Ningún niño sin saber cómo se hacen las pulseras con gomitas.
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martes, 22 de abril de 2014
Manualidades con gomitas.
Ningún niño sin saber cómo se hacen las pulseras con gomitas.
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martes, 15 de abril de 2014
Es mi mamá. Cuento infantil para niños a partir de cuatro años.
¡ Por fin nació!
Hoy estoy muy contenta porque, gracias a Gerbera Libros Infantiles, ya está aquí, bueno, allí, mi nuevo cuento “Es mi mamá”. Digo allí porque se ha editado en Argentina. Los dibujos tan simpáticos que estáis viendo han salido de la mano del gran ilustrador Maco Pacheco; sus dibujos son estupendos de verdad.
En este cuento se trata de forma divertida la decisión que tiene que tomar la pata Paca de adoptar a un nuevo miembro en la familia.
La editorial Gerbera Libros Infantiles ha usado una tipografía especial para niños disléxicos, aunque no afecta nada a la lectura de los normo lectores. Es adecuado a partir de cuatro años. Estoy segura que os encantará.
Como ya os he dicho, este cuento se ha editado en Argentina y no se vende en España, pero si alguno de vosotros lo queréis leer no tenéis más que pedirlo a esta dirección.
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miércoles, 2 de abril de 2014
El ogro Zampón : Educación infantil y primaria.
El ogro Zampón
Hace mucho tiempo, en un país muy lejano, vivía un ogro muy desagradable al que apodaban Zampón; era famoso por su tremenda glotonería y porque se comía todo lo que se ponía a su alcance, desde pequeños animales hasta grandes ciervos.Habitaba dentro de un gran que un bosque atravesado por un río muy caudaloso.
Cuando los salmones estaban en la época del desove, era recorrido contra corriente por miles de ellos que subían a poner sus huevos hasta el lugar en donde habían nacido. En esa época, el ogro se ponía ciego de salmón y, si era necesario, se peleaba con los osos que se acercaban a sus orillas para alimentarse. Contaban que también habían caído en sus redes algunos niños que, desobedeciendo a sus padres, se habían internado en el bosque, claro que él siempre lo negaba y decía que eran rumores. Aun así, todos los peques de los alrededores vivían en continua zozobra y los habitantes del pueblo sufrían mucho cuando Zampón les hacía alguna visita porque el ganado desaparecía de sus corrales y, luego, estaban durante mucho tiempo pasando hambre por su culpa. Un día, hartos de ser su despensa, fueron a quejarse a Bellorita, el hada de los bosques. Bellorita estaba muy disgustada con el comportamiento del ogro porque ella amaba a los habitantes de sus bosques y a sus animales y le fastidiaba mucho que no los dejase vivir en paz, así que Bellorita se hartó de tantas quejas y fue a hablar con el ogro:
-Zampón, ya estoy cansada de tu gula. Todo el mundo protesta porque te comes todo lo que pillas lo mismo de noche que de día. Eso no se puede ser, ¿por qué no te acostumbras a comer frutas silvestres, bayas y miel?
-Con esos alimentos no tengo ni para el aperitivo; ya lo sabes Bellorita, no puedo obedecerte-, dijo el ogro, mientras se limpiaba los dientes con un junco del rio, que utilizaba a modo de palillo.
El hada le escuchó enfadada y se dio cuenta de que Zampón no iba a cambiar nunca.
-Mira lo que te digo, sino me haces caso, cada vez que te comas un animal de mis territorios, la boca se te hará más pequeña y, luego, cuando te vea, me daré cuenta de que no me has obedecido.
-Si se cree que me voy a quedar sin comer por esta tontería, está lista. Estoy seguro de que se me pasará pronto el efecto de su castigo.
Zampón se marchó a buscar alimento; cazó otro conejo y una perdiz pero, cuando se dispuso a comérselos, se dio cuenta de que no tenía dientes como los osos hormigueros y, además, su lengua le había crecido bastante por lo que se le hacía un lío en la boca. Tuvo que soltar a los dos animales al comprobar que le sería imposible comérselos.
Ese día estuvo malhumorado viendo correr a su alrededor a los cervatillos sin que pudiese hacer nada para aliviar su apetito. Se le hacía la boca agua, pero sabía que no les iba a poder hincar el diente porque ya no tenía y, además, aunque los hubiera tenido, el tamaño de su boca era tan pequeño que no se podía meter casi nada dentro. Poco a poco empezó a desfallecer cuando el hambre le atacó como una enfermedad. Cansado, se sentó encima de un hormiguero sin darse cuenta y, al poco rato, las hormigas empezaron a subírsele por las perneras de los pantalones que eran muy anchas y empezaron a picarle en las espinillas y las pantorrillas; tuvo que levantarse de un salto y quitárselas a base de manotazos. Se sacudía tan fuerte que mató a unas cuantas; entonces, notó que despedían un olorcillo bastante extraño, pero agradable; sacó la lengua y observó, con horror, que por lo menos medía 60 o 70 centímetros, pero, pronto se recuperó del susto y chupó el líquido que se le había quedado en la palma de la mano. ¡Caramba, aquello no sabía mal del todo!
-“Peor es morirse de hambre”- pensó y, así, en ese momento, decidió usar su nueva y larga lengua para algo útil, comería hormigas.
La dieta del ogro cambió; a partir de entonces solo comía cosas pequeñas como le había sugerido una vez Bellorita: bayas, fresas silvestres, moras, miel y por supuesto hormigas. También cambió su actitud, se volvió menos fiero y ya no les daba miedo a los vecinos a pesar de que ahora era bastante más feo que antes. Sin embargo seguía teniendo tanta hambre que, a veces, les suplicaba que le diesen un poco de papilla, cuando los veía hacer la comida de los niños. Ahora el ogro les daba pena y siempre le guardaban un poco para él. 
Bellorita, extrañada de que ya no fuera nadie a quejarse, se acercó un día a ver a Zampón. Ya no se acordaba del castigo que le había impuesto y, cuando se encontró con él, no pudo dejar de reírse durante un rato viendo la pinta tan extraña que tenía.
-¿Qué te ocurre, Zampón?, con esa boca no creo que seas capaz de comer ningún animal de mi bosque. Te aconsejé que comieses miel,
bayas y frutas, pero no me hiciste caso. Ahora no pareces ni un ogro ni nada. Yo no sé qué voy a hacer contigo, todos los bosques necesitan ogros que atemoricen y espanten a bandidos, brujas y otros individuos indeseables. Con esa pinta nadie te tendrá miedo y yo necesito asustar a seres más terribles que tú. Tendré que traer a otro ogro que infunda más temor pero que no sea tan glotón.
Zampón la escuchaba y no podía creer lo que Bellorita le estaba diciendo. ¡Tenía que marcharse de su bosque! ¿Dónde iría? Ya no era un ogro joven y con esa cara sería el hazme reír de todos. De repente pensó que todavía podía arreglarse su problema.
-Bellorita, sé que no te hice caso cuando me aconsejaste que dejase en paz a tus animales, pero ya tengo menos hambre, me he acostumbrado a comer poco; si te prometo que voy a dejar en paz a tus ciervos y a los conejos y que voy a seguir con esta dieta casi vegetariana, ¿me dejarás que siga viviendo en tu bosque?
El ogro la miraba suplicante con esa cara tan rara que Bellorita no pudo por menos de sentir lástima de él.
-Vale, te pondré a prueba dos semanas; si pasado ese tiempo no recibo ninguna queja de ti, te dejaré que sigas siendo el ogro de este bosque.
Zampón le dio las gracias y le aseguró que no se arrepentiría de su decisión. Bellorita se marchó confiada en que se portaría bien y, a la mañana siguiente, le levantó el castigo. Cuando el ogro se despertó fue como todos los días a lavarse en el río y a beber y, cuando se inclinó sobre el agua, pudo ver con sorpresa que había recobrado su aspecto anterior. Volvía a tener su cara redonda, su boca grande parecida a las de los hipopótamos y para su desgracia, también su apetito voraz. El hambre que tenía anteriormente volvió a atormentarle. Él había hecho una promesa al hada y no quería defraudarla ni que le echase del lugar en dónde había nacido, así que se fue a ver a un granjero amigo de él.
-Matías, por favor, tienes que ayudarme, no quiero romper la promesa que le he hecho a Bellorita; déjame encerrado en tu casa para que no pueda ir a cazar. Si no cumplo mi promesa, el hada me echará del bosque.
-No te preocupes, te encerraré con llave en una habitación de la planta de arriba y yo te daré el alimento que crea que necesitas, pero solo el necesario, porque a nosotros tampoco nos sobra la comida. Mientras que estés aquí encerrado, puedes ayudarnos a hacer capazos de esparto para que luego pueda venderlos en el mercado. 
Zampón estuvo de acuerdo; Matías, tres veces al día, le llevaba lo necesario para no morirse de hambre y, él, a cambio, hacía unos cestos preciosos que gustaban mucho a los habitantes del pueblo vecino. Sin embargo, como era tan tragón, la comida que le llevaba Matías le quedaba un poco escasa y a veces pensaba en saltar desde el primer piso, ir a cazar y luego volver otra vez a la casa, pero, inmediatamente, recordaba su promesa y volvía a su trabajo para olvidar los malos pensamientos. Un día estaba tan desesperado que llamó a Matías y le pidió ayuda:
-Matías, por favor, sube un momento.
-¿Qué quieres? Estoy trabajando.
-Necesito que me ayudes, no creo que pueda aguantar más sin comer.
Matías lo vio tan desesperado que pensó que había que hacer algo para ayudar a su amigo y decidió salir todos los días con él al bosque a pasear, 
así veían lo bonito que estaba, cogían flores, bayas, nueces y moras y, después, recolectaban miel y la untaban en un trozo de pan con queso que se llevaban en un pequeño zurrón y que les sabía a gloria bendita. Entonces, Matías le hacía ver que si no cumplía la promesa iba a perder todas esas cosas tan buenas que tenían delante y, después, volvían tranquilamente a su casa. Al cabo de una semana, el ogro notó que tenía menos hambre, que estaba logrando reducir su apetito y que, además, había adelgazado. ¡Por fin había obtenido una recompensa por su sacrificio!
Pasaron las dos semanas y Bellorita fue al pueblo a visitarle para comprobar si había cumplido con lo prometido. Cuando le vio, no podía creerse el cambio efectuado en él: su cara ya no era una luna llena y, además, podía llevar zapatos porque al tener menos barriga llegaba a atarse los cordones.
-Vale, Zampón, veo que eres digno de confianza, te quedarás a vivir en mi bosque. Ahora estás más ágil y si vienen bandidos los puedes perseguir porque puedes correr tras ellos.
Zampón recibió con mucha alegría las palabras del hada pero se dirigió a ella y le dijo:
-Bellorita, te voy a pedir un favor, me gustaría que dejaseis de llamarme Zampón, me recuerda una época de mi vida de la que no estoy satisfecho.
-Me parece bien pero qué nombre te podemos poner, ¿se os ocurre alguna idea?-preguntó Bellorita a las personas que estaban allí reunidas.
-Bellorita, Zampón ha cumplido con lo que te prometió por eso yo creo que podríamos llamarle “Cumplidor”- dijo un chico muy avispado que vivía en la casa roja del bosque.
Todo el mundo se quedó un poco extrañado, ¿Cumplidor?, nunca habían oído un nombre tan raro, pero tampoco habían conocido a nadie que se llamase Zampón, solo a su ogro. A Bellorita se pareció bien:
-Cumplidor, me gusta, tiene sonoridad y ahora le hace justicia.
Todos los vecinos aplaudieron al niño por la idea y a Cumplidor por haber tenido fuerza de voluntad y vencer al hambre. Así, desde aquel día, Cumplidor vigiló el bosque y lo defendió de personas indeseables y todos se hicieron sus amigos porque, gracias a él, nunca volvieron a tener miedo de nada.
Todos los dibujos y fotografías que ilustran este cuento están sacadas de internet.
Todos los dibujos y fotografías que ilustran este cuento están sacadas de internet.
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sábado, 22 de marzo de 2014
La prima de Maria Rosa
Otra primavera
Yo también tengo una prima
Que no llega la...primera
Pues se retrasa en las nubes
En los cielos, en las nieblas
Y nos pinta un arcoíris
Cuando menos te lo esperas.
Que no llega la...primera
Pues se retrasa en las nubes
En los cielos, en las nieblas
Y nos pinta un arcoíris
Cuando menos te lo esperas.
Autora Maria Rosa Serdio González
sábado, 1 de marzo de 2014
Esto es agua. 2º y 3er. ciclo de educación primaria. Ültimo capítulo.
Último capítulo
La madre se quedó muy sorprendida ante la reacción de su hijo pero le encantó que el niño quisiera jugar con la pequeña. Pepe la cogió en brazos y se sentó con ella dentro de la acequia, ella no paraba de reírse, de chapotear y de gritar:-Al-maa, al-maa. Pepe se dio cuenta de lo que quería decir:
-Esto es a, gu, a, venga repite, a, gu, a.
Safía. repitió la palabra agua, en español, pero luego volvió a decirla en su idioma: Al, maa, Al-maa. Pepe, mirándola pronunció Al-maa varias veces y vio que la pequeña se ponía muy contenta; los dos se tumbaron en el cauce de la acequia dejando que el agua los refrescara. Rosario los miró y se le saltaron las lágrimas.
-Mira, José, a ver si va a tener que venir una chiquilla desde África, para que le cambie el carácter a Pepe.
José también estaba emocionado ante el comportamiento de los dos niños, pero a él le habían enseñado que los hombres tenían que ser duros y no debían mostrar sus emociones así que, para disimular, les avisó alzando la voz desde donde estaba:
-Vamos chicos, está haciendo frío. Tenemos que tener mucho cuidado con ella, no vaya a constiparse.
Pepe salió de la acequia y ayudó a la niña. Su madre ya estaba allí con dos toallas grandes para que se tapasen. Se dirigieron a la casa rápidamente para cambiarse de ropa y allí les esperaba otra sorpresa: Safía. no había visto nunca un cuarto de baño ni sabía para qué servían los sanitarios; todos estaban sorprendidos. La pequeña, asombrada con esa habitación tan rara y, ellos, con la cara que ponía.
-No, a- gu a -le insistió Pepe
-A gu a-, dijo Safía..
La niña miraba sus manos, como si no fueran parte de ella, jugar con el agua.

Pepe estaba aturdido, nunca se hubiera imaginado que en este mundo hubiese gente que no tenía ninguna de las comodidades de las que él disfrutaba. Se salió del baño, dejó a Safía. jugando con el agua y de acercó a la cocina.
Su madre estaba preparando la cena.
-¿Y Safía.?
-Se ha quedado jugando con el agua, está como loca -contestó Pepe.
-Ve por ella, hay que hacerla comprender que, aunque nosotros sí que tenemos agua, no debemos desperdiciarla.
Fue difícil separar a la niña del grifo pero el olor que salía de la cocina hizo que obedeciese a su hermano español.
Después de cenar, les esperaba otra nueva sorpresa; la niña ni quería dormir en la cama ni quería dormir sola, estaba acostumbrada a hacerlo en el suelo de la tienda, sobre una alfombra y junto a toda su familia.
-Mamá trae los sacos de dormir, los pondremos en el suelo de mi habitación, yo también dormiré como ella.
Rosario salió muy contenta.
-Mira por donde, en lugar de hacerle un favor a Safía invitándola estas vacaciones, ella se lo va a hacer a Pepe.
Con los sacos de dormir juntos, Safía. se durmió enseguida. Estaba cansadísima del viaje. Cuando Pepe pensó que ya no se podría despertar, salió de su habitación y se fue a la cocina.
-Mamá ¿sabes lo que estoy pensando? Pues, en la cara que va a poner mañana cuando vea el zumo de naranja para desayunar y, no te digo nada, cuando se asome a la balsa de riego. Estoy deseando que se haga de día para llevarla a que la vea. No me imaginaba las condiciones de vida de estos niños en los campos de refugiados del desierto. Ahora me doy cuenta de lo que tengo en esta casa.
-¿Comprendes ahora al abuelo? Él sabía que sin agua, nuestra huerta se hubiera secado y los naranjos y limoneros no hubieran dado tantos frutos ni podrías disfrutar de esos tomates tan sabrosos que tanto te gustan en la ensalada; por eso quiso profundizar el pozo. El prefirió esa mejora en la huerta a un piso en el pueblo.
-Sí mamá, parece mentira lo importante que es el agua y yo, hasta ahora, cuando os lo oía decir, pensaba en lo pesados que eran los mayores siempre con la misma manía:
-No hay que desperdiciar el agua, hay que cerrar el grifo mientras te lavas los dientes, y todas esas cosa que siempre estáis repitiendo. Sabes lo que te digo, que hoy me he dado cuenta de que tengo mucha suerte viviendo aquí. Buenas noches mamá.
-Buenas noches hijo, que descanses.
Rosario se acostó muy contenta; Safía. le había dado una gran lección a Pepe. Su hijo, en una tarde, había madurado más que en todo un año.
Safía. soñó que llovía mucho en el campamento y alrededor de su jaima crecían tantos naranjos que no podía salir de la tienda.

Pepe, esa noche no durmió, se quedó despierto escuchando el ruido que producían los 200 litros por segundo que salían por la tubería del pozo que casi arruina a su abuelo. José, como otras noches, tampoco lo hacía, estaba vigilando la balsa; acababa de levantar la compuerta para que el agua diera vida, esta vez, a la huerta del vecino.
-
Todas las imágenes que ayudan a que el texto esté más bonito las he tomado de internet. Si a sus autores no les parece oportuno que las use, las quitaré si ellos me lo indican.
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Autora Conchita Gª de las Bayonas,
Desayunos saludables.vacaciones en paz. Sahara,
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martes, 4 de febrero de 2014
Esto es agua. . Educación primaria 2º y 3er. ciclo. 2ª Capítulo
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| Campamentos de Tinduf |
2º capítulo
Estaba terminando el curso y en el colegio convocaron a los padres a una reunión. Un grupo de personas que trabajaban en una ONG querían conseguir familias para alojar durante los meses de julio y agosto a niños y niñas saharauis que vivían en los campamentos. de refugiados de Tinduf. Por supuesto, los padres de Pepe se ofrecieron; sabían que ellos vivían en el lugar ideal para pasar unas vacaciones estupendas. Pepe, al principio, estaba muy contento porque pensaba que ese verano iba a tener un amigo con quién jugar, pero cuando les dijeron que les había tocado una niña y, además de siete años, volvió a poner cara de acelga y no la quitó hasta que llegó el momento de ir a por ella.
-Mira Pepe, tienes que cambiar esa cara; para ella debe de ser muy duro dejar a su familia y venir a vivir tan lejos, a un país desconocido, con gente a la que no entiende, y a una casa que no ha visto en su vida; de modo que o cambias de actitud o te pasas todo el verano sin coger la bicicleta -le advirtieron sus padres.
Ese era el peor castigo que podían ponerle. ¡No podía vivir sin su bici! Entonces, lo pensó detenidamente:
-En realidad solo son dos meses, se me pasarán pronto.
Se metió en el coche y los tres muy nerviosos fueron al lugar dónde les habían convocado. Las niñas y los niños, que acababan de llegar, estaban un poco asustados; con sus grandes ojos muy abiertos, esperaban escuchar su nombre para ver qué familia les había correspondido. Sin embargo los padres que los iban a acoger estaban más inquietos aún que los chiquillos. Todos querían que los pequeños se encontrasen a gusto en su casa.
Por fin los llamaron:
-¿Familia Ortiz?,- preguntó una señora que llevaba de la mano una niñita que por su tamaño no aparentaba más de cuatro años:
-Esta es Safía. Safía. aquí está tu familia española.
Los padres recibieron todas las recomendaciones necesarias mientras Pepe y Safía. se repasaban con la mirada para quedarse con todos los detalles del otro.
La niña sabía algunas palabras en español pero, aún así, era difícil entenderla. Rosario la cogió en brazos y le dio dos besos tan fuertes que resonaron en el salón.
-Verás qué bien te lo vas a pasar con Pepe ¿verdad Pepe?
El chico no dijo nada, solo las miró con cara de fastidio.
-Venga, vamos a comprarle chucherías a Safía: seguro que no está acostumbrada a ellas.
Salieron a la calle y entraron en el primer supermercado que encontraron. Allí pusieron a la niña delante de las golosinas.
-¿Qué es lo que más te gusta? Elige lo que quieras -le invitó Rosario.
Safía. estuvo dudando durante unos segundos y, enseguida, ante la sorpresa de todos, escogió una naranja que agarró con todas sus fuerzas como si fuera un objeto muy valioso.
-Mamá, esta niña es tonta, mira que elegir fruta con la cantidad de golosinas que hay aquí.
-Pepe, Safía. ha hecho una elección muy inteligente; estos niños no ven fruta fresca casi nunca, creo que tú y yo, esta noche, vamos a tener una pequeña charla; debes conocer las condiciones de vida de estos chicos -dijo la madre reprendiéndole.
Salieron de la tienda y Rosario le peló la naranja; Safía. la miraba y le daba bocaditos pequeños para que le durase mucho. Sus ojos cada vez más abiertos miraban con curiosidad todo lo que le rodeaba. Cogieron el coche y por fin llegaron a la huerta. Safía., acostumbrada a la tierra del desierto, casi nunca había visto árboles al natural y, menos, llenos de fruta. Se soltó de la mano y se fue corriendo a tocarlos. Se abrazó a uno de ellos y no quería soltarse.
-Shallara, shallara -repetía mientras tocaba la rugosa corteza del naranjo.
-Quedaos aquí con ella, voy un momento regar -comentó José no queriendo apartar a Safía. de su descubrimiento.
José se dirigió hacia la compuerta de la acequia para regar como todos los días, la levantó y, como siempre, el agua salió atropelladamente inundando el cauce que rodeaba la huerta; la niña escuchó un murmullo que era casi nuevo para ella, nunca había visto correr el agua; en dónde vivía, les llevaban el agua, una vez al mes, en camiones cisternas de las Naciones Unidas
![]() |
| Cisterna de las naciones Unidas |
y la echaban en unas cubas que tenían al lado de la jaima ; de las cubas la sacaban con garrafas de plástico. Las jaimas, hechas con telas y cuerdas sujetadas al suelo, estaban en medio de la nada; tierra, y polvo por todas partes. Alguna vez, en su poblado había llovido, pero como todo estaba tan seco, el agua desaparecía rápidamente absorbida por la sed del desierto. Al principio se asustó, pero después de un rato se soltó del tronco del árbol y se fue corriendo detrás del pequeño río de agua, riendo y gritando: al-maa, al-maa, al-maa
-Ve con ella no vaya a hacerse daño -le mandó Rosario a su hijo.
| http://acuarelasdejoseluisperez.blogspot.com.es/2012_01_01_archive.html |
Pepe estaba en su estado natural, es decir enfadado; echó a correr refunfuñando hasta que unas gotas le salpicaron. Safía le estaba echando agua con su pequeña mano; era completamente feliz y quería jugar con él. En ese momento a él, cosa rara, también le entraron ganas de jugar; la vio tan pequeña e indefensa que, de repente, como si fuese de verdad su hermano, se sintió con la obligación de protegerla. Entonces llamó a su madre:
-Mama, me voy a meter con ella en la acequia, el agua nos llega por debajo de las rodillas, no creo que haya peligro.
Mi agradecimiento a todas las personas que me dejan alegrar mis cuentos con sus ilustraciones y dibujos.
martes, 14 de enero de 2014
Esto es agua. Educación primaria 2º y 3er. ciclo. 1er. capítulo.
A mi padre que invirtió parte de sus ahorros en una huerta para que pudiésemos disfrutar de la naturaleza, y a mis hijos que sí supieron
valorar lo que tenían.
Primer capítulo.
Pepe nunca estaba satisfecho con las cosas que le rodeaban y vivía constantemente enfadado; nada de lo que tenía le gustaba. Residía con sus padres en una casa rodeada de huertas que habían heredado de su abuelo Pepe.
Don José nunca la quiso vender; quería que su nieto tuviese una infancia sana, en un lugar sin contaminación y lejos de los humos de la ciudad.
-Si viviésemos en el pueblo, iría andando al colegio y no tendría que levantarme tan temprano -protestaba todos los días cuando entraba su madre a despertarle.
-Pero Pepe, ¿siempre con la misma cantinela? seguro que tus compañeros tienen que levantarse a la misma hora que tú.
Pepe no sabía valorar lo que tenía; no se daba cuenta de que su madre, todos los días, le hacía un zumo riquísimo con naranjas recién cogidas del árbol y que el pan estaba tan rico porque lo cocía en un horno de leña ni apreciaba la tortilla que se llevaba en el bocadillo hecha con huevos frescos acabados de coger del gallinero; todas esas cosas no tenían valor para él.
Pepe solo sabía protestar por todo: porque tenía que ir al colegio en un autobús que le recogía como a los niños pequeños, porque no tenía cerca ni el cine ni la hamburguesería, porque no podía ir al centro comercial más que los fines de semana y, con sus padres, en lugar de en pandilla como hacían sus amigos; en fin que era un autentico amargado. Hasta protestaba porque no tenía piscina, él, que se bañaba en verano en una balsa de riego grandísima que recogía continuamente el agua cristalina que salía de un pozo artesiano que había hecho su abuelo.

-200 litros por segundo, le oía decir a su padre orgulloso cuando se refería a la cantidad de agua que subía, ayudada por una bomba, del acuífero subterráneo que tenían debajo de su huerta.
Cuando era muy pequeño, todavía lo recordaba, el pozo se secó y su abuelo se empeñó en profundizar unos pocos metros más para buscar agua; para ello tuvo que taladrar una roca que había debajo de donde se encontraba el pozo.
-Don José, allí en el fondo, seguro que hay agua -le dijo el pocero y, su abuelo, aunque sabía que le iba a costar una fortuna, quiso seguir y romper la roca hasta encontrar la balsa subterránea de agua.
Pepe siempre pensaba que ese dinero que gastó su abuelo en el pozo, lo tenía que haber empleado en comprar un piso en el pueblo.
En verano, sus amigos iban a visitarle y se bañaban en la balsa de riego.
-¡Qué suerte tienes ! Tener una balsa para ti solo con este agua tan rica -le decía su amigo Ginés-. ¡Está tan fresca y limpia!
Además, no tiene cloro como la piscina del pueblo. Cuando me baño en ella, siempre, se me ponen los ojos malos -continuaba Chechu.
¿Vosotros creéis que él se conformaba? Pues no, siempre le sacaba el lado malo.
-Sí, pero aquí hay muchas ranas -añadía.
-¡Pepe! mira que eres protestón; aún con las ranas, el agua está limpísima, además, cuando nos oyen llegar se esconden. Ya me gustaría a mí tener una huerta como esta y vivir aquí, en lugar de hacerlo en un piso; eso es más aburrido. No puedo montar en bicicleta ni tener perro -explicaba Ignacio.
En eso sí que les daba la razón, no podía vivir sin su bicicleta ni sin su perro Charlie.
Una de las cosas que más les gustaba a sus amigos era la hora del riego; ver cómo por medio de una acequia, se podía regar la huerta que rodeaba la casa.
La acequia era como un pequeño río que atravesaba el terreno. Aparentemente el cauce estaba seco hasta que su padre levantaba una pequeña compuerta desde la balsa de riego y, el agua que estaba esperando como si fuera la hora del recreo salía rápida y bulliciosa e iba llenando el pequeño cauce, saltando risueña, juguetona y cantarina entre las piedras hasta que inundaba todos los bancales y bañaba las raíces de las hortalizas que estaban plantadas. Cuando sus amigos veían a su padre dirigirse hacia la compuerta le decían:-Don José ¿le podemos ayudar?
Entonces, él, satisfecho, repartía una azada a cada uno y los colocaba en los sitios estratégicos para que esperasen la llegada del agua. Cuando la veían aparecer, daban un golpe en la tierra y abrían un surco para que el agua no pasase de largo sino que entrase en todos los bancales. Al principio, el agua corría rápida entre la tierra seca pero, poco a poco, el suelo sediento la iba empapando y, entonces, ya no corría sino que se quedaba quieta dejando toda la huerta fresca y limpita ya que el polvo desaparecía. Luego José les preparaba algunas bolsas con productos de los que acababa de recoger: naranjas, tomates, pimientos y, a veces, fresas.
-Esto por haberme ayudado -les decía guiñándoles un ojo
Solo, cuando su hijo veía la cara de satisfacción de sus amigos se alegraba también, pensando que cuando estaban tan contentos, no debía de ser malo vivir en un lugar como ese.
Solo, cuando su hijo veía la cara de satisfacción de sus amigos, se alegraba también, pensando que cuando estaban tan contentos, no debía de ser malo vivir en un lugar como ese.
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