que está cayendo. Venga Tomás, te acompañamos a tu casa. Coge este paraguas.
Cuando iban por el camino, le contaron, muy excitados, todo lo que había sucedido aquella tarde. Por fin dejaron a su amigo en casa y se encaminaron hacia la suya. Abrieron la puerta y entraron en el pequeño recibidor. Después de sacarse las figuras de los bolsillos, colgaron los abrigos en una cabeza de ciervo disecada que servía de perchero y pasaron a la cocina , entonces las volvieron a colocar en el belén. El ambiente cálido que se respiraba allí les reconfortó. Fuera quedaba la noche oscura y fría. Su madre salió a recibirlos llena de alegría.
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-Mamá, ¿quién ha venido a verme?
-¿AH? Abre el regalo y te enterarás tú mismo.
El niño, muy nervioso, cogió con mucho cuidado la caja que estaba envuelta en un precioso papel de regalo. La abrió y vio que dentro había unas figuras liadas en papeles que las protegían de los golpes. Las desenvolvió despacio y fueron apareciendo los tres Reyes Magos con sus pajes. Eran las figuras más bonitas que había visto en su vida, ahora sí que tenía el belén completo; ¡Por fin podía dejar tranquilo al Niño Jesús en su cuna! Las colocó al lado del Portal y luego leyó la carta que acompañaba al paquete:
Querido Blas:
tu cariño hacia nosotros ha hecho que pensemos en recompensarte. No podíamos dejar ni un año más que sacases todas tus figuritas de casa, con el frío que hace en estos días; por eso te hemos traído unas réplicas nuestras para que las coloques adorando al Niño. Esperamos que te gusten.
¡Ah! Explícale a Tomás que el refrán “Tanto va el cántaro a la fuente, que al final se rompe” quiere decir que de tanto sacar a tus pastores, seguramente, algún día se te podrían romper; esta tarde ha estado a punto de suceder un desastre.
Tus amigos
Melchor, Gaspar y Baltasar.
Aquella noche, su madre le preparó su cena favorita: hamburguesas con patatas fritas y Blas con la alegría de todo lo ocurrido se las comió muy satisfecho.
-Mamá, es la cena más rica que me comido en mi vida.
Este cuento está dedicado a un párroco llamado José Andrés, que contaba que cuando era niño,todas las navidades, el día de la cabalgata sacaba en los bolsillos las figuritas del belén para que viesen a los reyes ; también a todos los pequeños y mayores que creen en la magia de la noche de Reyes.







