Mensaje de bienvenida

¡Y sin embargo algunas personas dicen que se aburren!¡ Démosles libros!¡Démosles fábulas que los estimulen!¡Démosles cuentos de hadas! Jostein Gaarder

miércoles, 2 de abril de 2014

El ogro Zampón : Educación infantil y primaria.

Para festejar el día del libro infantil y juvenil.

 
 
  El ogro Zampón
 

Hace mucho tiempo, en un país muy lejano,  vivía un ogro muy desagradable al que apodaban Zampón; era  famoso por su tremenda glotonería y porque se comía todo lo que  se ponía a su alcance, desde pequeños animales hasta grandes ciervos.Habitaba dentro de un gran  que un bosque atravesado por un río muy caudaloso. Cuando los salmones estaban en la época del desove, era recorrido contra corriente por miles de ellos que subían a poner sus huevos hasta el lugar en donde habían nacido. En esa época, el ogro se ponía ciego de salmón y, si era necesario, se peleaba con los osos que se acercaban a sus orillas  para alimentarse. Contaban que también habían caído en sus redes algunos niños que, desobedeciendo a sus padres, se habían internado en el bosque, claro que  él siempre lo negaba y decía que eran rumores. Aun así, todos los peques de los alrededores vivían en continua zozobra y los habitantes del pueblo sufrían mucho cuando Zampón les hacía alguna visita porque  el ganado desaparecía de sus corrales y, luego, estaban durante mucho tiempo pasando hambre por su culpa. Un día, hartos de ser su despensa, fueron a quejarse a Bellorita, el hada de los bosques. Bellorita estaba muy disgustada con el comportamiento del ogro porque ella amaba a los habitantes de sus bosques y a sus animales y le fastidiaba mucho que no los dejase vivir en paz, así que Bellorita se hartó de tantas quejas y fue a hablar con el ogro:
-Zampón, ya estoy cansada de tu gula. Todo el mundo protesta porque te comes todo lo que pillas lo mismo de noche que de día.  Eso no se puede ser, ¿por qué no te acostumbras a comer frutas silvestres,  bayas y miel?
-Con esos alimentos no tengo ni para el aperitivo; ya lo sabes Bellorita, no puedo obedecerte-, dijo el ogro, mientras se limpiaba los dientes con un junco del rio, que utilizaba a modo de palillo.
El hada le escuchó enfadada y se dio cuenta de que Zampón no iba a cambiar nunca.
-Mira  lo que te digo, sino me haces caso, cada vez que te comas un animal de mis territorios, la boca se te hará más pequeña y, luego, cuando te vea,  me daré cuenta de que no me has obedecido.
 -Si se cree que me voy a quedar sin comer por esta tontería, está lista.  Estoy seguro de  que se me pasará pronto el efecto de su castigo.
Zampón se marchó a buscar  alimento; cazó  otro conejo y una perdiz  pero, cuando se dispuso a comérselos, se dio cuenta de que no tenía dientes como los osos hormigueros y, además, su lengua le había crecido bastante por lo que se le hacía un lío en la boca. Tuvo que soltar a los dos animales al comprobar que le  sería imposible comérselos.
Ese día estuvo malhumorado viendo correr a su alrededor a los cervatillos sin que pudiese hacer nada para aliviar su apetito. Se le hacía la boca agua, pero sabía que no les iba a poder hincar el diente  porque ya no tenía y, además, aunque los hubiera tenido, el tamaño de su boca era tan pequeño que no se podía meter casi nada dentro. Poco a poco empezó a desfallecer cuando el hambre le atacó como una enfermedad. Cansado,  se  sentó  encima de  un hormiguero sin darse cuenta y,  al poco rato, las hormigas empezaron a subírsele por las perneras  de los pantalones que eran muy anchas  y  empezaron a picarle en las espinillas y las pantorrillas; tuvo que levantarse de un salto y   quitárselas a base de  manotazos. Se sacudía tan fuerte que  mató  a unas cuantas; entonces, notó  que despedían un olorcillo bastante extraño, pero agradable;  sacó la lengua y observó, con horror, que por lo menos medía 60 o 70 centímetros, pero, pronto se recuperó del susto y chupó el líquido que se le había quedado en la palma de la mano. ¡Caramba, aquello no sabía mal del todo!
-“Peor es morirse de hambre”- pensó y, así, en ese momento,  decidió usar su nueva y larga lengua para algo útil, comería hormigas.
La dieta del ogro cambió; a partir de entonces solo comía cosas pequeñas como le había sugerido una vez Bellorita: bayas, fresas silvestres, moras, miel y por supuesto hormigas. También cambió su  actitud, se volvió menos fiero y  ya no les daba miedo a los vecinos a pesar de que ahora era bastante más feo que antes. Sin embargo seguía teniendo tanta hambre que, a veces, les suplicaba  que le diesen un poco de papilla, cuando  los veía  hacer la comida de los  niños. Ahora  el ogro les  daba pena y  siempre le guardaban un poco para él.
Bellorita, extrañada de que ya no fuera nadie  a quejarse,  se acercó un día  a ver a Zampón. Ya no se acordaba del castigo que le había impuesto  y, cuando se encontró con  él, no pudo dejar de reírse durante un rato viendo la pinta tan extraña que tenía.
-¿Qué te ocurre, Zampón?, con esa boca no creo que seas capaz de comer ningún animal de mi bosque. Te aconsejé que comieses miel, bayas y frutas, pero no me hiciste caso. Ahora no pareces ni un ogro ni nada. Yo no sé qué voy a hacer contigo, todos los bosques necesitan ogros que atemoricen y espanten  a  bandidos, brujas y otros individuos indeseables. Con esa pinta nadie te tendrá miedo y yo necesito asustar a seres más terribles que tú. Tendré que traer a otro ogro que infunda más temor pero que no sea tan glotón.
Zampón la escuchaba  y no podía creer lo que Bellorita le estaba diciendo. ¡Tenía que marcharse de su bosque! ¿Dónde iría? Ya no era un ogro joven y con esa cara sería el hazme reír de todos. De repente pensó que todavía podía arreglarse su problema.
-Bellorita,  sé que no te hice caso cuando me aconsejaste que  dejase en paz a tus animales, pero ya tengo menos hambre, me he acostumbrado a comer poco; si te prometo que  voy a dejar en paz a tus ciervos y a los conejos y que voy a seguir con esta dieta casi vegetariana, ¿me dejarás que siga viviendo en tu bosque?
El ogro la miraba suplicante con esa cara tan rara que Bellorita no pudo por menos de sentir lástima de él.
-Vale, te pondré a prueba dos semanas; si pasado ese tiempo no recibo ninguna queja de ti, te dejaré que sigas siendo el ogro de este bosque.
Zampón le dio las gracias y le aseguró que no se arrepentiría de su decisión. Bellorita se marchó confiada en que se portaría bien y, a la mañana siguiente, le levantó el castigo. Cuando el ogro se despertó fue como todos los días a lavarse en el río y a beber y, cuando se inclinó sobre el agua, pudo ver con sorpresa que había recobrado su aspecto anterior. Volvía a tener su cara redonda, su boca grande parecida a las de los hipopótamos y para su desgracia, también su apetito voraz. El hambre que tenía anteriormente volvió a atormentarle. Él  había hecho una promesa al hada y no quería defraudarla ni que le echase del lugar en dónde había nacido, así que se fue a ver a un granjero amigo de él.
-Matías, por favor, tienes que ayudarme, no quiero romper la promesa que le he hecho a Bellorita; déjame  encerrado en tu casa para que no pueda ir a cazar. Si no cumplo mi promesa, el hada me echará del bosque.
-No te preocupes, te encerraré con llave en una habitación de la planta de arriba y yo te daré el alimento que crea que necesitas, pero solo el necesario,  porque a nosotros tampoco nos sobra la comida. Mientras que estés aquí encerrado, puedes ayudarnos a hacer  capazos de esparto  para  que luego  pueda venderlos en el mercado.
 Zampón estuvo de acuerdo; Matías, tres veces al día, le llevaba lo necesario para no morirse de hambre y, él, a cambio,  hacía unos   cestos preciosos que  gustaban  mucho a los habitantes del pueblo vecino. Sin embargo, como era tan  tragón, la comida que le llevaba Matías  le quedaba un poco  escasa y  a veces pensaba en  saltar desde el primer piso, ir a cazar y luego volver otra vez a la casa, pero, inmediatamente, recordaba su promesa y volvía a su trabajo para olvidar los malos pensamientos. Un día estaba tan desesperado que llamó a Matías y le pidió ayuda:
-Matías, por favor, sube un momento.
-¿Qué quieres? Estoy trabajando.
-Necesito que me ayudes, no creo que pueda aguantar  más sin comer.
Matías  lo vio tan desesperado que  pensó  que había que hacer algo  para ayudar a su amigo y decidió salir todos los días con él al bosque a pasear,

así veían lo bonito que estaba, cogían flores, bayas, nueces y moras y,  después,  recolectaban  miel  y la untaban en un trozo de pan con queso que se llevaban en un pequeño zurrón y que  les sabía a gloria bendita. Entonces, Matías le hacía ver que si no cumplía la promesa iba a perder todas esas cosas tan buenas que tenían delante y, después, volvían tranquilamente a su casa. Al cabo de una semana,  el ogro notó que tenía menos hambre, que estaba logrando reducir su apetito y que, además, había adelgazado. ¡Por fin había obtenido  una recompensa por su sacrificio!


Pasaron las dos semanas y Bellorita fue al pueblo a visitarle para comprobar si había cumplido con lo prometido. Cuando le vio, no podía creerse el cambio efectuado en él: su cara ya no era una luna llena y, además, podía  llevar  zapatos porque al  tener menos barriga  llegaba a atarse los cordones.
-Vale, Zampón, veo que eres digno de confianza, te  quedarás  a vivir en mi bosque. Ahora estás más ágil y si vienen bandidos los puedes perseguir porque  puedes correr tras ellos.
Zampón recibió con mucha alegría las palabras del hada pero se dirigió a ella y le dijo:
-Bellorita, te voy a pedir un favor, me gustaría que dejaseis de llamarme Zampón, me recuerda una época de mi vida  de la que no estoy satisfecho.
-Me parece bien pero qué nombre te podemos poner, ¿se os ocurre alguna idea?-preguntó Bellorita a las personas que estaban allí reunidas.
-Bellorita, Zampón ha cumplido con lo que te prometió por eso yo creo que podríamos llamarle “Cumplidor”- dijo un chico muy avispado que vivía en la casa roja del bosque.
Todo el mundo se quedó un poco extrañado, ¿Cumplidor?, nunca habían oído un nombre tan raro, pero tampoco habían conocido a nadie que se llamase Zampón, solo a su ogro. A Bellorita se pareció bien:
-Cumplidor, me gusta, tiene sonoridad y ahora le hace justicia.
Todos los vecinos aplaudieron al niño por la idea y a Cumplidor por haber tenido fuerza de voluntad  y vencer al hambre. Así, desde aquel día, Cumplidor vigiló el bosque y lo defendió de personas indeseables y todos se hicieron sus amigos porque, gracias a él, nunca volvieron a tener miedo de nada.


Todos los dibujos y fotografías que ilustran este cuento están sacadas de internet.

sábado, 22 de marzo de 2014

La prima de Maria Rosa

 


Otra primavera
 
Yo también tengo una prima
Que no llega la...primera
Pues se retrasa en las nubes
En los cielos, en las nieblas
Y nos pinta un arcoíris
Cuando menos te lo esperas.
 
Autora Maria Rosa Serdio González

sábado, 1 de marzo de 2014

Esto es agua. 2º y 3er. ciclo de educación primaria. Ültimo capítulo.


      Último capítulo
      La madre se quedó muy sorprendida ante la reacción de su hijo pero le encantó que el niño quisiera jugar con la pequeña. Pepe la cogió en brazos y se sentó con ella dentro de la acequia, ella no paraba de reírse, de chapotear y de gritar:
-Al-maa, al-maa. Pepe se dio cuenta de lo que quería decir:
-Esto es a, gu, a,  venga repite, a, gu, a.
Safía. repitió la palabra agua, en español, pero luego volvió a decirla en su idioma: Al, maa,  Al-maa. Pepe, mirándola pronunció Al-maa varias veces y vio que la pequeña se ponía muy contenta; los dos se tumbaron en el cauce de la acequia dejando que el agua los  refrescara. Rosario los miró y se le saltaron las lágrimas.
-Mira, José,  a ver si va a tener que venir una chiquilla desde África, para que le cambie el carácter a Pepe. 
José también estaba emocionado ante el comportamiento de los dos niños, pero a él le habían enseñado que los hombres tenían que ser duros y no debían mostrar sus emociones  así que, para disimular, les avisó alzando la voz desde donde estaba:  
-Vamos chicos, está haciendo frío. Tenemos que tener  mucho cuidado con ella, no vaya a constiparse.
Pepe salió de la acequia y ayudó a la niña. Su madre ya estaba allí con dos toallas grandes para que se tapasen. Se dirigieron a la casa rápidamente para cambiarse de ropa y allí les esperaba otra sorpresa: Safía. no había visto nunca un cuarto de baño ni sabía para qué servían los sanitarios; todos estaban sorprendidos. La pequeña, asombrada con esa habitación tan rara y, ellos, con la cara que ponía.  Después de cambiarla de ropa, Rosario abrió el grifo para terminar de asearla y Safía se quedó maravillada:  dos veces en el mismo día se había encontrado con el agua de una forma nueva para ella. Metió sus manos debajo y volvió a repetir: Al-maa.
-No, a- gu a -le insistió Pepe
-A gu a-, dijo Safía..
La niña miraba sus manos, como si no fueran parte de ella, jugar con el agua. 
Pepe estaba aturdido, nunca se hubiera imaginado que en este mundo hubiese  gente que no tenía ninguna de las comodidades  de las que él disfrutaba. Se salió del baño, dejó a Safía. jugando con el agua y de acercó a la cocina.
Su madre estaba preparando la cena.
-¿Y Safía.?
-Se ha quedado jugando con el agua, está como loca -contestó Pepe.
-Ve por ella, hay que hacerla comprender que, aunque nosotros sí que tenemos agua,   no  debemos desperdiciarla.
Fue difícil separar a la niña del grifo pero el olor que salía de la cocina hizo que  obedeciese a su hermano español.
      Después de cenar, les esperaba otra nueva sorpresa; la niña ni quería dormir en la cama ni quería dormir sola, estaba acostumbrada a hacerlo en el suelo de la tienda, sobre una alfombra y junto a toda su familia. 
-Mamá trae los sacos de dormir, los pondremos en el suelo de mi habitación, yo también dormiré como ella.
Rosario salió muy contenta.
-Mira por donde,  en lugar de  hacerle un favor a Safía  invitándola  estas vacaciones, ella se lo va a hacer a Pepe.
Con los sacos de dormir juntos, Safía. se durmió enseguida. Estaba cansadísima del viaje. Cuando Pepe pensó que ya no se podría despertar, salió de su habitación y se fue a la cocina.
-Mamá ¿sabes lo que estoy pensando? Pues, en la cara que va a poner mañana cuando vea el  zumo de naranja para desayunar y, no te digo nada, cuando se asome a la balsa de riego. Estoy deseando que se haga de día para llevarla a que la vea. No me imaginaba  las condiciones de vida de estos niños en los campos de refugiados del desierto. Ahora me doy cuenta de lo que tengo en esta casa.
-¿Comprendes ahora al abuelo?  Él sabía que sin  agua, nuestra huerta  se hubiera secado y  los naranjos y limoneros no hubieran dado tantos frutos ni podrías disfrutar de esos tomates tan sabrosos que tanto te gustan en la ensalada; por eso quiso profundizar el pozo.  El prefirió esa mejora en la huerta a un piso en el pueblo. 
-Sí mamá, parece mentira lo importante que es el agua y yo, hasta ahora, cuando os lo oía decir, pensaba en lo pesados que eran los mayores siempre con la misma manía:
-No hay que desperdiciar el agua, hay que cerrar el grifo mientras te lavas los dientes, y todas esas cosa que siempre estáis repitiendo. Sabes lo que te digo, que hoy me he dado cuenta de que tengo mucha suerte viviendo aquí. Buenas noches mamá.
-Buenas noches hijo, que descanses.
      Rosario se acostó muy contenta; Safía. le había  dado una gran lección a Pepe. Su hijo, en una tarde, había madurado más que en todo un  año.
      Safía. soñó que llovía mucho en el campamento y alrededor de su jaima crecían tantos naranjos que no podía salir de la tienda.TARONGERS3
        Pepe, esa noche no durmió, se quedó despierto escuchando  el ruido que producían  los 200 litros por segundo que salían por la tubería del pozo que casi arruina a su abuelo. José, como otras noches, tampoco lo hacía, estaba vigilando la balsa; acababa de levantar  la compuerta para que el agua diera vida, esta vez,  a la huerta del vecino.





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Todas las imágenes que ayudan a que el texto esté más bonito las he tomado de internet. Si a sus autores no les parece oportuno que las use, las quitaré si ellos me lo indican.

martes, 4 de febrero de 2014

Esto es agua. . Educación primaria 2º y 3er. ciclo. 2ª Capítulo

Campamentos de Tinduf
2º  capítulo
      Estaba terminando el curso y en el colegio convocaron a los padres a una reunión. Un  grupo de personas que trabajaban en una ONG querían conseguir familias para alojar durante los meses de julio y agosto a   niños y niñas saharauis que vivían en los campamentos.   de refugiados de Tinduf.  Por supuesto, los padres de Pepe se ofrecieron; sabían que ellos vivían en el lugar ideal  para pasar unas vacaciones estupendas. Pepe, al principio, estaba muy contento porque pensaba que ese verano iba a tener un amigo con quién jugar, pero cuando les dijeron que les había tocado una niña y, además de siete años, volvió a poner cara de acelga y no la quitó hasta que llegó el momento de ir a por ella.
-Mira Pepe, tienes que cambiar esa cara; para ella debe de ser muy duro dejar a su familia y venir a vivir  tan lejos, a un país desconocido, con gente a la que no entiende, y a  una casa que no ha visto  en su vida; de modo que o cambias de actitud o te pasas todo el verano sin coger la bicicleta -le advirtieron sus padres.
      Ese era el peor castigo que podían ponerle. ¡No podía vivir sin su bici!  Entonces, lo pensó detenidamente:
-En realidad solo son dos meses, se me pasarán pronto. 
Se metió en el coche  y los tres muy nerviosos fueron al lugar dónde les habían convocado. Las niñas y los niños, que acababan de llegar, estaban un poco asustados; con sus grandes ojos muy abiertos, esperaban escuchar su nombre para ver qué familia les había correspondido. Sin embargo los padres que los iban a acoger estaban más  inquietos aún que   los chiquillos. Todos querían que los pequeños se encontrasen a gusto en su casa.
      Por fin los llamaron:
-¿Familia Ortiz?,- preguntó una señora que llevaba de la mano una niñita que por su tamaño no aparentaba más de cuatro años:
-Esta es Safía.  Safía. aquí está tu familia española.
      Los padres recibieron todas las recomendaciones necesarias mientras Pepe y Safía. se repasaban con la mirada para quedarse con todos los detalles del otro.
        La niña sabía algunas palabras en español pero, aún así, era difícil entenderla. Rosario la cogió en brazos y le dio dos besos tan fuertes que resonaron en el salón.
-Verás qué bien te lo vas a pasar con Pepe ¿verdad Pepe?
      El chico no dijo  nada, solo las miró con cara de fastidio.
-Venga, vamos a comprarle chucherías a Safía: seguro que no está acostumbrada a ellas. 
Salieron a la calle y entraron en el primer supermercado que encontraron.  Allí pusieron a la niña delante de las golosinas.
-¿Qué  es lo que más te gusta? Elige lo que quieras -le invitó Rosario.
      Safía. estuvo dudando durante unos segundos y, enseguida, ante la sorpresa de todos, escogió una naranja que agarró con todas sus fuerzas como si fuera un objeto muy valioso.
-Mamá, esta niña es tonta, mira que elegir fruta con la cantidad de golosinas que hay aquí.
-Pepe, Safía. ha hecho una elección muy inteligente; estos niños no ven fruta fresca   casi nunca, creo que tú y yo, esta noche, vamos a tener una pequeña charla; debes conocer las condiciones de vida de estos chicos -dijo la madre reprendiéndole.
      Salieron de la tienda y Rosario le peló la naranja; Safía. la miraba y le daba bocaditos pequeños para que le durase mucho. Sus ojos cada vez más abiertos miraban con curiosidad todo lo que le rodeaba. Cogieron el coche y por fin llegaron a la huerta. Safía., acostumbrada a la tierra del desierto, casi nunca había visto árboles al natural  y, menos, llenos de fruta. Se soltó de la mano y se fue corriendo a  tocarlos. Se abrazó a uno de ellos y no quería soltarse.
-Shallara, shallara -repetía mientras tocaba la rugosa corteza del naranjo.
-Quedaos aquí con ella, voy  un momento regar -comentó José no queriendo  apartar a Safía. de su descubrimiento.
      José se dirigió hacia la compuerta  de la acequia para regar como todos los días, la levantó y, como siempre, el agua salió atropelladamente inundando  el cauce que rodeaba la huerta;  la niña escuchó un  murmullo que era casi nuevo para ella, nunca había visto correr el agua; en dónde vivía,  les llevaban el agua, una vez al mes, en camiones cisternas de las Naciones Unidas 
Cisterna de las naciones Unidas
 y la echaban en unas cubas que tenían al lado de  la jaima ; de las cubas la sacaban con garrafas de  plástico. Las  jaimas,  hechas con telas y cuerdas sujetadas al suelo, estaban en medio de la nada; tierra, y polvo por todas partes. Alguna vez, en su poblado había llovido, pero como todo estaba tan seco, el agua desaparecía rápidamente absorbida por la sed del desierto. Al principio se asustó, pero después de un rato se soltó del tronco del árbol y se fue corriendo  detrás del pequeño río de agua, riendo y gritando:  al-maa,  al-maa,  al-maa
-Ve con ella no vaya a hacerse daño -le mandó Rosario a su hijo.
http://acuarelasdejoseluisperez.blogspot.com.es/2012_01_01_archive.html

      Pepe estaba en su estado natural, es decir enfadado; echó a correr refunfuñando hasta que unas gotas le salpicaron. Safía le estaba echando agua con su pequeña mano; era completamente feliz y quería jugar con él. En ese momento a él, cosa rara, también le entraron ganas de jugar; la vio tan pequeña e indefensa  que, de repente, como si fuese de verdad su hermano, se sintió con la obligación de protegerla. Entonces  llamó a su madre:
-Mama, me voy a meter con ella en la acequia, el agua nos llega por debajo de las rodillas, no creo que  haya  peligro.








Mi agradecimiento a todas las personas que me dejan alegrar mis cuentos con sus ilustraciones y dibujos.

martes, 14 de enero de 2014

Esto es agua. Educación primaria 2º y 3er. ciclo. 1er. capítulo.


     
 A mi padre que invirtió parte de sus ahorros en una huerta para que pudiésemos disfrutar de la naturaleza, y a mis hijos que sí supieron
valorar lo que tenían.
Primer capítulo.

  Pepe nunca estaba satisfecho con las cosas que le rodeaban y vivía constantemente enfadado;  nada de lo que tenía le gustaba.  Residía  con  sus padres en una casa rodeada de huertas que habían heredado de su abuelo Pepe. 
Don José nunca la quiso vender;  quería que su nieto tuviese una infancia sana, en un lugar sin contaminación y lejos de los humos de la ciudad. 
-Si viviésemos en el pueblo, iría andando al colegio y no tendría que levantarme tan temprano -protestaba todos los días cuando entraba su madre a despertarle.
-Pero Pepe, ¿siempre con la misma cantinela? seguro que tus compañeros  tienen que levantarse a la misma hora que tú.
      Pepe no sabía valorar lo que tenía; no se daba cuenta  de que su madre, todos los días, le hacía un  zumo riquísimo con naranjas recién cogidas del árbol y  que el pan estaba tan rico porque lo cocía en un horno de leña ni  apreciaba la tortilla que se llevaba en el bocadillo hecha con huevos frescos  acabados de coger del gallinero; todas esas cosas no tenían valor para él. 
      Pepe  solo sabía protestar por todo: porque tenía que ir al colegio en un autobús que le recogía como a los niños  pequeños, porque no tenía cerca  ni el cine ni la hamburguesería, porque no podía ir al centro comercial más que los fines de semana y, con sus padres, en lugar de en pandilla como hacían sus amigos; en fin que era un autentico amargado. Hasta protestaba porque no tenía piscina, él, que se bañaba en verano en una balsa de riego grandísima que recogía continuamente el agua cristalina que salía de un pozo artesiano que había hecho su abuelo.
-200 litros por segundo, le oía decir a su padre orgulloso cuando se refería a la cantidad de agua que subía, ayudada por una bomba, del acuífero subterráneo que tenían debajo de su huerta. 
       Cuando era muy pequeño, todavía lo  recordaba, el pozo se secó y su abuelo se empeñó en profundizar  unos pocos metros más  para buscar agua; para ello tuvo  que  taladrar una roca que había debajo de donde se encontraba el pozo.
-Don José, allí en el fondo, seguro que hay agua -le dijo el pocero  y, su abuelo, aunque sabía que le iba a costar una fortuna, quiso seguir y romper la roca hasta encontrar la balsa subterránea de  agua. 
      Pepe siempre pensaba que ese dinero que gastó su abuelo en el pozo, lo tenía que haber empleado en comprar un piso en el pueblo.
      En verano, sus amigos iban a visitarle y se bañaban en la balsa de riego.
-¡Qué suerte tienes ! Tener una balsa para ti solo con este agua tan rica -le decía su amigo Ginés-. ¡Está tan fresca y limpia! 
Además, no tiene cloro como  la piscina del pueblo. Cuando me baño en ella, siempre, se me ponen los ojos malos -continuaba Chechu.
      ¿Vosotros creéis que él se conformaba? Pues no, siempre le sacaba el lado malo.
-Sí, pero aquí hay muchas ranas -añadía.
-¡Pepe! mira que eres protestón; aún con las ranas, el agua está limpísima, además, cuando nos oyen llegar se esconden. Ya me gustaría a mí tener una huerta como esta y vivir aquí, en lugar de hacerlo en un piso;  eso es más aburrido. No puedo montar en bicicleta ni tener perro -explicaba Ignacio. 
      En eso sí que les daba la razón, no podía vivir sin su bicicleta ni sin su perro Charlie. 
      Una de las cosas que más les gustaba a sus amigos era la hora del riego; ver cómo por medio de una  acequia, se podía regar la huerta que rodeaba la casa. La acequia era como un pequeño río que atravesaba el terreno. Aparentemente el cauce estaba seco hasta que su  padre  levantaba una pequeña compuerta desde la balsa de riego y, el agua que estaba esperando como si fuera la hora del recreo salía  rápida y bulliciosa e iba llenando el pequeño cauce, saltando  risueña, juguetona  y cantarina entre las piedras hasta que inundaba todos los bancales y bañaba las raíces de las hortalizas que estaban plantadas. Cuando sus amigos  veían a  su padre dirigirse hacia la compuerta le decían:
-Don José ¿le podemos ayudar? 
      Entonces, él, satisfecho, repartía una azada a cada uno y los colocaba en los sitios estratégicos para que esperasen la llegada del agua. Cuando la veían aparecer, daban un golpe en la tierra y abrían un surco para que el agua no pasase de largo sino que entrase en todos los bancales. Al principio, el agua corría rápida entre la tierra seca pero, poco a poco, el suelo sediento la iba empapando y, entonces, ya no corría sino que se quedaba quieta dejando toda la huerta fresca y limpita ya que el polvo desaparecía. Luego José  les preparaba algunas bolsas con productos de los que acababa de recoger:  naranjas, tomates, pimientos y, a veces, fresas.
-Esto por haberme ayudado -les decía guiñándoles un ojo
      Solo, cuando su hijo veía la cara de satisfacción de sus amigos se alegraba también, pensando que cuando estaban tan contentos, no debía de ser  malo vivir en un lugar como ese. 


   
      Solo, cuando su hijo veía la cara de satisfacción de sus amigos, se alegraba también, pensando que cuando estaban tan contentos, no debía de ser  malo vivir en un lugar como ese.

domingo, 22 de diciembre de 2013




Mis mejores deseos para que el Espíritu de la Navidad no sólo roce las almas, sino que cale en ellas.



Presentación de la colección de cuentos infantiles Ratón Blanco en el Museo Ramón Gaya de Murcia.



      En mi blog no tengo costumbre de hacer reseñas ni comentarios de cuentos escritos por otras personas  porque para eso hay otros blogs que se dedican ello, yo  aquí solo subo los cuentos escritos por mí. Esta vez voy a hacer una excepción porque el autor del libro, Blas Mira, que es muy amigo mío, se lo merece  y la ilustradora Virginia García dibuja maravillosamente como podréis comprobar.
Foto
Virginia y Blas
     Ayer tuve la suerte de asistir a la presentación de dos de los cuentos de la colección Ratón Blanco, de editorial DYLAR.  Blas Mira y  Virginia García hicieron las delicias de los niños y papás  que llenaron la sala del Museo Ramón Gaya. Ratón Blanco vive en la misma huerta de Virginia, vamos, que son vecinos y, claro, se conocen tan bien que  nos contaron sus aventuras de maravilla.les gustaron tanto a las personas que estaban allí que se agotaron los cuentos.
          
      Los cuentos son una preciosidad y los camellos de los Reyes Magos traen un montón para los niños de Murcia.Foto
      No puedo desvelaros más cosas de este Ratón  porque tendréis que comprobarlo vosotros mismos; sólo os diré que es muy educado y buen compañero. Estoy segura  de que os encantará.