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jueves, 5 de junio de 2014
Celebración de El Día del Medio Ambiente.
http://laabuelaatomica.blogspot.com.es/2011/02/el-nino-azul.html
lunes, 5 de mayo de 2014
Las aventuras de Pablo. Para todas las edades.
| Pablo con su hermano y su primo jugando al fút |
-¡Pablo ha nacido!– dice la tía Paloma muy contenta-, venga, vamos todos a verlo.
Guille está muy nervioso, va a conocer a su hermano y piensa que ya no se separará más de él. Al entrar en la habitación del hospital, ve a su mamá que le llama:
-Ven Guille, mira, tu hermanito quiere conocerte.
Guille se sube a la cama con ella y, entre los dos, sujetan en brazos a Pablo.

Le parece muy pequeño, pero es muy guapo y está muy gordito. Desde ese momento, Guille, todos los días por la mañana, se asoma a su cuna y le da un beso antes de
irse al cole.
-Está creciendo mucho-, dice a su madre con una sonrisa antes de despedirse. Efectivamente, es verdad, Pablo está muy grande porque no hace más que comer y dormir.
Desde los tres o cuatro meses, su mamá y Mayra, su cuidadora, le llevan todos los días al trabajo y pronto se acostumbra a los sonidos de la oficina; cuando oye el ruido de las fotocopiadoras, se pone nervioso y empieza a patalear al ver salir los folios disparados de la máquina. Le dejan que ponga el dedo en el botón y cuando lo pulsa y ve salir los papeles le da mucha risa: Pablo hace fotocopias con solo tres meses.
Enseguida, ha dejado de ser un bebé y, en la silleta, totalmente derecho, observa todo con mucha atención mientras Mayra le pasea. Es muy curioso, por eso aprende muy deprisa: con dos años sabe hablar muy bien. Le gusta chasquear la lengua y hace un ruido que parece el vuelo de un helicóptero. Los que intentan imitarlo, en seguida se dan por vencidos; les salen otros sonidos, pero no se parecen al suyo. A él, cuando les escucha, le da mucha risa.
Le gusta mucho dormirse mientras su papá le canta la canción de los cochinitos y también que le pasee en el trasportín de su bici.
Ya tiene tres años; es hora de ir al colegio con su hermano pero va muy contento porque sabe que Guille está en una clase muy cerquita de la suya. Por la mañana, antes de entrar, siempre se para en la puerta y le pide un beso; entonces, los dos se dan un abrazo muy fuerte como si se fueran a ir de viaje. Solo así, se queda contento.
Pablo veranea con su familia cerca del mar y allí tiene muchos amigos y sus primos Fer y Claudia. A veces va a visitarle su primo Quique; juegan mucho con él aunque es más pequeño. Cuando terminan las vacaciones no quiere volver al colegio. Su abuela es profesora, pero desde hace un año está jubilada. Él sabe que ella también iba al cole:
-¿Cuándo empieza tu cole, abuela?
-Pablo, yo ya no voy a trabajar, me he
jubilado.

-Abuela, yo me quiero jubilar como tú para no ir al colegio. ¿Qué hay que hacer, para jubilarse? -le pregunta el niño con mucho interés.
La abuela le explica que antes de jubilarse hay que estudiar mucho y hacerse una persona preparada para tener un buen trabajo.
-¡Pero abuela, yo no me sé hacer persona! -La abuela se ríe con sus ocurrencias.
Su abuelo también está jubilado, pero Pablo siempre dice que su abuelo trabaja en el dominó.
A Pablo no le gusta mucho dar besos, cuando llegan sus abuelos, para no tener que darles ninguno, busca unas excusas muy raras y se esconde donde pilla: detrás del sillón, debajo de la mesa de la cocina, en el lavadero o a veces, se queda tumbado en el sofá y se tapa con alguna manta.
-Hola Guille, ¿Estás solo?-, le preguntan sus abuelos guiñándole un ojo
-Pues sí, Pablo se ha ido.
-No estoy, soy invisible, soy un niño mágico, así que no me podéis ver -dice una vocecita que sale de algún rincón de la casa.
Los abuelos le siguen el juego y empiezan a buscarle por la cocina.
-¿Estás debajo de la mesa? A lo mejor está en un armario-, dice el abuelo.
-Creo que, esta vez, se ha ido de verdad de casa-, le responde la abuela.
Guille dice un poco fastidiado:
-Está en el sofá, tapado con una manta.

-Nos vamos a sentar a descansar un poco-, comentan los abuelos guiñando un ojo a Guille y, con cuidado para no hacerle daño, se sientan encima de él. Entonces, Pablo empieza a chillar porque le han descubierto.
-Anda, pero si estás aquí, venga danos un beso que te hemos pillado, –le ruegan sus abuelos.
-A ver: Pito pito gorgorito ¿Dónde vas tú tan bonito? A la era verdadera Pin pan fuera:”pues hoy no toca beso” -, dice Pablo con mucha cara dura. Por fin se decide a darles uno, pero tan pequeño que casi no se nota.
-Venga, abuela que ya te lo he dado, cuéntame un cuento. A Pablo le gusta mucho que le cuenten cuentos.
- Bueno, vale, empiezo-, dice la abuela.
-Erase una vez una ranita amarilla que vivía en una charca en medio de un bosque

-Abuela, las ranas son verdes.
-Pablo, hay ranas de muchos colores
-¿Pero aquí, en este planeta?
-Sí, en este planeta,- le explica-,
¿Quieres verlas en internet?
-Sí, sí, vamos a verlas-, le contesta el niño muy contento.
Así se convence de que hay ranas naranjas, a rayas, amarillas y de muchos colores.
Ha vuelto el verano otra vez y Guille, Pablo y sus abuelos, han bajado a la piscina a refrescarse. Pablo ha echado a correr y se ha tirado sin saber nadar, sin manguitos ni flotador, en la parte más honda de la piscina de mayores. Varias personas se han dado cuenta de su imprudencia y le han sacado del agua inmediatamente. Sus abuelos casi se mueren del susto. Cuando ha salido de la piscina, Pablo, temblando, dice:
-¡Por poco me ahogo, como el año pasado!
Sus abuelos le han regañado y él, llorando, ha prometido que nunca lo va a hacer más. La verdad es que ha cumplido la promesa y ya no se baña sin manguitos. Pero para aprender a nadar tiene que quitárselos de vez en cuando; el socorrista les ha dicho que los alterne con el chaleco salvavidas, así, un día se baña con él y al siguiente con los manguitos. Ha puesto mucho interés y, una mañana, cuando está en el agua dice:
-Mamá, quítame el chaleco, que ya floto.
Su madre duda un poco, pero al final le hace caso. ¡Por fin Pablo avanza en el agua como los peces! Ya lo ha conseguido: sabe nadar. El niño se ha inventado diferentes formas para tirarse al agua: estilo palito, rana, viejecito, cojito y bomba. El estilo rana es el que tiene más seguidores, pues va saltando como un batracio por el borde de la piscina croando sin parar hasta que se sumerge en la piscina; sus amigos le aplauden.
Poco a poco se están terminando las vacaciones y su mamá llega con los libros que les ha comprado y con los uniformes y Guille y Pablo se ponen muy contentos. La época de los estudios está a punto de empezar.
Son la ocho de la mañana y ha sonado el teléfono en casa de los abuelos:
-¿Mamá, puedo dejar a Pablo con vosotros? Está malito y hay que llevarlo al médico pero yo tengo que trabajar, ¿podéis hacerlo vosotros?
La abuela le dice que sí, que luego ellos lo acercarán a la doctora. Pablo llega casi sin fuerzas, no ha desayunado ni dormido. Viene llorando:
-¿Qué te pasa cielo? La doctora te mandará una medicina que te curará muy rápido-, le dice su abuela
El niño sigue llorando.
-Sí, pero ¿Y mi cumpleaños? es esta tarde.
¡Es verdad! Esa tarde tenían la fiesta del cumpleaños, Pablito no tiene consuelo. Sabe que hay muchos niños de su clase que esperan con ilusión la salida del colegio para ir a una sala de bolas donde lo iban a celebrar.
-Mira, Pablo, no te preocupes; a lo mejor para esta tarde ya estás bien. Vamos a ver lo que te dice el médico
Se ha tumbado en el sofá mientras llega la hora de ir a la pediatra. Le abrigan mucho porque hace frio. Él está muy pálido y algo mareado. Además le duele un poco la cabeza.
-A ver Pablo ¿qué te pasa? Le pregunta la pediatra.
-Pues, es que esta noche he gomitado y no podía dormir porque me dolía la cabeza.
La doctora le pone la mano en la frente y le dice:
-Tú tienes fiebre. Vamos a comprobarlo.Efectivamente,37’8.Tienes que estar en casa tranquilito.
Debe tomar mucho suero y hoy que esté a dieta. Solo alguna galleta o un poco de pan tostado. Que beba mucha agua.
-¿Y mi cumpleaños? ¿Puedo ir esta tarde a celebrarlo?
-Me temo que no, no vas a tener fuerzas, además debes reposar.
Pablo se calla pero no lo puede remediar, nada más oírla, empiezan a caerle unas lágrimas gordísimas que le mojan toda la chaqueta. Mientras sale, la abuela intenta convencerle.
-Te voy a contar lo que le pasó a tu tío José Miguel un día, cuando era un poco mayor que tú.-
Pablo se seca los ojos y escucha atentamente.
-Toda la clase se iba a esquiar a la nieve y él estaba muy contento. Tenía el equipaje preparado para salir por la mañana muy temprano. Él iba todos los días a natación, y esa tarde hizo lo mismo de siempre pero, se resbaló y se cayó al suelo rompiéndose el tobillo.
-¿Y no pudo ir de viaje, abuela?-, preguntó el niño con cara de pena.
-Pues no, le tuvimos que llevar al hospital y le pusieron una escayola. Estuvo un mes sin poder moverse.
-Sí, pero todos mis amigos me están esperando esta tarde -dijo Pablo volviéndose a acordar de su cumpleaños.
-No te preocupes, que tu mamá les va a avisar y lo celebraréis otro día.
-Abuela, ¿y el tío José Miguel pudo ir luego a la nieve?
-Pues sí, pero ese día se fueron todos sus compañeros menos él. Así es la vida Pablo, hay veces que las cosas no salen como queremos.
Pablo parece que se convence pero, de repente, se vuelve hacia ella.
-Abuela, entonces ¿me vas a comprar cromos?-, le pregunta con voz lastimera.
-Hay que ver; como me lo pides así, es difícil decirte que no. Vale, luego te compraré dos sobres.
-No, cuatro –replica el niño.

Pablo se ha ido haciendo mayor y es un niño muy responsable; le gustan mucho los animales: los gusanos de seda, los perros, las tortugas moras, los agapornis. Lo que más le gusta del mundo es ir con sus papás, en verano, a alguna casa rural para ver los animales que suelen tener allí: ovejas, cabritillos, gallinas, vacas y caballos. Luego van a visitar los parques naturales que hay cerca y así disfruta mucho. Un día sus abuelos le quieren dar una sorpresa y se lo llevan a Valencia para ver el Oceanografic y el Bioparc con su hermano Guille. ¡Allí sí que van a disfrutar! No ha montado nunca en tren, así que para él la aventura va a ser doble. Van a estar dos noches fuera y dormirán en casa de su tía Amalia y de sus primos Amalín e Inti. En la estación tienen que pasar las maletas por el escáner y eso le hace mucha gracia. Después, cuando se sube al tren, lo observa todo atentamente.
-Mira auriculares, pónmelos abuelo. ¿Dónde
está la campana del tren? –pregunta Pablo
buscándola.

-Pablo, estos trenes no llevan campana,
esos son los de la feria –le explican.
Guille ya ha ido a Madrid, una vez, en tren, pero Pablo solo ha montado en los de juguete, por eso piensa que todos, aunque sean de verdad, llevan campana. Nada más arrancar, Pablo empieza a preguntar:
-¿En coche ya habríamos llegado?, ¿cuánto queda?
-Sí sigues así, no te vas a venir más con nosotros –le advierten los abuelos.
Poco a poco, casi sin darse cuenta, llegan a Valencia en donde les está esperando su tía. La estación es muy bonita y tiene unas cristaleras con muchas frutas que le gustan mucho. Esa tarde después de comer van al Oceanografic. Le fascina el túnel de cristal en donde ve pasar por encima de su cabeza montones de tiburones con sus peces piloto pegados a sus colas, mantas, peces luna, meros. Las mantas tienen unas caras muy graciosas cuando se pegan al cristal.
-Mirad, esa tiene cara de fantasma y esa otra de payaso-, comentan los niños muy nerviosos.
Quieren verlo todo y no paran de moverse de un lado a otro: morsas, pingüinos y ballenas Beluga. Después, van a ver el espectáculo de los delfines. Al entrar, se sientan en las gradas y uno de los adiestradores ha llamado a Guille para preguntarle si quiere tocar los delfines; él ha dicho que sí muy contento, y ha salido rápido para probarse unas botas de goma que le han dado para no mojarse los pies pero… Pablo…, el pobre, quiere también ir con Guille, sin embargo le han dicho que no hay botas de goma de su número y no debe arriesgarse a mojarse los zapatos: se puede resbalar y caer al agua.
-Yo también quiero tocarlos –dice llorando.
Un entrenador, al verlo tan apenado, se ha acercado a él y se lo ha llevado para hacerle un regalo. Ha vuelto muy contento con una camiseta negra muy chula que le han hecho especialmente para él. Se la ha puesto y se le ha pasado el disgusto. Empieza el espectáculo y los delfines saltan y hacen muchos juegos con los adiestradores. Los niños los acarician. Guillermo también le ha dado un beso a uno de ellos.
-¿Cómo es el tacto del delfín? le preguntan los abuelos y Pablo.
-Es como si tocaras un globo mojado, pero muy suave.
Es la hora de regresar a casa de su tía; cogen un taxi, y después de jugar con sus primos se acuestan rendidos. Al día siguiente tienen muchas más cosas que ver.
Hoy toca ir al Bioparc. Como es sábado puede ir su primo Inti con ellos. Este parque es un zoológico que está situado en la cabecera del rio, es muy bonito. Tienen que cruzar un puente muy alto para poder entrar; como Pablo se acerca demasiado a la barandilla, la abuela le pide que le de la mano, pero él niño no le hace caso, así que ella busca una excusa:
-¡Ay! Cuánto vértigo me da, ¿me podéis dar la mano? Enseguida Pablo se acerca muy protector y se agarra de la mano de su abuela.
-A mí no me da vértigo. ¿Qué es el vértigo abuela? Ella se lo explica y de esa manera consigue llevarlo sujeto hasta que pasan el puente.
Inti hace de cicerone:

-Vamos primero a ver Madagascar.
Empiezan visitando la zona dedicada a la isla de Madagascar y lo que más les gusta son los lémures y la fossa. Es la primera vez que ven una fossa. Parece una leona pequeña pero muy musculosa.
También hay leones gorilas, hipopótamos, jirafas, serpientes, búfalos y un montón de animales más. Lo que más les ha impresionado han sido los elefantes cuando se echan barro con la trompa por encima.
Los abuelos dicen que es el parque más bonito que han visto y eso que han estado en muchos.
Cuando llegan a Murcia tienen un montón de cosas que contar a sus padres.
Pablo es un chico muy despierto; su abuelo le dice:
-Pablo, eres muy listo-, y él contesta:
-No abuelo, es que me fijo mucho.
La otra tarde le preguntó a su abuela:
-Abuela, ¿los percebes son caros?
-Pues sí son caros porque son difíciles de pescar-, le contesta
-Se pescan donde hay muchas rocas ¿verdad?
-Sí y además normalmente se agarran en las zonas en donde las olas baten más fuerte.
-En mi playa en Campoamor hay muchos, y este verano yo voy a vender percebes.
-Me extraña que en Campoamor haya percebes-
le responde sorprendida.
-Abuela, ¿cómo se cogen los percebes?-, continúa.
-Pues con un cuchillo para poder despegarlos bien de las rocas-, le explica.
-Y ¿con tijeras no se puede?-, sigue preguntando.
-Yo creo que no, porque las romperías-, le aclara.
-Pues yo este verano voy a vender percebes y pescadillas. En mi playa hay muchas, yo las he visto.
-Sí, pero tienes que pedir un permiso en el ayuntamiento para que te dejen vender.
-Y para vender en la calle ¿también?
-Sí,- le contesta.
-Sabes lo que te digo, que a lo mejor mi madre no me deja vender pescadillas, porque el año pasado me metí donde va mi hermano Guillermo y mi primo Fernando a bucear y casi me ahogo. Tuvo que entrar ella a por mí porque no llegaba a la orilla.
Pablo no sabe lo que será de mayor pero lo que sí sabe es manejar las matemáticas como nadie; le gusta también leer, montar en monopatín, en bicicleta y, sobre todo “EL JAMÓN DE JABUBO”, como decía cuando era pequeño.

También se divierte mucho cuando duerme en casa de su primo Quique.
Hoy está muy contento porque, por primera vez, va a recibir la primera comunión. Ha estado dos años preparándose porque es algo muy importante: va a estar con Jesús cada vez que comulgue. Pablo es un niño muy bueno, así que todas las personas que están aquí, acompañándole en este día tan importante, saben que Jesús estará, siempre, muy contento con él.
Fin
Autora: Conchita García de las Bayonas.
Ilustración: Guillermo Martínez Ortiz y
Pablo Martínez Ortiz.
martes, 22 de abril de 2014
Manualidades con gomitas.
Ningún niño sin saber cómo se hacen las pulseras con gomitas.
miércoles, 2 de abril de 2014
El ogro Zampón : Educación infantil y primaria.
Hace mucho tiempo, en un país muy lejano, vivía un ogro muy desagradable al que
apodaban Zampón. Zampón era famoso porque se comía todo lo que se ponía a su alcance, desde pequeños animales
hasta grandes ciervos.
Habitaba dentro de un
bosque atravesado por un río muy caudaloso. Cuando los salmones estaban en la
época del desove era recorrido contra corriente por miles de ellos que subían a
poner sus huevos hasta el lugar en donde habían nacido. En esa época, el ogro
se ponía ciego de salmón y, si era necesario, se peleaba con los osos que se
acercaban a sus orillas para
alimentarse. Todos los peques de los alrededores vivían en continua zozobra y los
habitantes del pueblo sufrían mucho cuando Zampón les hacía alguna visita
porque el ganado desaparecía de sus corrales, y
estaban durante mucho tiempo pasando hambre por su culpa. Un día, hartos de ser
su despensa, fueron a quejarse a Bellorita, el hada de los bosques. Bellorita
estaba muy disgustada con el comportamiento del ogro porque ella amaba a los
habitantes de sus bosques y a sus animales y le fastidiaba mucho que no los
dejase vivir en paz, así que Bellorita se hartó de tantas quejas y fue a hablar
con el ogro.
—Zampón, ya estoy cansada de tu gula. Todo el mundo protesta
porque te comes todo lo que pillas, lo mismo de noche que de día. Eso no se puede ser, ¿por qué no te
acostumbras a comer frutas silvestres, bayas y miel?
—Con esos alimentos no tengo ni para el aperitivo; ya lo sabes Bellorita,
no puedo obedecerte —dijo el ogro, mientras se limpiaba los dientes con un
junco del rio, que utilizaba a modo de palillo.
El hada le escuchó enfadada y se dio cuenta de que Zampón no iba
a cambiar nunca.
—Mira lo que te digo, si no
me haces caso, cada vez que te comas un animal de mis territorios, la boca se
te hará más pequeña, y cuando te vea, me
daré cuenta de que no me has obedecido.
Zampón escuchó lo que le dijo el hada como si no fuese con él y pensó
que cuando Bellorita se marchase a su árbol mágico le dejaría tranquilo
y podría seguir comiendo sin parar.
Así lo hizo, cuando el hada se fue a descansar, el ogro salió de
caza como todas las noches. Cazó tres conejos y dos faisanes; se sentó debajo
de un árbol y se los comió todos de un solo bocado. Cuando
terminó de cenar, notó una tirantez extraña en los labios pero no le prestó la
menor atención; se levantó y se acercó al río para refrescarse en el agua, pero
cuando se vio reflejado se quedó horrorizado con su nueva cara; su boca se
había convertido en una pequeña trompa parecida al hocico de un oso hormiguero, también se dio
cuenta de que este cambio le impedía
respirar bien. Intentó tranquilizarse y pensó que al
día siguiente se le habrían pasado los efectos del castigo,
que eso solo lo había hecho ella para asustarle, así que no hizo el menor caso
del cambio efectuado en su cara. Sin embargo, el ogro estaba muy equivocado. Cuando
se hizo de día, el estómago empezó a pedirle comida y agua, se acercó al rio a
beber y, al verse reflejado en él, comprobó que todo seguía
igual que el día anterior: tenía la boca
igual de pequeña y estaba colocada a un extremo de una ridícula trompa. En ese
momento empezó a preocuparse de
verdad, pensó que el tamaño de sus labios le iba a impedir
comer presas grandes y que se tendría que contentar con animales de menor
tamaño, pero él seguía sin dar su brazo a torcer.
—Si se cree que me voy a
quedar sin comer por esta tontería, está lista.
Estoy seguro de que se me pasará
pronto el efecto de su castigo.
Zampón se marchó a buscar
alimento; cazó otro conejo y una
perdiz, pero cuando se dispuso a
comérselos, se dio cuenta de que no tenía dientes como los osos hormigueros y,
además, su lengua le había crecido bastante por lo que se le hacía un lío en la
boca. Tuvo que soltar a los dos animales al comprobar que le sería imposible comérselos.
Ese día estuvo malhumorado viendo correr a su alrededor a los
cervatillos sin que pudiese hacer nada para aliviar su apetito. Se le hacía la
boca agua, pero sabía que no les iba a poder hincar el diente porque
ya no tenía y, además, aunque los hubiera tenido, el tamaño de su boca era tan
pequeño que no se podía meter casi nada dentro. Poco a poco empezó a
desfallecer cuando el hambre le atacó como una enfermedad. Cansado, se sentó
encima de un hormiguero sin darse
cuenta. Al poco rato, las hormigas
empezaron a subírsele por las perneras
de los pantalones, que eran muy anchas,
y empezaron a picarle en las
espinillas y las pantorrillas. Tuvo que levantarse de un salto y quitárselas a base de manotazos. Se sacudía tan fuerte que mató a unas
cuantas; entonces, notó que despedían un olorcillo bastante extraño,
pero agradable. Sacó la lengua y observó, con horror, que por lo menos medía 60
o 70 centímetros, pero pronto se recuperó del susto y chupó el líquido que se
le había quedado en la palma de la mano. ¡Caramba, aquello no sabía mal del
todo!
—“Peor es morirse de hambre” pensó, y en ese momento decidió usar su nueva y larga lengua para
algo útil, comería hormigas.
La dieta del ogro cambió; a partir de entonces solo comía cosas
pequeñas como le había sugerido una vez Bellorita: bayas, fresas silvestres,
moras, miel y por supuesto hormigas. También cambió su actitud, se volvió menos fiero, y ya no
les daba miedo a los vecinos a pesar de que ahora era bastante más feo que
antes. Sin embargo, seguía teniendo tanta hambre que, a veces, les suplicaba que le diesen un poco de papilla, cuando les veía
hacer la comida de los niños.
Ahora el ogro les daba pena y
siempre le guardaban un poco para él.
Bellorita, extrañada de que ya no fuera nadie a
quejarse, se acercó un día a ver a Zampón. Ya no se acordaba del castigo
que le había impuesto y, cuando se encontró con él, no
pudo dejar de reírse durante un rato viendo la pinta tan extraña que tenía.
—¿Qué te ocurre, Zampón? Con esa boca no creo que seas capaz de
comer ningún animal de mi bosque. Te aconsejé que comieses miel, bayas y
frutas, pero no me hiciste caso. Ahora no pareces ni un ogro ni nada. Yo no sé
qué voy a hacer contigo, todos los bosques necesitan ogros que atemoricen y
espanten a bandidos, brujas y otros
individuos indeseables. Pero con esa pinta nadie te tendrá miedo, y yo necesito
asustar a seres más terribles que tú. Tendré que traer a otro ogro que infunda
más temor, pero que no sea tan glotón.
Zampón la escuchaba y no
podía creer lo que Bellorita le estaba diciendo. ¡Tenía que marcharse de su
bosque! ¿Dónde iría? Ya no era un ogro joven y con esa cara sería el hazme reír
de todos. De repente pensó que todavía podía arreglarse su problema.
—Bellorita, sé que no te
hice caso cuando me aconsejaste que dejase en paz a tus animales, pero ya tengo
menos hambre, me he acostumbrado a comer poco, si te prometo que voy a dejar en paz a tus ciervos y a los
conejos y que voy a seguir con esta dieta casi vegetariana, ¿me dejarás que
siga viviendo en tu bosque?
El ogro la miraba suplicante con esa cara tan rara que Bellorita
no pudo por menos de sentir lástima de él.
—Vale, te pondré a prueba dos semanas; si pasado ese tiempo no
recibo ninguna queja de ti, te dejaré que sigas siendo el ogro de este bosque.
Zampón le dio las gracias y le aseguró que no se arrepentiría de
su decisión. Bellorita se marchó confiada en que se portaría bien y, a la
mañana siguiente, le levantó el castigo. Cuando el ogro se despertó, fue como todos
los días a lavarse en el río y a beber, y cuando se inclinó sobre el agua, pudo
ver con sorpresa que había recobrado su aspecto anterior. Volvía a tener su
cara redonda, su boca grande parecida a las de los hipopótamos y para su
desgracia, también su apetito voraz. El hambre que tenía anteriormente volvió a
atormentarle. Él había hecho una promesa
al hada y no quería defraudarla ni que le echase del lugar en dónde había
nacido, así que se fue a ver a un granjero amigo de él.
—Matías, por favor, tienes que ayudarme, no quiero romper la
promesa que le he hecho a Bellorita; déjame encerrado en tu casa para que no pueda ir a
cazar. Si no cumplo mi promesa, el hada me echará del bosque.
—No te preocupes, te encerraré con llave en una habitación de la
planta de arriba y yo te daré el alimento que crea que necesitas, pero solo el
necesario porque a nosotros tampoco nos
sobra la comida. Mientras que estés aquí encerrado, puedes ayudarnos a hacer capazos de esparto para
que luego pueda venderlos en el
mercado.
Zampón estuvo de acuerdo;
Matías, tres veces al día, le llevaba lo necesario para no morirse de hambre, y
él, a cambio, hacía unos cestos preciosos que gustaban
mucho a los habitantes del pueblo vecino. Sin embargo, como era tan tragón,
la comida que le llevaba Matías le quedaba un poco escasa y
a veces pensaba en saltar desde
el primer piso, ir a cazar y luego volver otra vez a la casa, pero inmediatamente
recordaba su promesa y volvía a su trabajo para olvidar los malos pensamientos.
Un día estaba tan desesperado que llamó a Matías y le pidió ayuda:
—Matías, por favor, sube un momento.
—¿Qué quieres? Estoy trabajando.
—Necesito que me ayudes, no creo que pueda aguantar más sin comer.
Matías lo vio tan
desesperado que pensó que había que hacer algo para ayudar a su amigo y decidió salir todos
los días con él al bosque a pasear, así veían lo bonito que estaba, cogían
flores, bayas, nueces y moras y, después, recolectaban
miel y la untaban en un trozo de
pan con queso que se llevaban en un pequeño zurrón y que les sabía a gloria bendita. Entonces, Matías
le hacía ver que si no cumplía la promesa iba a perder todas esas cosas tan
buenas que tenían delante. Después de la charla, volvían tranquilamente a su
casa. Al cabo de una semana, el ogro notó que tenía menos hambre, que
estaba logrando reducir su apetito y que había adelgazado. ¡Por fin había
obtenido una recompensa por su
sacrificio!
Pasaron las dos semanas y Bellorita fue al pueblo a visitarlo
para comprobar si había cumplido con lo prometido. Cuando le vio, no podía
creerse el cambio efectuado en él: su cara ya no era una luna llena y, además,
podía llevar zapatos porque al tener menos barriga llegaba a atarse los cordones.
—Vale, Zampón, veo que eres digno de confianza, te quedarás a vivir en mi bosque. Ahora estás más ágil y si
vienen bandidos los puedes perseguir porque puedes
correr tras ellos.
Zampón recibió con mucha alegría las palabras del hada pero se
dirigió a ella y le dijo:
—Bellorita, te voy a pedir un favor, me gustaría que dejaseis de
llamarme Zampón, me recuerda una época de mi vida de la que no estoy satisfecho.
—Me parece bien, pero qué nombre te podemos poner, ¿se os ocurre
alguna idea? —preguntó Bellorita a las personas que estaban allí reunidas.
—Bellorita, Zampón ha cumplido con lo que te prometió por eso yo
creo que podríamos llamarle “Cumplidor” —dijo un chico muy avispado que vivía en
la casa roja del bosque.
Todo el mundo se quedó un poco extrañado, ¿Cumplidor?, nunca
habían oído un nombre tan raro, pero tampoco habían conocido a nadie que se
llamase Zampón, solo a su ogro. A Bellorita se pareció bien:
—Cumplidor, me gusta, tiene sonoridad y ahora le hace justicia.
Todos los vecinos aplaudieron al niño por la idea y a Cumplidor
por haber tenido fuerza de voluntad y vencer al hambre. Así, desde aquel día,
Cumplidor vigiló el bosque y lo defendió de personas indeseables y todos se
hicieron sus amigos porque, gracias a él, nunca volvieron a tener miedo de
nada.
sábado, 22 de marzo de 2014
La prima de Maria Rosa
Que no llega la...primera
Pues se retrasa en las nubes
En los cielos, en las nieblas
Y nos pinta un arcoíris
Cuando menos te lo esperas.
sábado, 1 de marzo de 2014
Esto es agua. 2º y 3er. ciclo de educación primaria. Ültimo capítulo.
3º y último capítulo
La madre se quedó muy sorprendida
ante la reacción de su hijo, pero le encantó que el niño quisiera jugar con la pequeña.
Lucas la cogió en brazos y se sentó con ella dentro de la acequia, ella no
paraba de reírse, de chapotear y de gritar:
—Al-maa,
al-maa. Lucas se dio cuenta de lo que quería decir:
—Esto
es a, gu, a, venga repite, a, gu, a.
Safía.
repitió la palabra agua, en español, pero luego volvió a decirla en su idioma:
Al, maa, Al-maa. Lucas, mirándola
pronunció Al-maa varias veces y vio que la pequeña se ponía muy contenta; los
dos se tumbaron en el cauce de la acequia dejando que el agua los refrescara. Rosario los miró y se le saltaron
las lágrimas.
—Mira,
José, a ver si va a tener que venir una
chiquilla desde el desierto, para que le cambie el carácter a Lucas.
José
también estaba emocionado ante el comportamiento de los dos niños, pero a él le
habían enseñado que los hombres tenían que ser duros y no debían mostrar sus
emociones así que, para disimular, les
avisó alzando la voz desde donde estaba:
—Vamos
chicos, está refrescando. Tenemos que tener
mucho cuidado con ella, no vaya a constiparse.
Lucas
salió de la acequia y ayudó a la niña. Su madre ya estaba allí con dos toallas
grandes para que se tapasen. Se dirigieron a la casa rápidamente para cambiarse
de ropa y allí les esperaba otra sorpresa: Safía. no había visto nunca un
cuarto de baño ni sabía para qué servían los sanitarios; todos estaban
sorprendidos. La pequeña, asombrada con esa habitación tan rara y, ellos, con
la cara que ponía. Después de cambiarla
de ropa, Rosario abrió el grifo para terminar de asearla y Safía se quedó
maravillada: dos veces en el mismo día
se había encontrado con el agua de una forma nueva para ella. Metió sus manos
debajo y volvió a repetir: Al-maa.
-No,
a- gu a — insistió Lucas
—A
gu a —dijo Safía.
La
niña miraba sus manos, como si no fueran parte de ella, jugar con el agua.
Lucas estaba aturdido, nunca se hubiera imaginado que en este mundo hubiese gente que no tenía ninguna de las comodidades de las que él disfrutaba. Se salió del baño, dejó a Safía. jugando con el agua y de acercó a la cocina. Su madre estaba preparando la cena.
—¿Y
Safía.?
—Se
ha quedado jugando con el agua, está como loca —contestó Lucas.
—Ve
por ella, hay que hacerla comprender que, aunque nosotros sí que tenemos agua, no debemos desperdiciarla.
Fue
difícil separar a la niña del grifo, pero el olor que salía de la cocina hizo
que obedeciese a su hermano español.
Después de cenar, les esperaba
otra nueva sorpresa; la niña ni quería dormir en la cama ni quería dormir sola,
estaba acostumbrada a hacerlo en el suelo de la tienda, sobre una alfombra y
junto a toda su familia.
-—Mamá
trae los sacos de dormir, los pondremos en el suelo de mi habitación, yo
también dormiré como ella.
Rosario salió muy contenta.
—Mira
por donde, en lugar de hacerle un favor a Safía invitándola
estas vacaciones, ella se lo va a hacer a Lucas.
Con
los sacos de dormir juntos, Safía. se durmió enseguida. Estaba cansadísima del
viaje. Cuando Lucas pensó que ya no se podría despertar, salió de su habitación
y se fue a la cocina.
—Mamá
¿sabes lo que estoy pensando? Pues, en la cara que va a poner mañana cuando vea
el zumo de naranja para desayunar y, no te digo nada, cuando se asome a la
balsa de riego. Estoy deseando que se haga de día para llevarla a que la vea.
No me imaginaba las condiciones de vida de estos niños en los campos de
refugiados del desierto. Ahora me doy cuenta de lo que tengo en esta casa.
—¿Comprendes
ahora al abuelo? Él sabía que sin agua, nuestra huerta se hubiera secado y los naranjos y limoneros no hubieran dado tantos
frutos ni podrías disfrutar de esos tomates tan sabrosos que tanto te gustan en
la ensalada; por eso quiso profundizar el pozo. El prefirió esa mejora en la huerta a un piso
en el pueblo.
-—Sí
mamá, parece mentira lo importante que es el agua y yo, hasta ahora, cuando os
lo oía decir pensaba en lo pesados que eran los mayores siempre con la misma
manía:
—No
hay que desperdiciar el agua, hay que cerrar el grifo mientras te lavas los
dientes, y todas esas cosa que siempre estáis repitiendo. Sabes lo que te digo,
que hoy me he dado cuenta de que tengo mucha suerte viviendo aquí. Buenas
noches mamá.
—Buenas
noches hijo, que descanses.
Rosario se acostó muy contenta; Safía.
le había dado una gran lección a Lucas. Su hijo, en una
tarde, había madurado más que en todo un
año.
Safía. soñó que llovía mucho en
el campamento y alrededor de su jaima crecían tantos naranjos que no podía
salir de la tienda.
martes, 4 de febrero de 2014
Esto es agua. . Educación primaria 2º y 3er. ciclo. 2ª Capítulo
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| Campamentos de Tinduf |
Estaba terminando el curso y en
el colegio convocaron a los padres a una reunión. Un grupo
de personas que trabajaban en una ONG querían conseguir familias para alojar
durante los meses de julio y agosto a niños y niñas saharauis que vivían en los campamentos. de
refugiados de Tinduf. Por supuesto, los
padres de Lucas se ofrecieron; sabían que ellos vivían en el lugar ideal para pasar unas vacaciones estupendas. Lucas,
al principio, estaba muy contento porque pensaba que ese verano iba a tener un
amigo con quién jugar, pero cuando les dijeron que les había tocado una niña y,
además de siete años, volvió a poner cara de acelga y no la quitó hasta que
llegó el momento de ir a por ella.
—Mira
Lucas, tienes que cambiar esa cara. Para ella debe de ser muy duro dejar a su
familia y venir a vivir tan lejos, a un
país desconocido, con gente a la que no entiende, y a una casa que no ha visto en su vida; de modo que o cambias de actitud o
te pasas todo el verano sin coger la bicicleta —le advirtieron sus padres.
Ese era el peor castigo que
podían ponerle. ¡No podía vivir sin su bici! Entonces, lo pensó detenidamente:
—En
realidad solo son dos meses, me pasarán pronto.
Se
metió en el coche y los tres muy nerviosos fueron al lugar donde les habían
convocado. Las niñas y los niños, que acababan de llegar, estaban un poco
asustados. Con sus grandes ojos muy abiertos, esperaban escuchar su nombre para
ver qué familia les había correspondido. Sin embargo los padres que los iban a
acoger estaban más inquietos aún que los chiquillos. Todos querían que los pequeños
se encontrasen a gusto en su casa.
Por fin los llamaron:
—¿Familia
Ortiz?, —preguntó una señora que llevaba de la mano una niñita que por su
tamaño no aparentaba más de cuatro años:
—Esta
es Safía. Safía. aquí está tu familia
española.
Los padres recibieron todas las
recomendaciones necesarias mientras Lucas y Safía. se repasaban con la mirada
para quedarse con todos los detalles del otro.
La
niña sabía algunas palabras en español, pero, aún así, era difícil entenderla. a
madre de Lucas, la cogió en brazos y le dio dos besos tan fuertes que resonaron
en el salón.
—Verás
qué bien te lo vas a pasar con Lucas ¿verdad Lucas?
El chico no dijo nada, solo las miró con cara de fastidio.
—Venga,
vamos a comprarle algunas golosinas a Safía: seguro que no está acostumbrada a
ellas.
Salieron
a la calle y entraron en el primer supermercado que encontraron. Allí pusieron a la niña delante de las galletas
y los caramelos.
—¿Qué es lo que más te gusta? Elige lo que quieras —la
invitó Rosario.
Safía. estuvo dudando durante
unos segundos y, enseguida, ante la sorpresa de todos, escogió una naranja que
agarró con todas sus fuerzas como si fuera un objeto muy valioso.
—Mamá,
esta niña es tonta, mira que elegir fruta con la cantidad de golosinas que hay
aquí.
—Lucas,
Safía ha hecho una elección muy inteligente; estos niños no ven fruta fresca casi nunca, creo que tú y yo, esta noche,
vamos a tener una pequeña charla. Debes conocer las condiciones de vida de
estos chicos —dijo la madre reprendiéndole.
Salieron de la tienda y Rosario
le peló la naranja; Safía. la miraba y le daba bocaditos pequeños para que le
durase mucho. Sus ojos cada vez más abiertos miraban con curiosidad todo lo que
la rodeaba. Cogieron el coche y por fin llegaron a la huerta. Safía.,
acostumbrada a la tierra del desierto, casi nunca había visto árboles al
natural y, menos, llenos de fruta. Se
soltó de la mano y se fue corriendo a tocarlos. Se abrazó a uno de ellos y no quería
soltarse.
—Shallara,
shallara —repetía mientras tocaba la rugosa corteza del naranjo.
—Quedaos
aquí con ella, voy un momento regar —comentó
José no queriendo apartar a Safía. de su
descubrimiento.
José se dirigió hacia la compuerta de la acequia para regar como todos los días, la levantó y, como siempre, el agua salió atropelladamente inundando el cauce que rodeaba la huerta La niña escuchó un murmullo que era casi nuevo para ella, nunca había visto correr el agua; en dónde vivía, les llevaban el agua, una vez al mes, en camiones cisternas de las Naciones Unidas y la echaban en unas cubas que tenían al lado de la jaima. De las cubas la sacaban con garrafas de plástico.
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| Cisterna de las naciones Unidas |
Las jaimas,
hechas con telas y cuerdas sujetadas al suelo, estaban en medio de la
nada; tierra, y polvo por todas partes. Alguna vez, en su poblado había
llovido, pero como todo estaba tan seco, el agua desaparecía rápidamente
absorbida por la sed del desierto.
Al
principio se asustó, pero después de un rato se soltó del tronco del árbol y se
fue corriendo detrás del pequeño riachuelo de agua, riendo y
gritando: al-maa, al-maa, al-maa
—Ve
con ella no vaya a hacerse daño —le mandó Rosario a su hijo.
Lucas estaba en su estado
natural, es decir enfadado; echó a correr refunfuñando hasta que unas gotas le
salpicaron. Safía le estaba echando agua con su pequeña mano; era completamente
feliz y quería jugar con él. En ese momento a él, cosa rara, también le entraron
ganas de jugar; la vio tan pequeña e indefensa
que, de repente, como si fuese de verdad su hermano, se sintió con la
obligación de protegerla. Entonces llamó a su madre:
—Mama,
me voy a meter con ella en la acequia, el agua nos llega por debajo de las
rodillas, no creo que haya peligro.




