Mensaje de bienvenida

¡Y sin embargo algunas personas dicen que se aburren!¡ Démosles libros!¡Démosles fábulas que los estimulen!¡Démosles cuentos de hadas! Jostein Gaarder
Mostrando entradas con la etiqueta Educación en valores.. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Educación en valores.. Mostrar todas las entradas

sábado, 1 de marzo de 2014

Esto es agua. 2º y 3er. ciclo de educación primaria. Ültimo capítulo.

Dibujo perteneciente a Ladrones de cuadernos. Acequia de Murcia
Dibujp perteneciente a Ladrones de cuadernos: Acequia de Murcia.

     

3º y último capítulo

         La madre se quedó muy sorprendida ante la reacción de su hijo, pero le encantó que el niño quisiera jugar con la pequeña. Lucas la cogió en brazos y se sentó con ella dentro de la acequia, ella no paraba de reírse, de chapotear y de gritar:

         —Al-maa, al-maa. Lucas se dio cuenta de lo que quería decir:

         —Esto es a, gu, a,  venga repite, a, gu, a.

         Safía. repitió la palabra agua, en español, pero luego volvió a decirla en su idioma: Al, maa,  Al-maa. Lucas, mirándola pronunció Al-maa varias veces y vio que la pequeña se ponía muy contenta; los dos se tumbaron en el cauce de la acequia dejando que el agua los  refrescara. Rosario los miró y se le saltaron las lágrimas.

         —Mira, José,  a ver si va a tener que venir una chiquilla desde el desierto, para que le cambie el carácter a Lucas.

         José también estaba emocionado ante el comportamiento de los dos niños, pero a él le habían enseñado que los hombres tenían que ser duros y no debían mostrar sus emociones  así que, para disimular, les avisó alzando la voz desde donde estaba:  

         —Vamos chicos, está refrescando. Tenemos que tener  mucho cuidado con ella, no vaya a constiparse.

         Lucas salió de la acequia y ayudó a la niña. Su madre ya estaba allí con dos toallas grandes para que se tapasen. Se dirigieron a la casa rápidamente para cambiarse de ropa y allí les esperaba otra sorpresa: Safía. no había visto nunca un cuarto de baño ni sabía para qué servían los sanitarios; todos estaban sorprendidos. La pequeña, asombrada con esa habitación tan rara y, ellos, con la cara que ponía.  Después de cambiarla de ropa, Rosario abrió el grifo para terminar de asearla y Safía se quedó maravillada:  dos veces en el mismo día se había encontrado con el agua de una forma nueva para ella. Metió sus manos debajo y volvió a repetir: Al-maa.

         -No, a- gu a — insistió Lucas

         —A gu a —dijo Safía.

         La niña miraba sus manos, como si no fueran parte de ella, jugar con el agua.

         Lucas estaba aturdido, nunca se hubiera imaginado que en este mundo hubiese   gente que no tenía ninguna de las comodidades   de las que él disfrutaba. Se salió del baño, dejó a Safía. jugando con el agua y de acercó a la cocina. Su madre estaba preparando la cena.

         —¿Y Safía.?

         —Se ha quedado jugando con el agua, está como loca —contestó Lucas.

         —Ve por ella, hay que hacerla comprender que, aunque nosotros sí que tenemos agua,   no  debemos desperdiciarla.

         Fue difícil separar a la niña del grifo, pero el olor que salía de la cocina hizo que  obedeciese a su hermano español.

         Después de cenar, les esperaba otra nueva sorpresa; la niña ni quería dormir en la cama ni quería dormir sola, estaba acostumbrada a hacerlo en el suelo de la tienda, sobre una alfombra y junto a toda su familia.

         -—Mamá trae los sacos de dormir, los pondremos en el suelo de mi habitación, yo también dormiré como ella.

Rosario salió muy contenta.

         —Mira por donde,  en lugar de  hacerle un favor a Safía  invitándola  estas vacaciones, ella se lo va a hacer a Lucas.

         Con los sacos de dormir juntos, Safía. se durmió enseguida. Estaba cansadísima del viaje. Cuando Lucas pensó que ya no se podría despertar, salió de su habitación y se fue a la cocina.

         —Mamá ¿sabes lo que estoy pensando? Pues, en la cara que va a poner mañana cuando vea el zumo de naranja para desayunar y, no te digo nada, cuando se asome a la balsa de riego. Estoy deseando que se haga de día para llevarla a que la vea. No me imaginaba las condiciones de vida de estos niños en los campos de refugiados del desierto. Ahora me doy cuenta de lo que tengo en esta casa.

         —¿Comprendes ahora al abuelo?  Él sabía que sin  agua, nuestra huerta  se hubiera secado y  los naranjos y limoneros no hubieran dado tantos frutos ni podrías disfrutar de esos tomates tan sabrosos que tanto te gustan en la ensalada; por eso quiso profundizar el pozo.  El prefirió esa mejora en la huerta a un piso en el pueblo.

         -—Sí mamá, parece mentira lo importante que es el agua y yo, hasta ahora, cuando os lo oía decir pensaba en lo pesados que eran los mayores siempre con la misma manía:

         —No hay que desperdiciar el agua, hay que cerrar el grifo mientras te lavas los dientes, y todas esas cosa que siempre estáis repitiendo. Sabes lo que te digo, que hoy me he dado cuenta de que tengo mucha suerte viviendo aquí. Buenas noches mamá.

         —Buenas noches hijo, que descanses.

         Rosario se acostó muy contenta; Safía. le había   dado una gran lección a Lucas. Su hijo, en una tarde, había madurado más que en todo un  año.

         Safía. soñó que llovía mucho en el campamento y alrededor de su jaima crecían tantos naranjos que no podía salir de la tienda.

         Lucas, esa noche no durmió, se quedó despierto escuchando  el ruido que producían  los 200 litros por segundo que salían por la tubería del pozo que casi arruina a su abuelo. José, como otras noches, tampoco lo hacía, estaba vigilando la balsa; acababa de levantar  la compuerta para que el agua diera vida, esta vez,  a la huerta del vecino  

domingo, 3 de marzo de 2013

GUILLE Y PABLO. GUILLE Y LAS TORTUGAS MORAS . Educación infantil y 1º y 2º ciclo de primaria.




GUILLE Y PABLO

 GUILLE Y LAS TORTUGAS MORAS

 

Han pasado varios meses desde que están en su nueva casa y Guille  quiere tener sus tortugas. Todos los días le pregunta a su mamá que cuándo van a ir a recogerlas.

—Todavía no hemos preparado bien el terreno —les dice siempre su padre.

Un día, harto de  oírles protestar, se levanta temprano y arregla toda la zona en dónde van a vivir sus tortugas. Remueve la tierra para que esté blanda y cuando llegue el invierno se puedan esconder fácilmente, les construye una cueva, les pone una valla de madera para que no se salgan de su sitio. Además ha plantado muchas hierbas aromáticas: romero, tomillo, lavanda y aloe, y ha hecho unos agujeros en la tierra en donde ha puesto unos platos hondos con agua para que se puedan bañar.

—Papá, los niños de mi clase no se creen que a las tortugas de tierra les guste el agua. Me dicen que me he inventado eso de que se bañan —le comenta Guille un poco enfadado.

—No te preocupes, cuando las tengamos aquí, los traes  un día para que vean que es verdad lo que dices.

Guille se pone muy contento al oír a su padre, por fin van a ver que no miente. Como ya tienen el terreno preparado, una tarde van a casa de su abuela a recogerlas. Son cuatro hembras y dos machos que ya están muy grandes.

—Mamá, ¿cómo distingues a las hembras de los machos? —pregunta Guille.

   Las hembras tienen  un tamaño doble al del macho y la cola ancha y

corta;  los machos la tienen estrecha y larga —le responde.

Han llevado una caja grande para meterlas y su abuela se ha puesto un poco triste porque a ella le gustaba  mucho cuidarlas.

—No te preocupes abuela que, en cuanto críen, te traemos alguna para que te hagan compañía —le dice Guille para consolarla.

Ya las tienen en casa y van a ser Guille y Pablo los que se encarguen de alimentarlas. Les ponen lechuga, rúcula y canónigos, las verduras que  más les gustan. Una mañana cuando han ido a darles la comida han visto que una de ellas tiene dos bultos en los oídos y casi no puede mover la cabeza. Tampoco la puede meter dentro de la concha porque la tiene tan inflamada que no le cabe.

—Bonita se ha puesto enferma, vamos a separarla de las otras. La pondremos en una caja con tierra y comida y veremos qué pasa —les dice su madre un poco preocupada.

Bonita fue la primera cría de tortuga que nació en casa de su madre cuando ella todavía era soltera. Le costó mucho trabajo sacarla adelante, por eso la tienen mucho cariño. Como ven que han pasado dos días y la tortuguita no tiene ganas de comer, la mamá dice a los niños:

—Esta tarde, cuando vuelva de trabajar, la vamos a llevar a la veterinaria.

Por la tarde cogen a Bonita en su caja y van a la consulta.

La veterinaria mira a la tortuga, pero parece que no sabe mucho de las afecciones de estos animales.

—Lo siento,  pero no sé qué enfermedad puede tener vuestra tortuga. Tenéis que llevarla a la Facultad de Veterinaria, allí hay un departamento especializado en animales exóticos —les dice disculpándose al ver que no puede solucionarles el problema.

Piden hora como si fueran a ir al médico y el veterinario les dice al verla:

—L[i]a tortuga tiene una gran infección de oídos, sino la  operamos se morirá.

Bonita tiene cada vez más hinchada la cabeza, los niños no quieren que  se muera y empiezan a llorar cuando  le oyen. Al verlos así, su mamá le pregunta al veterinario  cuándo puede operarla:

—Puedo el viernes a las ocho de la mañana —le contesta—. Mientras cuídenla mucho. Que coma rúcula, canónigos y brócoli, porque son verduras que tienen mucho alimento.

Le han puesto toda la comida que les ha recomendado, pero la tortuga se encuentra mal y casi no come. Todos están muy preocupados. Cuando llega el día fijado, a las ocho en punto, Mayca y Guille están en la Facultad de Veterinaria para dejar a Bonita. Pablo no ha podido ir porque se ha resfriado y tiene mucha tos, así es que se ha quedado con sus abuelos.

 El profesor les tranquiliza y les dice que no se preocupen que todo va a salir bien; ellos se van más tranquilos. Por la tarde suben a por la enferma:

—Tenía una infección tan fuerte que si no la hubiésemos operado, se hubiera muerto sin remedio  —les dice el profesor.

Después de escuchar todas las recomendaciones para su cuidado, se la llevan  a casa. El veterinario les ha dicho que la bañen en una piscina pequeña porque ellas hacen caca en el agua.

—Todavía no tiene ganas de comer, le dolerá la mandíbula y por eso no quiere abrir la boca —dice Guille a Pablito.

Pasan los días y se la ve más contenta. Se baña y hace todas sus necesidades en el agua.  

—Eso es señal de que está comiendo, Bonita está fuera de peligro, la pondremos junto a sus hermanas —comenta Mayca, muy feliz  al verla  sana y salva.

Está entrando el otoño. Dentro de poco, el frio aparecerá y todas las tortugas hibernarán. Se esconderán entre la tierra y dejaremos de verlas durante todo el invierno  —le dice la mamá a Pablo.

—¿Y cómo comen si están enterradas? —pregunta Pablo.

—Durante este tiempo las tortugas están como dormidas y no necesitan comer. Eso les pasa a muchos animales, por ejemplo a los osos –-le explica Guille a su hermano.

—¿Al oso Yogui también?

—Sí, y a Bubu —añade Guille riéndose con la ocurrencia de su hermano Pablo.

 Guille ya lo sabe  porque es más mayor y ha visto que todos los años ocurre lo mismo con esos animales, pero Pablito no.  Ahora, como ya va a cumplir cuatro años su mamá empieza a explicarle algunas costumbres de los animales para que vaya aprendiendo  lo maravillosa que es la naturaleza que les rodea.




.

martes, 11 de diciembre de 2012

Los chupetes y los tres Reyes Magos Cuento de Navidad

Dibujo reciclado de otro cuento hecho por mi nieto Guille (10 años)
                         
Este cuento está dedicado a las personas a las que se les ocurrió la feliz idea de buscar un sitio adecuado para que los niños pequeños pudiesen dejar sus chupetes cuando se hicieran mayores. ¡Qué mejor lugar que un árbol para colgarlos! A estos árboles les llaman ahora Los Árbloles de los chupetes. Entre esas personas se encuentran dos seres encantadores : La gallina pintadita Carmen y Marga Lama; las dos se han esforzado mucho para llevar este proyecto a cabo.
Un abrazo para ellas y

FELIZ NAVIDAD

Los chupetes y los tres Reyes Magos

Tres siluetas se adivinaban en la lejanía. Montadas en bonitos caballos avanzaban solemnemente  seguidas por una multitud de pajes y camellos  que, cargados con infinidad de regalos, se iban acercando según la noche se hacía más negra.

Melchor iba delante y su voz se oía cansada:

—¡Qué gana tengo de repartir todos los juguetes y volver a nuestro palacio! Cada vez estoy más viejo y el cansancio de esta noche luego me dura algunos meses. Tengo que estar varios días metido en ese menjunje de pétalos de rosas, pensamientos y alcohol para que se me quiten los dolores de las piernas. Luego mi fiel Said me frota con gel de aloe que es tan bueno para  curar las grietas de los pies y, así, me voy recuperando poco a poco. Si no fuera por al amor que les tengo a los niños, y porque sabemos la ilusión que les hace que vayamos esta noche a visitarlos, no tendría fuerza para llevar a cabo esta  empresa.

—Ttienes razón, este trabajo es muy duro;  por muy Magos que seamos, supone un gran esfuerzo realizarlo. Antes, cuando dejábamos los regalos, volvíamos a casa libres de peso y equipaje, pero  ahora… ¿qué  opináis  de la manía que les ha entrado a los padres y a los abuelos de decirles a los niños que nos tienen que dejar los chupetes para que nos los llevemos?  que si no, se quedarán sin regalos —añadió Gaspar. El año pasado regresamos a casa con 150 kilos de esa goma que a los peques les da por masticar.

—No seas protestón, Gaspar, acuérdate   que los reciclamos e hicimos unas magníficas pelotas con los nombres de los niños que nos regalaron sus chupetes y botaron tanto que llegaron hasta las estrellas —aclaró Baltasar. Ahora hay muchas estrellas que llevan los nombres de los peques. 

—Es una maravilla que con nuestro poder y la goma masticada de esos chupetes hayamos podido mandar hasta el firmamento los nombres de sus dueños. Yo creo que con los que recojamos este año, podríamos hacer lo mismo. Así no se quedará ninguna estrella sin nombre y por la noche los niños podrán hablar con ella y pedirle deseos.

Hablando y hablando, los magos llegaron a una encrucijada de caminos y entonces decidieron separarse. Cada uno sabía que sendero debía tomar, así que, seguidos por decenas de porteadores aceleraron la marcha para llegar a tiempo antes de que amaneciera.

Esa noche en todas  las casas reinaba un gran nerviosismo. Los niños habían cenado pronto y limpiado bien sus botas, habían puesto paja para los camellos y los caballos, y para los Reyes y sus criados: unos riquísimos trozos de turrón y tortas de Pascua. Además, en algunas casas había también sobre la mesa un chupete o dos. Los pequeños sabían que debían dejarlos para que se los llevasen, esa sería una señal de que se estaban haciendo mayores. Era la única forma de convencerlos de que debían abandonar esa costumbre de chupar y chupar cuando se hacían mayorcitos.

Después de varias horas de intenso trabajo, al despuntar el alba, se volvieron a encontrar en el cruce de caminos en donde se habían separado por la noche.

Todos los pajes volvían cargados con algunos sacos llenos de chupetes, todos menos uno, que no traía nada en su mochila.

Ilustración de Guille

—Parece que este año vamos a volver a hacer pelotas; habéis recogido un buen cargamento. Pero tú, Mohamed, ¿por qué no llevas ninguno? ¿Es que se te olvido traerlos?  —pregunto Gaspar— Se le han perdido los chupetes y también la casaca y el turbante —siguió el Rey muy enfadado.

—Yo, Señor —dijo preocupado el sirviente pensando  que le iban a regañar—, yo no tengo la culpa, además, si les cuento lo que  me pasó, tampoco me van a creer.

—Tú habla y veremos si nos convences o no —le ordenó Melchor.

 —Pues en Sevilla se rumoreaba que la culpa de que los niños no nos entregasen sus  chupetes es del reino vegetal que se ha hecho amigo del reino animal; vamos, eso es lo que por allí se oía.

—Pero, ¿qué acertijo es ese?, no hay quién te entienda.

—Ve como ya les decía yo que no me iban a creer. Majestad, parece ser que una flor, -reino vegetal-, se ha hecho amiga de una gallina, -reino animal-, y las dos juntas tienen unas ideas… ¿cómo diría yo?  un poco raras

—¿Una gallina y una flor? —dijeron todos los que le escuchaban soltando una carcajada.

 La gallinita es de mi sobrino Quique (5 años), la margarita, mía.

—¿Acaso las gallinas comen goma en lugar de trigo, y las flores hablan con los animales? —dijo en voz alta Hamed, otro de los pajes.

—Sí, sí, vosotros reíros, pero os voy a contar lo que me ocurrió cuando llegué a Sevilla. Empecé a repartir los juguetes y a darle de comer a los camellos con los alimentos que los niños nos habían dejado para ellos y, enseguida, me di cuenta de que en ninguna de las casas había chupetes para recoger. Entonces le pregunté a un mendigo que estaba en la calle casi sin ropa, me dio tanta pena que le di mi casaca para que se protegiese del frio y el turbante para que con el rubí que llevaba prendido pudiese comprar todo lo que necesitaba para subsistir.

—Oiga, buen hombre, ¿es que aquí en Sevilla los niños no usan chupetes para dormir? No me han dejado ninguno para llevarme —le pregunté

—Claro que tienen  chupa y algunos llevan enganchados dos o tres en el cuello, pero desde que el reino vegetal se ha hecho amigo del reino animal todo ha cambiado.

—Y dale con el acertijo, ¿se quiere explicar bien de una vez? me van a volver loco—le dije ya un poco enfadado con tanta palabrería.

—Mire, yo, a veces, voy a un parque que está por aquí cerca, el parque de los descubrimientos-, y he oído decir que una gallina pintadita se ha hecho amiga de una flor  y, ya se sabe qué  puede salir del cerebro de un ave aconsejada por una flor. Pues una idea un poco loca: han tenido la idea brillante de que los niños pequeños cuelguen sus chupetes en un árbol según se vayan haciendo mayores, así que ellas son las causantes de que no hayas encontrado ningún chupete por la ciudad.

—¿Una gallina pintadita? Pintadita ¿de qué?

—Ah, pues no sé, será pintadita de colores, creo que la gallina se llama Carmen. A lo mejor esa gallina es la que pone los huevos de Pascua, todos llenos de colorines, porque la gallina pintadita pondrá huevos ¿no cree? —preguntó el mendigo

 —¿Y la flor? —le pregunté.

—-La flor se llama Margarita.

—Cuando oí todo lo que me contaba y que encima le habían puesto  nombre a la gallina y a la flor, os digo de verdad que pensé que el mendigo se estaba riendo de mí —aclaró el paje—. Me pidió que le acompañase, que me iba a enseñar en donde estaban todos los chupetes de la ciudad y entonces nos acercamos al parque   en donde había un pequeño árbol. Vi como de   él colgaban los chupetes como si fuesen frutas maduras El mendigo me dijo que muchos días, las mamás se acercaban con sus niños y estos con lágrimas en los ojos  dejaban sus chupetes colgados del árbol, pero después, ellas les contaban cuentos o les leían poesías a sus pies  y todos se ponían muy alegres; miraban a  las ramas y se sentían protegidos por estas. Después de esta ceremonia se daban cuenta de que ya se estaban haciendo mayores y a partir de ese momento el chupete no tenía que estar en sus vidas.  Si  alguno seguía llorando y diciendo:

El árbol de de mi nieto Pablo, hermano de Guille, 6 años.

—¡Quiero mi chupete, quiero mi chupete! significaba que todavía no era lo suficientemente mayor como para desprenderse de él. Tendría que volver algunos meses más tarde.

Melchor se quedó pensativo, quería saber qué tenía que ver una gallina en todo ese embrollo y encima aconsejada por una margarita, pero se les estaba haciendo tarde y debían volver, ningún niño debía verlos, sino, se rompería el hechizo y todos los juguetes desaparecerían.

—Queridos Gaspar y Baltasar ¿qué pensáis de todo lo que nos ha contado este chiflado de Mohamed? ¿De verdad creéis que una gallina va a tener la idea   de que cuelguen los chupetes en un árbol, que sea amiga de una margarita y, además que se llame Carmen? Vamos ¡una gallina llamada Carmen!

—Melchor, es una pena que tengamos que volvernos enseguida, yo creo que Mohamed se ha perdido por Sevilla o se le ha olvidado recoger los chupetes. De todas formas tendremos los suficientes para seguir mandando nombres a las estrellas, —comentó Baltasar—. Aunque pensándolo bien no es mala idea esa del árbol de los chupetes. En cuanto hayamos regresado y descansado unos días, enviaremos a alguien de confianza para que investigue y nos aclare todo este lío; con todos los chupetes que llevamos podríamos hacer no un árbol, sino El bosque de los chupetes.

Dejaron de hablar y empezaron el viaje de regreso, les quedaba mucho camino por delante, pero a los tres les había calado la idea de la flor Margarita y de la gallina Pintadita Carmen.

 

 

 









Las ilustraciones
Ahora, voy a hablaros de los niños que han hechos las ilustraciones:
En primer lugar ni nieto Guille, 10 años: Ha reciclado el dibujo de los Reyes que me hizo para otro cuento y le ha agregado el camello. También ha dibujado al paje con el carrito de chupetes.
Pablo: mi otro nieto de 6 años, nos ha obsequiado con el ärbol de los chupetes; también le ha quedado precioso.
Mi sobrino Quique, con solo 5 años, nos ha regalado La gallina pintadita. os digo de verdad que cuando le ví con qué gracia la dibujaba me quedé con la boca abierta.
Por último yo misma hice la margarita. Me entraron ganas de dibujar al ver a los niños lo bien que lo estaban haciendo. Lo pasamos estupendamente.
Les doy las gracias por ponerme el blog tan bonito.