Mensaje de bienvenida

¡Y sin embargo algunas personas dicen que se aburren!¡ Démosles libros!¡Démosles fábulas que los estimulen!¡Démosles cuentos de hadas! Jostein Gaarder

martes, 4 de febrero de 2014

Esto es agua. . Educación primaria 2º y 3er. ciclo. 2ª Capítulo

            A mi querida Safía de la  que tanto aprendí y que tanto me hizo disfrutar como penar.



Campamentos de Tinduf
2º  capítulo
     

         Estaba terminando el curso y en el colegio convocaron a los padres a una reunión. Un   grupo de personas que trabajaban en una ONG querían conseguir familias para alojar durante los meses de julio y agosto a   niños y niñas saharauis que vivían en los campamentos.   de refugiados de Tinduf.  Por supuesto, los padres de Lucas se ofrecieron; sabían que ellos vivían en el lugar ideal  para pasar unas vacaciones estupendas. Lucas, al principio, estaba muy contento porque pensaba que ese verano iba a tener un amigo con quién jugar, pero cuando les dijeron que les había tocado una niña y, además de siete años, volvió a poner cara de acelga y no la quitó hasta que llegó el momento de ir a por ella.

         —Mira Lucas, tienes que cambiar esa cara. Para ella debe de ser muy duro dejar a su familia y venir a vivir  tan lejos, a un país desconocido, con gente a la que no entiende, y a  una casa que no ha visto  en su vida; de modo que o cambias de actitud o te pasas todo el verano sin coger la bicicleta —le advirtieron sus padres.

         Ese era el peor castigo que podían ponerle. ¡No podía vivir sin su bici!  Entonces, lo pensó detenidamente:

         —En realidad solo son dos meses, me pasarán pronto.

         Se metió en el coche y los tres muy nerviosos fueron al lugar donde les habían convocado. Las niñas y los niños, que acababan de llegar, estaban un poco asustados. Con sus grandes ojos muy abiertos, esperaban escuchar su nombre para ver qué familia les había correspondido. Sin embargo los padres que los iban a acoger estaban más   inquietos aún que   los chiquillos. Todos querían que los pequeños se encontrasen a gusto en su casa.

         Por fin los llamaron:

         —¿Familia Ortiz?, —preguntó una señora que llevaba de la mano una niñita que por su tamaño no aparentaba más de cuatro años:

         —Esta es Safía.  Safía. aquí está tu familia española.

         Los padres recibieron todas las recomendaciones necesarias mientras Lucas y Safía. se repasaban con la mirada para quedarse con todos los detalles del otro.

         La niña sabía algunas palabras en español, pero, aún así, era difícil entenderla. a madre de Lucas, la cogió en brazos y le dio dos besos tan fuertes que resonaron en el salón.

         —Verás qué bien te lo vas a pasar con Lucas ¿verdad Lucas?

         El chico no dijo  nada, solo las miró con cara de fastidio.

         —Venga, vamos a comprarle algunas golosinas a Safía: seguro que no está acostumbrada a ellas.

         Salieron a la calle y entraron en el primer supermercado que encontraron.  Allí pusieron a la niña delante de las galletas y los caramelos.

         —¿Qué  es lo que más te gusta? Elige lo que quieras —la invitó Rosario.

         Safía. estuvo dudando durante unos segundos y, enseguida, ante la sorpresa de todos, escogió una naranja que agarró con todas sus fuerzas como si fuera un objeto muy valioso.

         —Mamá, esta niña es tonta, mira que elegir fruta con la cantidad de golosinas que hay aquí.

         —Lucas, Safía ha hecho una elección muy inteligente; estos niños no ven fruta fresca   casi nunca, creo que tú y yo, esta noche, vamos a tener una pequeña charla. Debes conocer las condiciones de vida de estos chicos —dijo la madre reprendiéndole.

         Salieron de la tienda y Rosario le peló la naranja; Safía. la miraba y le daba bocaditos pequeños para que le durase mucho. Sus ojos cada vez más abiertos miraban con curiosidad todo lo que la rodeaba. Cogieron el coche y por fin llegaron a la huerta. Safía., acostumbrada a la tierra del desierto, casi nunca había visto árboles al natural  y, menos, llenos de fruta. Se soltó de la mano y se fue corriendo a   tocarlos. Se abrazó a uno de ellos y no quería soltarse.

         —Shallara, shallara —repetía mientras tocaba la rugosa corteza del naranjo.

         —Quedaos aquí con ella, voy  un momento regar —comentó José no queriendo  apartar a Safía. de su descubrimiento.

         José se dirigió hacia la compuerta  de la acequia para regar como todos los días, la levantó y, como siempre, el agua salió atropelladamente inundando  el cauce que rodeaba la huerta  La niña escuchó un  murmullo que era casi nuevo para ella, nunca había visto correr el agua; en dónde vivía,  les llevaban el agua, una vez al mes, en camiones cisternas de las Naciones Unidas  y la echaban en unas cubas que tenían al lado de  la jaima. De las cubas la sacaban con garrafas de  plástico.

Cisterna de las naciones Unidas

 Las  jaimas,  hechas con telas y cuerdas sujetadas al suelo, estaban en medio de la nada; tierra, y polvo por todas partes. Alguna vez, en su poblado había llovido, pero como todo estaba tan seco, el agua desaparecía rápidamente absorbida por la sed del desierto.

 Al principio se asustó, pero después de un rato se soltó del tronco del árbol y se fue corriendo   detrás del pequeño riachuelo de agua, riendo y gritando:  al-maa,  al-maa,  al-maa

         —Ve con ella no vaya a hacerse daño —le mandó Rosario a su hijo.

         Lucas estaba en su estado natural, es decir enfadado; echó a correr refunfuñando hasta que unas gotas le salpicaron. Safía le estaba echando agua con su pequeña mano; era completamente feliz y quería jugar con él. En ese momento a él, cosa rara, también le entraron ganas de jugar; la vio tan pequeña e indefensa  que, de repente, como si fuese de verdad su hermano, se sintió con la obligación de protegerla. Entonces llamó a su madre:

         —Mama, me voy a meter con ella en la acequia, el agua nos llega por debajo de las rodillas, no creo que  haya  peligro.

 

 










martes, 14 de enero de 2014

Esto es agua. Educación primaria 2º y 3er. ciclo. 1er. capítulo.


     

Esto  es  agua

A mi padre que invirtió parte de sus ahorros en una huerta para que pudiésemos disfrutar de la naturaleza, y a mis hijos que sí la supieron amar y valorar.

Primer capítulo.

          Lucas nunca estaba satisfecho con las cosas que le rodeaban y vivía constantemente enfadado. Nada de lo que tenía le gustaba.

  Residía   con   sus padres en una casa rodeada de huertas que habían heredado de su abuelo Pepe.

         Don José nunca la quiso vender;  quería que su nieto tuviese una infancia sana, en un lugar sin contaminación y lejos de los humos de la ciudad.

         —Si viviésemos en el pueblo, iría andando al colegio y no tendría que levantarme tan temprano —protestaba todos los días cuando entraba su madre a despertarle.

         —Pero Lucas, siempre con la misma cantinela. Seguro que tus compañeros   tienen que levantarse a la misma hora que tú.

          Lucas no sabía valorar lo que tenía; no se daba cuenta de que su madre, todos los días, le hacía un   zumo riquísimo con naranjas recién cogidas del árbol y   que el pan estaba tan rico porque lo cocía en un horno de leña, ni   apreciaba la tortilla que se llevaba en el bocadillo hecha con huevos frescos   acabados de coger del gallinero. Todas esas cosas no tenían valor para él.

         Lucas   solo sabía protestar por todo: ¿por qué tenía que ir al colegio en un autobús que le recogía como a los niños pequeños?, ¿por qué no tenía cerca  ni el cine ni la hamburguesería?, ¿ por qué no podía ir al centro comercial más que los fines de semana y con sus padres. En fin, que era un auténtico amargado. Hasta protestaba porque no tenía piscina, él, que se bañaba en verano en una balsa de riego grandísima que recogía continuamente el agua cristalina que salía de un pozo artesiano que había hecho su abuelo.

         —200 litros por segundo —le oía decir a su padre, orgulloso cuando se refería a la cantidad de agua que subía, ayudada por una bomba, del acuífero subterráneo que tenían debajo de su huerta.

       Cuando era muy pequeño, todavía lo   recordaba, el pozo se secó y su abuelo se empeñó en profundizar   unos pocos metros más   para buscar agua. Para ello tuvo   que  taladrar una roca que había debajo de donde se encontraba el pozo.

         —Don José, en el fondo, seguro que hay agua —le dijo el pocero, y su abuelo, aunque sabía que le iba a costar una fortuna, quiso seguir y romper la roca hasta encontrar la balsa subterránea de  agua.

         Lucas siempre pensaba que ese dinero que gastó su abuelo en el pozo, lo tenía que haber empleado en comprar un piso en el pueblo.

         En verano, sus amigos iban a visitarlo y se bañaban en la balsa de riego.

         —¡Qué suerte tienes! Tener una balsa para ti solo con este agua  tan rica —le decía su amigo Ginés—. ¡Está tan fresca y limpia!

         —Además, no tiene cloro como la piscina del pueblo. Cuando me baño en ella, siempre se me ponen los ojos malos ——continuaba Chechu.

         ¿Vosotros creéis que él se conformaba? Pues no, siempre le sacaba el lado malo a todo.

         —Sí, pero aquí hay muchas ranas —añadía.

         —¡Lucas. mira que eres protestón; aún con las ranas, el agua está limpísima, además, cuando nos oyen llegar se esconden. Y ame gustaría a mí tener una huerta como esta y vivir aquí, en lugar de hacerlo en un piso;  eso es más aburrido. No puedo montar en bicicleta ni tener perro —explicaba Ignacio.

         En eso sí que les daba la razón, no podía vivir sin su bicicleta ni sin su perro Charlie.

          Una de las cosas que más les gustaba a sus amigos era la hora del riego; ver como por medio de una  acequia, se podía regar la huerta que rodeaba la casa. La acequia era como un pequeño arroyo que atravesaba el terreno. Aparentemente, el cauce estaba seco hasta que su  padre  levantaba una pequeña compuerta desde la balsa de riego, y el agua que estaba esperando como si fuera la hora del recreo, salía  rápida y bulliciosa e iba llenando el pequeño cauce. Saltaba  risueña, juguetona  y cantarina entre las piedras hasta que inundaba todos los bancales y bañaba las raíces de las hortalizas que estaban plantadas. Cuando sus amigos   veían a   su padre dirigirse hacia la compuerta le decían:

         —Don José ¿le podemos ayudar?

         Entonces, él, satisfecho, repartía una azada a cada uno y los colocaba en los sitios estratégicos para que esperasen la llegada del agua. Cuando la veían aparecer daban un golpe en la tierra y abrían un surco para que el agua no pasase de largo sino que entrase en todos los bancales. Al principio, el agua corría rápida entre la tierra seca, pero, poco a poco, el suelo sediento se iba empapando y, entonces, ya no corría sino que se quedaba quieta dejando toda la huerta fresca y limpita ya que el polvo desaparecía. Luego José  les preparaba algunas bolsas con productos de los que acababa de recoger:  naranjas, tomates, pimientos y, a veces, fresas.

         —Esto por haberme ayudado —les decía guiñándoles un ojo

         Solo, cuando su hijo veía la cara de satisfacción de sus amigos se alegraba también pensando que cuando se iban tan contentos no debía de ser tan  malo vivir en un lugar como ese. 
 

domingo, 22 de diciembre de 2013




Mis mejores deseos para que el Espíritu de la Navidad no sólo roce las almas, sino que cale en ellas.



Presentación de la colección de cuentos infantiles Ratón Blanco en el Museo Ramón Gaya de Murcia.



      En mi blog no tengo costumbre de hacer reseñas ni comentarios de cuentos escritos por otras personas  porque para eso hay otros blogs que se dedican ello, yo  aquí solo subo los cuentos escritos por mí. Esta vez voy a hacer una excepción porque el autor del libro, Blas Mira, que es muy amigo mío, se lo merece  y la ilustradora Virginia García dibuja maravillosamente como podréis comprobar.
Foto
Virginia y Blas
     Ayer tuve la suerte de asistir a la presentación de dos de los cuentos de la colección Ratón Blanco, de editorial DYLAR.  Blas Mira y  Virginia García hicieron las delicias de los niños y papás  que llenaron la sala del Museo Ramón Gaya. Ratón Blanco vive en la misma huerta de Virginia, vamos, que son vecinos y, claro, se conocen tan bien que  nos contaron sus aventuras de maravilla.les gustaron tanto a las personas que estaban allí que se agotaron los cuentos.
          
      Los cuentos son una preciosidad y los camellos de los Reyes Magos traen un montón para los niños de Murcia.Foto
      No puedo desvelaros más cosas de este Ratón  porque tendréis que comprobarlo vosotros mismos; sólo os diré que es muy educado y buen compañero. Estoy segura  de que os encantará.



jueves, 12 de diciembre de 2013

NO COMPRES UNA MASCOTA. ADÓPTALA

 

                                    

       Se acercan unas fechas muy esperadas para mayores y pequeños, en las que  Papá Noel y Los Reyes Magos  nos traen todos los caprichos con los que hemos estado soñando durante todo el año.
      Tanto los padres como los niños se vuelven locos pidiendo cosas en sus cartas. En estos días, muchos sueñan con tener una mascota: puede ser de pelo, como los perros y gatos, de plumas como los loros o Agapornis, también pueden tener caparazón como las tortugas o tener escamas como los pececillos
      Tener una mascota nos crea una serie de obligaciones que debemos cumplir, pero no un día o dos hasta que nos aburramos no, el cuidado de un ser vivo será para toda la vida.
      Por eso os pido que leáis atentamente lo que pone en el dibujo que encabeza este escrito y que he tomado prestado, y cuando lo tengáis decidido, adoptar un animalito de los que tanta gente abandona sin ningún miramiento ni corazón.

      Los animales no son juguetes que se cambian de un año para otro, son seres vivos que, como nosotros, necesitan alimento, cariño y cuidado.
      Por favor adopta, ya verás cómo te sientes recompensado.


                               La abuela atómica

miércoles, 30 de octubre de 2013

Mamá,hay un brujo en nuestra habitación. Educación primaria

Dibujo realizado por Guillermo Martínez Ortiz, mi nieto.


      Bea  acababa de llegar de un excitante  viaje desde el centro de África. Ella era la  mejor amiga de la  madre de Guille y Pablo, y estos sabían con seguridad que les traería un regalo.

      Por fin una  tarde fue a verlos con un paquete bastante grande. Tenían muchas ganas de ver de qué se trataba y se fueron a su habitación a abrirlo mientras su madre y Bea se quedaron hablando de las aventuras que esta última había vivido en ese continente tan extraño para ellos.

      De repente, los niños volvieron gritando muy alborotados, con los ojos desorbitados y con una figura dentro de la caja, que le devolvieron a Bea.

—Mamá, no nos gusta para nuestra habitación —expuso Guille muy agitado—. Seguro que si la colocamos en la estantería vamos a tener unos sueños terroríficos.

—¡Qué miedica eres!! —replicó la madre—. A ver, déjame que la vea.

      Mayca se acercó a la caja y dio un respingo cuando vio  la figura que había dentro. Nunca había visto nada tan feo.

—¡Qué exagerados sois! En Bulubanda esta figura trae buena suerte al que la tiene,  y protege de los malos espíritus.

—Pues yo creo que es la figura de un espíritu maligno —añadió Pablo casi temblando.

—Mirad, vosotros hacedme caso. Colocadla en la estantería blanca y si empezáis a tener pesadillas me la llevo y se la regalo a mis sobrinos.

      Eso de que un regalo que era para ellos, fuese a parar a manos de otros niños no les gustó nada ni a Guille ni a Pablo:

—Vale, vamos a probar,  pero esta noche solo. Mañana te llamamos y te decimos cómo nos ha ido.

      Esa noche, la mamá colocó al brujo en la última leja, un poco metido hacia dentro para que no la viesen desde la cama, pero aun así sabían que estaba allí.

      El brujo estaba tallado en piedra oscura, tenía los ojos cuadrados y grandes como si llevase unas gafas de bucear puestas ,  una nariz muy ancha con un aro  muy pesado enganchado en ella, que hacía juego con los que le colgaban de las orejas. La boca le llegaba hasta las orejas y sus  largos dientes de arriba encajaban c tan bien con los de abajo, que cuando cerraba la boca parecía un perro de presa. El pelo, de punta, estaba hecho con fibras de palmeras o de árboles africanos. En el cuello llevaba un collar de huesos, que Pablo aseguraba que eran de niños pequeños que el brujo había matado y luego se había comido. Estaba sentado y tenía en una mano un hacha y en la otra una lanza con plumas de colores.

—Guille, ¿y si ese collar está hecho con huesos de niños?— preguntó Pablo.

—Oye, si empezamos así, esta noche no vamos a pegar ojo; vamos a dormir —exclamó Guille enfadado con su hermano pequeño.

        A pesar del miedo, como habían jugado al futbol estaban muy cansados; al poco rato los dos pequeños se quedaron dormidos.

      Al día siguiente, se levantaron como si nada; habían dormido bien y se les olvidó que en su habitación, en la última leja, había un brujo.

      Pasaron los días y llegó la noche de Halloween. En casa de Guille y Pablo hicieron una fiesta, todos sus amigos fueron disfrazados. Unos de esqueletos otros de brujas, de momias, etc… Su madre les había preparado un disfraz de fantasma y había llenado el jardín de calabazas con velas dentro. Estuvieron jugando con sus amigos hasta que se hizo muy tarde y cada uno volvió a su casa. Subieron a su habitación y se durmieron enseguida.

      Un ruido y un viento helado despertó a Guille: se había abierto la ventana. Tenía frío, así que intentó, a tientas, buscar las zapatillas para levantarse a cerrarla. De repente se quedó helado, pero no por culpa del frío sino al ver, al lado de la ventana, que el brujo de su estantería se había convertido en un hombre de verdad. Él  había abierto la ventana, y por ella estaban entrando los brujos y hechiceros más terribles que os podéis imaginar, todos con las caras pintadas, con  uñas larguísimas, y llenos de argollas, tanto en las manos como en los tobillos. Algunos llevaban pieles de animales como vestido, y todos tenían lanzas, hachas y otras armas por el estilo. Guille empezó a temblar aunque cerró los ojos para que no se diesen cuenta de que los había visto

—¡Qué no se despierte Pablo!, ¡que no se despierte Pablo! —repetía en silencio. Sabía que si lo hacía, no podría aguantar el miedo y empezaría a chillar como un loco.

       En medio de la habitación había una marmita muy grande, y un hechicero, que parecía el jefe de todo el grupo, moviendo un líquido asqueroso que olía a podrido. Se pusieron a danzar alrededor de la olla un baile horrible a la vez que cantaban. ¿Y sus padres?, es que no oían el escándalo que había en su dormitorio.

      En ese momento, Pablo se despertó, y al ver a los brujos en su habitación, pasó lo que Guille había temido, gritó tan fuerte que   los hechiceros se pararon y dejaron el baile. Parecía que se habían enfadado bastante. Fueron con los cuchillos levantados hacia donde estaban las camas de los niños. Los dos estaban tan aterrorizados que empezaron a llorar, a chillar y a llamar a sus padres, pero ellos no se enteraban de nada aunque estaban  en la habitación de al lado. De repente, el reloj del salón empezó a dar las campanadas, los brujos se quedaron quietos al escucharlas y, como si estuviesen hechos de humo  y polvo, salieron por la ventana que se abrió sin saber cómo. El hechicero volvió a su lugar anterior, y todo quedó en calma. Halloween había terminado.

—¡Guille!, ¡nos hemos librado por poco! —dijo Pablo secándose la cara con las manos, temblando todavía. ¿Crees que nos hubieran matado?

—Hombre, en la olla iban a cocer a alguien ¡Qué cosa tan terrible podía haber pasado!

—¿Tú crees que si  se lo contamos a alguien nos van a creer?

—Pablo, mejor, no se lo digas a nadie. Pensarán que estamos locos. De todas formas, esto no va a volver a pasar —le dijo Guille tranquilizándole. Cogió la figura del brujo, la tiró contra el suelo haciéndola mil pedazos, y después la envolvió en un papel. Al día siguiente, al ir al colegio, la tiró a un contenedor.

       En clase, los dos hermanos estuvieron muy nerviosos hasta que  poco a poco se fueron tranquilizando. Cuando volvieron a casa le dieron un beso a su madre y fueron directamente a su habitación, no querían pensar que estuviese allí la marmita o alguno de los hechiceros que habían visto  la noche anterior.

—¡Menos mal!, no hay nadie —dijo Guille y dejó la mochila tranquilamente encima de la cama.

- ¡Mira Guille! —exclamó Pablo señalando la estantería. Allí estaba la figura del brujo otra vez.       Al verla, salieron corriendo hasta el cuarto de estar.

-Mamá, mamá, hay un brujo en nuestro dormitorio —gritaron con desesperación.

—Pero, claro, si es el que os trajo Bea de su viaje por África.

      Los dos niños,  mirándose en silencio, se sentaron sin fuerzas en el sofá.

 

 

 



Autor:Guille Martínez Ortiz









Autor:Pablo Martínez Ortiz



jueves, 3 de octubre de 2013

El gorrión y La Flauta Mágica. 2º Ciclo de educación Primaria.

 
Dibujo realizado por Guillermo Martínez Ortiz para
la ilustración de este cuento.


El gorrión y la flauta mágica

 

Todo el bosque estaba preparado para recibir a la nueva estación. La primavera estaba a punto de llegar y los primeros brotes aparecían en las ramas de   los árboles, los campos se llenaban de flores y los pájaros ya tenían sus nidos preparados para acomodar su puesta de huevos.

Una pareja de gorriones llevaba unos días esperando el acontecimiento. Sus huevos blancos con pequeñas manchas negras, descansaban sobre las hojas, ramas y trozos de hilos y cuerdas que habían tejido para formar su casa. El padre y la madre se turnaban para incubarlos.

Una mañana la primera cría rompió un huevo con el pico y se vio libre de la cáscara que lo tenía aprisionado. A continuación, los demás se empezaron a animar y los cuatro gorrioncillos estuvieron dispuestos para recibir la comida que les traerían sus padres.

Los gorriones se alternaban en el cuidado de los pequeños; unas veces los cuidaba la madre, y el padre iba a recoger granos, frutas y pequeños insectos, y otras era ella la que salía a buscar la comida mientras el padre se quedaba con los pichones. Pasó el tiempo y los pajaritos se prepararon para salir del nido. Una tarde el más espabilado saltó de la rama y sus padres lo siguieron para ayudarlo. Le enseñaron a coger las hormigas del suelo y le sostuvieron con sus alas para que levantase el vuelo, así lo hicieron con todos hasta que fueron mayores y totalmente independientes.

Los pájaros piaban tanto que las ardillas que vivían cerca de ellos a veces tenían dolor de cabeza, sin embargo, había uno en especial al que sí daba gloria escuchar. Él no piaba, él cantaba y lo hacía mejor que un ruiseñor. Conseguía que todos los animales que estaban cerca dejasen lo que estaban haciendo y parasen para oírlo. El gorrión no descansaba aunque estuviese anocheciendo. Una tarde, el búho del árbol vecino que estaba asombrado de los pulmones del pequeño gorrión dijo:

—Sus trinos parecen el sonido de una flauta mágica; a partir de ahora te llamaré Flautín.

A los animales del bosque les hizo gracia lo que dijo el búho, así que, Flautín por aquí, Flautín por allá, se quedó con ese nombre.

Los padres estaban muy orgullosos y asombrados de su hijo; no era normal que un gorrión cantase así, por eso dudaban de si ese huevo que habían incubado podría ser de otra clase de pájaro, quizás de un canario o de un ruiseñor, aunque por otro lado su apariencia externa era la de un gorrión: Flautín tenía que ser hijo suyo.
Los pequeños gorriones cada vez se atrevían a volar más lejos; durante el día hacían sus inspecciones por los alrededores y luego volvían a dormir al mismo árbol. Flautín era el más madrugador y también el que regresaba más tarde. Sus padres estaban intrigados; no sabían cuáles serían las ocupaciones diarias de su hijo.
—Mañana, en cuanto se levante, lo seguiremos para ver a dónde va —dijo la madre un poco preocupada.
Eso hicieron, en cuanto Flautín levantó el vuelo sus padres lo siguieron a una distancia prudencial para no ser descubiertos. Volaron durante un rato sobre unos huertos cercanos que estaban llenos de naranjos y limoneros. El olor a azahar llenaba el aire. Divisaron a lo lejos a su hijo; se había posado en la rama de un limonero. En ese momento oyeron la melodía que él siempre cantaba. Al principio, pensaron que se había parado a descansar y había aprovechado para entonar su canción favorita, pero comprobaron que cerca había una casa de donde salía el sonido de una flauta que parecía mágica de verdad. Su hijo la escuchaba embobado. La casa era pequeña, pero se veía muy cuidada; en el jardín había un perro que ladraba sin parar y dos o tres gatos que no quitaban ojo a la rama en donde estaba Flautín posado. Los padres se preocuparon un poco, no parecía un lugar seguro. En el piso superior de la casa había una ventana abierta y, dentro, una señora sentada al piano acompañaba a una jovencita que tocaba con una flauta la misma melodía que su hijo les entonaba todos los días. Cuando terminó la muchacha, Flautín empezó con sus trinos. Ella se asomó a la ventana, parecía que ya estaba acostumbrada a oírlo porque sonreía mirándolo mientras el gorrión repetía una melodía parecida a la que ella acababa de interpretar. Los padres se dieron cuenta de que en ese lugar su hijo había aprendido a cantar. Levantaron el vuelo y dejaron a Flautín disfrutando de sus clases de música.
Todos los días, el gorrión volvía para escuchar a su amiga, se colocaba en el limonero que había elegido el primer día que llegó a aquel huerto y esperaba a que se abriese la ventana, a que la señora se sentase al piano y a que su amiga empezase a ensayar. Una mañana estuvo aguardando durante mucho rato, pero nadie se asomó. Flautín volvió a su casa muy triste; no se explicaba dónde había ido su amiga ni por qué había dejado de interpretar sus preciosas canciones. El búho, extrañado de que esa tarde no cantase, le dijo desde su rama:
—¿Qué te pasa Flautín?, ¿esta tarde no cantas?
—No tengo ganas señor búho, lo siento —y se acurrucó en una rama al lado de sus hermanos.

 Todos, en el bosque, echaron de menos sus trinos.
Por la noche estuvo lloviendo sin parar. Flautín no pudo pegar ojo, aprovechó para levantarse más temprano y como no sabía qué hacer se dirigió hacia el huerto en donde se encontraba la casa de su amiga. Cuando se colocó en su rama, la vio, se dio cuenta de que la chica estaba en la puerta esperando a alguien. En ese instante apareció un coche rojo como el tejado y, dentro de él, la señora que tocaba el piano con un vestido negro muy elegante. La chica también estaba muy guapa, parecía una artista. Se subió al coche y el motor arrancó suavemente, parecía que el conductor no lo quería manchar con el barro de los charcos que había por el jardín. Flautín, intrigado se dispuso a seguirlas. Atravesaron los huertos que rodeaban la casa y salieron a una carretera que tenía mucho tráfico. ¡Ay! ¡Qué complicado era volar por encima de tantos coches! El humo subía hacia donde él estaba y le irritaba los ojos, le lloraban tanto que casi no veía, además, iban tan deprisa que le costaba mucho seguirlas; menos mal que el color rojo se veía a gran distancia y eso le facilitaba un poco las cosas. De repente, sin saber por   dónde, salió otro coche del mismo color y forma parecida. ¿Cuál de ellos sería? Ahora sí que estaba en un aprieto. Bajó un poco el vuelo y aprovechando que los coches se habían parado se dispuso a mirar por las ventanillas para ver en cuál de ellos estaba su amiga. Por fin la vio, ya no se le iba a escapar. Entonces se encendió una luz verde que estaba colgada de un árbol muy extraño, sin ramas ni hojas ni nada, y todos los coches salieron corriendo haciendo mucho ruido. Por poco se cae al asfalto; estaba desprevenido cuando los motores arrancaron. El coche rojo se paró y las dos chicas se bajaron de él. Se pararon ante el edificio más bonito de todos los que allí había.
La entrada era tan alta que sus dos amigas parecían hormigas cuando subieron por las escaleras. Intentó seguirlas pero se dio cuenta de que había unas puertas de cristal que daban vueltas y vueltas y, aunque hizo varios intentos de pasar detrás de ellas, estuvo a punto de estrellarse contra los cristales, así que desistió y se posó en un árbol que había por allí cerca para esperar a que salieran.
Había transcurrido bastante rato y Flautín se estaba impacientando. Allí solo, sin nadie de su familia y sin saber dónde estaban sus amigas empezó a notar que el corazón se le encogía, la verdad es que estaba un poco asustado. Nunca se había sentido así y no le gustó nada esa sensación.
Levantó el vuelo y se acercó a una de las ventanas que el edificio tenía en la parte superior, se posó encima del alfeizar y pudo ver una sala grandísima en donde hombres y mujeres tocaban cada uno un instrumento diferente aunque interpretaban a la vez la misma melodía. Entonces la vio: su amiga, delante de todos, tocaba con su flauta una de las canciones que ella había ensayado. Después, ¡qué maravilla! todos tocaron la que ella y él practicaban a diario en la casita del huerto. No lo pudo resistir, se coló por una claraboya que estaba abierta y, volando en círculos, se posó encima del piano.


En el centro de la sala, ella estaba radiante, parecía la más importante de todos; estaba más guapa que nunca. Un señor con una ramita pequeña en la mano hizo un gesto y todos se pararon. Entonces oyó un sonido muy fuerte y cuando miró hacia el otro lado vio a muchas personas que juntaban y separaban las manos, haciendo un ruido parecido al que él hacía con las alas cuando estaba aprendiendo a volar.

 La joven se inclinaba hacia adelante y sonreía a todos.
Uno de los músicos se dio cuenta de la presencia de Flautín y avisó a unos compañeros:
—¡Coged   ese pájaro! Nos va a estropear el concierto.
Otro se levantó y le echó por encima su chaqueta negra para atraparle, pero, en ese momento, ella miró hacia donde estaba el gorrión y lo reconoció enseguida, ese gorrión era Flautín, la había seguido hasta el Teatro de la Ópera.
—¡No! Por favor no le hagáis daño, es mi amigo, ya veréis como canta conmigo mientras toco la flauta —exclamó asustada.
Lo cogió con cuidado y lo colocó sobre su hombro, sujetó despacio la flauta para que Flautín no se cayera y empezó a tocar la pieza que siempre ensayaba y que él oía desde la rama del limonero. Ante el asombro de todos, el pajarito acompañó con sus trinos las notas que salían de la flauta. Los músicos de la orquesta, el director y el público no se podían creer lo que estaban escuchando en ese momento había un gorrión interpretando La Flauta Mágica de Mozart, ¡eso era impensable!
Se hizo un gran silencio y volvieron a repetir la misma pieza del repertorio ¡qué maravilla! no desafinó ni una nota.
La gente volvió a mover las manos como habían hecho antes con su amiga. Ella estaba muy contenta y él muy feliz, porque, aunque era un simple gorrión, cantaba como un ángel. Eso era lo que siempre le decía Laura cuando se iba la gente y se quedaban solos. A veces, cuando actuaban por la noche, a través de los cristales de las ventanas, se veía a un extraño grupo compuesto por un búho y un grupo de gorriones escuchando sin pestañear las preciosas melodías de Laura y Flautín. Luego, se acercaban a la puerta del teatro a ver el cartel anunciador:

HOY


9ª REPRESENTACIÓN DE “LA FLAUTA MÁGICA”

(DE MOZART)

Entonces los padres de Flautín preguntaban al señor búho, que era muy sabio y sabía leer muy bien:
—¿Quién será ese Mozart?
Y el búho haciendo gala de su sabiduría contestaba:
—Debe de ser el dueño del teatro —afirmaba.

Luego añadía:
—En ese cartel pone que están tocando La Flauta Mágica, seguro que se refieren a Flautín, ¿habéis visto como yo tenía razón? su sonido es verdaderamente mágico.
Y al escucharle, sus padres se sentían muy orgullosos de tener un hijo como Flautín.

 

                                               Fin