Último capítulo
La madre se quedó muy sorprendida ante la reacción de su hijo pero le encantó que el niño quisiera jugar con la pequeña. Pepe la cogió en brazos y se sentó con ella dentro de la acequia, ella no paraba de reírse, de chapotear y de gritar:-Al-maa, al-maa. Pepe se dio cuenta de lo que quería decir:
-Esto es a, gu, a, venga repite, a, gu, a.
Safía. repitió la palabra agua, en español, pero luego volvió a decirla en su idioma: Al, maa, Al-maa. Pepe, mirándola pronunció Al-maa varias veces y vio que la pequeña se ponía muy contenta; los dos se tumbaron en el cauce de la acequia dejando que el agua los refrescara. Rosario los miró y se le saltaron las lágrimas.
-Mira, José, a ver si va a tener que venir una chiquilla desde África, para que le cambie el carácter a Pepe.
José también estaba emocionado ante el comportamiento de los dos niños, pero a él le habían enseñado que los hombres tenían que ser duros y no debían mostrar sus emociones así que, para disimular, les avisó alzando la voz desde donde estaba:
-Vamos chicos, está haciendo frío. Tenemos que tener mucho cuidado con ella, no vaya a constiparse.
Pepe salió de la acequia y ayudó a la niña. Su madre ya estaba allí con dos toallas grandes para que se tapasen. Se dirigieron a la casa rápidamente para cambiarse de ropa y allí les esperaba otra sorpresa: Safía. no había visto nunca un cuarto de baño ni sabía para qué servían los sanitarios; todos estaban sorprendidos. La pequeña, asombrada con esa habitación tan rara y, ellos, con la cara que ponía.
-No, a- gu a -le insistió Pepe
-A gu a-, dijo Safía..
La niña miraba sus manos, como si no fueran parte de ella, jugar con el agua.

Pepe estaba aturdido, nunca se hubiera imaginado que en este mundo hubiese gente que no tenía ninguna de las comodidades de las que él disfrutaba. Se salió del baño, dejó a Safía. jugando con el agua y de acercó a la cocina.
Su madre estaba preparando la cena.
-¿Y Safía.?
-Se ha quedado jugando con el agua, está como loca -contestó Pepe.
-Ve por ella, hay que hacerla comprender que, aunque nosotros sí que tenemos agua, no debemos desperdiciarla.
Fue difícil separar a la niña del grifo pero el olor que salía de la cocina hizo que obedeciese a su hermano español.
Después de cenar, les esperaba otra nueva sorpresa; la niña ni quería dormir en la cama ni quería dormir sola, estaba acostumbrada a hacerlo en el suelo de la tienda, sobre una alfombra y junto a toda su familia.
-Mamá trae los sacos de dormir, los pondremos en el suelo de mi habitación, yo también dormiré como ella.
Rosario salió muy contenta.
-Mira por donde, en lugar de hacerle un favor a Safía invitándola estas vacaciones, ella se lo va a hacer a Pepe.
Con los sacos de dormir juntos, Safía. se durmió enseguida. Estaba cansadísima del viaje. Cuando Pepe pensó que ya no se podría despertar, salió de su habitación y se fue a la cocina.
-Mamá ¿sabes lo que estoy pensando? Pues, en la cara que va a poner mañana cuando vea el zumo de naranja para desayunar y, no te digo nada, cuando se asome a la balsa de riego. Estoy deseando que se haga de día para llevarla a que la vea. No me imaginaba las condiciones de vida de estos niños en los campos de refugiados del desierto. Ahora me doy cuenta de lo que tengo en esta casa.
-¿Comprendes ahora al abuelo? Él sabía que sin agua, nuestra huerta se hubiera secado y los naranjos y limoneros no hubieran dado tantos frutos ni podrías disfrutar de esos tomates tan sabrosos que tanto te gustan en la ensalada; por eso quiso profundizar el pozo. El prefirió esa mejora en la huerta a un piso en el pueblo.
-Sí mamá, parece mentira lo importante que es el agua y yo, hasta ahora, cuando os lo oía decir, pensaba en lo pesados que eran los mayores siempre con la misma manía:
-No hay que desperdiciar el agua, hay que cerrar el grifo mientras te lavas los dientes, y todas esas cosa que siempre estáis repitiendo. Sabes lo que te digo, que hoy me he dado cuenta de que tengo mucha suerte viviendo aquí. Buenas noches mamá.
-Buenas noches hijo, que descanses.
Rosario se acostó muy contenta; Safía. le había dado una gran lección a Pepe. Su hijo, en una tarde, había madurado más que en todo un año.
Safía. soñó que llovía mucho en el campamento y alrededor de su jaima crecían tantos naranjos que no podía salir de la tienda.

Pepe, esa noche no durmió, se quedó despierto escuchando el ruido que producían los 200 litros por segundo que salían por la tubería del pozo que casi arruina a su abuelo. José, como otras noches, tampoco lo hacía, estaba vigilando la balsa; acababa de levantar la compuerta para que el agua diera vida, esta vez, a la huerta del vecino.
-
Todas las imágenes que ayudan a que el texto esté más bonito las he tomado de internet. Si a sus autores no les parece oportuno que las use, las quitaré si ellos me lo indican.











