Mensaje de bienvenida

¡Y sin embargo algunas personas dicen que se aburren!¡ Démosles libros!¡Démosles fábulas que los estimulen!¡Démosles cuentos de hadas! Jostein Gaarder

martes, 25 de agosto de 2020

LA BARQUITA ABANDONADA






A MI QUERIDO MAR MENOR, QUE TANTA BELLEZA NOS HA DADO Y TANTO DAÑO HA RECIBIDO A CAMBIO.



 


La barquita abandonada

 

La barca está abandonada

ya no tiene capitán,

en el Mar Menor no hay peces

ni nada para pescar.

El capitán está triste,

no deja de recordar

sus redes llenas de peces

que la laguna salada

le solía regalar.

 

miércoles, 19 de agosto de 2020

ESPECIAL DÍA DEL NIÑO O DÍA DE LAS INFANCIAS


Aquí os muestro una charla entre amigas, Norma Lugo y Conchita Bayonas.. Amigas recientes que hemos tenido la suerte de encontrarnos en las redes gracias a que a las dos nos encantan las historias.  Tanto contarlas  como escucharlas. 
Norma os contará una historia preciosa de una ranita y yo un cuento de un gigante al que le gustaba mucho leer.
Espero que os guste mucho. 

lunes, 17 de agosto de 2020

LOLO, SEMANA DE EDUCACIÓN ESPECIAL: TEA (trastorno del espectro autista), TEL (trastorno específico del lenguaje) y TDAH(Deficit de atención con hiperactividad)

 

Lolo

         

            Acababa de empezar un nuevo curso y mis compañeros y yo teníamos muchas ganas de vernos para hablar sobre lo que habíamos hecho este verano. La seño nos tenía reservada una sorpresa.

— Va a venir un nuevo compañero a clase. Se llama Lolo. Veréis que es  muy independiente; a veces, no para de moverse de un lado a otro. No debéis insistirle si no quiere jugar con vosotros. Ya lo hará cuando se sienta seguro.

—Total, un antipático y un rarito —dijo Diego—. Con la gana que tenía de que viniese otro niño más para ser once. Con el nuevo no podremos formar  el equipo. ¡Los de sexto nos ganan siempre!

            —Diego, esa no es la actitud que os pido que tengáis hacia él —le   increpó doña Ana—.  Es un poco diferente y tenemos que aceptar su forma de ser, lo mismo que él se tiene que acostumbrar a la nuestra. Intentad no gritar mucho para no ponerle nervioso; no le molestes y todo irá de perlas.

            —Lo que digo, tonto de remate.

            —¡Solo te lo voy a decir una vez más! Tenemos que intentar ser amigos suyos, pero cuando él nos lo pida —le volvió a reprender la profesora.

            Todos los niños estábamos impacientes esperando que llegase el día siguiente para conocer a Lolo. La profesora me  llamó a su mesa:

            —Carlos, lo voy a poner a tu lado; sé que tú cuidarás de Lolo y, al final, te harás su amigo.

            Yo le   contesté que sí, pero que creía que iba a ser  difícil. Luego me  acerqué a mi amiga Paloma y le  conté lo que me había encargado la seño.

            —No te preocupes, entre los dos lo cuidaremos —me dijo mi amiga, tranquilizándome

.

-

            Por fin llegó Lolo, le  acompañaba su madre y entre ella y doña Ana le  enseñaron todos los rincones de  la clase para que la conozciese, luego lo han sentado entre Paloma y yo.

            —Hola Lolo, me llamo Carlos y ella es Paloma.

            Ni siquiera nos  miró;  siguió todo el rato, dibujando.

            Por fin  llegó la hora de salir al recreo. Cogimos los bocatas organizando mucho alboroto, entre el ruido de la sirena y el griterío de los niños se armó mucho jaleo.

            La cara de Lolo se transformó, se puso las manos en los oídos, apretando fuertemente y empezó a gritar moviendo la cabeza de derecha a izquierda:

            —¡Ay, ay, ay, ay, ay!

            La profesora se acercó corriendo para  intentar tranquilizarlo y con un gesto nos hizo salir al patio.

 Después de este día, cuando llega la hora del recreo y va  a sonar la sirena, Paloma y yo nos metemos debajo de la mesa y nos tapamos los oídos. Él ha empezado a hacer lo mismo y ya no grita.

            Por fin  Lolo ha salido al recreo. Ha tardado más de una semana en decidirse, lo ha hecho cuando la clase ya estaba vacía. Ha estado un rato en la puerta observando el patio, se ha fijado en un árbol muy frondoso que hay en el centro y se ha puesto a dar vueltas alrededor de él.

            —Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve. Al llegar al nueve  cambia la dirección  hacia el otro lado.

            Lolo ha dejado el bocadillo en el suelo.

            —¿No te comes el bocadillo? —le pregunto.

            —Es de jamón de york. No me gusta el jamón de York —dice mientras sigue contando, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, y vuelta a empezar.

            —¿Quieres el mío de nocilla? Te lo cambio.

            —La nocilla me gusta —me dice mientras lo coge.

            Después de comérselo vuelve a dar vueltas al árbol. Diego desde el otro lado del patio se ha dado cuenta de lo que hace Lolo.

            —Eh, Lolo, ¿es que no sabes más que contar hasta nueve? ¡Ya eres mayorcito para saber contar!

            Lolo sigue girando y girando.

            —Lo que yo os digo, es un tonto integral.

Paloma y yo nos hemos enfadado con Diego y con su grupito

Siempre lleva  a cuatro o cinco niños  pegados  como si fueran moscas.

—Si volvéis a meteros con él se lo diré a la profesora.

            —¿Es que ahora eres su niñera?

            Me he acordado de lo que dice mi madre: “dos no se pelean si uno no quiere” y  Paloma y yo nos hemos ido sin hacerle caso; Lolo nos ha seguido.

            Hoy la señorita nos ha dado un folio en blanco y nos ha dicho que dibujásemos lo que quisiéramos. Yo he dibujado un coche de carreras, me encantan; Paloma, un caballo, de mayor quiere ser veterinaria y Lolo ha empezado a dibujar un diplodocus.  Diego, que cree que no hay nadie mejor que él dibujando dinosaurios, cuando termina, se levanta y nos enseña su dibujo muy eufórico.

            —¡Tachan! Señoras y señores, aquí tienen al dinosaurio carnívoro más grande que existió, el Tyrannosaurus Rex.

            Lolo levanta la vista de su dibujo y dice:

            —El dinosaurio carnívoro más grande que existió fue el Spinosaurus. Medía entre quince y dieciocho metros de longitud y  el Tyrannosaurus Rex no superaba los doce.

            —¡Anda el listillo! Y ¿por qué sabes tantas cosas del Spinosaurus? —le pregunta Diego—.

Lolo no hace caso, y sigue:

            —Pesaba nueve toneladas, su cabeza se parecía a la de los cocodrilos y tenía una vela dorsal que le recorría toda la espalda.

             Con una facilidad asombrosa Lolo le dibuja  uno.

            Diego se ha quedado entre chafado y asombrado y a la hora del recreo se ha pegado a Lolo como si fuera una lapa; hasta se ha puesto a dar vueltas al árbol. No paraba de hacerle  preguntas sobre  el mismo tema:

            —Oye, Lolo pues seguro que sabes cuál era el dinosaurio herbívoro más grande que existió ¿verdad?

            —Sí, el Patagotitán. Pesaba setenta y seis toneladas

            —¿Y sabes dónde se encontraron sus huesos?

            Así, sin parar, una pregunta detrás de otra.

            Los dos siguen dando vueltas al árbol. Diego preguntando y Lolo respondiendo sin mirarle casi. Hoy Lolo ha dejado de contar para  hablar de un tema más interesante.

            Diego ha aprendido mucho de dinosaurios, también,  que  en la clase, desde ahora, hay otro chico que sabe más que él sobre ese tema. Lolo le puede enseñar muchas cosas sobre esos animales que le fascinan. Será mejor hacerse su amigo. Al final la señorita tiene razón: Lolo no es antipático ni tonto como él pensaba, es solo diferente.

            Desde hoy, Lolo, ya tiene otro amigo, y si te asomas al patio verás que durante el recreo  hay cuatro niños girando y girando alrededor del árbol más frondoso del colegio.

 

 

 

 

 

   

            

 

 

 

 

 

jueves, 23 de julio de 2020

EL NIÑO Y EL DELFÍN.





—Mamá llévame hasta el mar,
tengo un amigo delfín
con quien quiero ir a jugar.

—Los delfines nunca juegan
con los niños de verdad.

—Que sí mamá, cuando duermo
  en sueños se me aparece
 y me dice que me espera
mientras juega con las olas
mientras ríe con el viento.
 Que tiene muchos tesoros
escondidos en el mar:
un cubo de caracolas,
 anclas de barcos hundidos,
erizos con muchos pinchos,
 y algas,   estrellas, corales
con los que puedes   hacerte
infinidad de  collares.

La madre escucha a su niño
y  una pena le ha llenado
de repente el corazón.

Está tan ilusionado
que piensa solo en jugar
sin darse cuenta que el mar
 encierra muchos peligros
que él no puede imaginar.

La madre espera que el niño
vuelva otra vez a soñar
Y en sus sueños se ha colado
para rogar al delfín
 que olvide a su niño ya.

—Deja a mi niño delfín,
él no se puede marchar;
tiene que quedarse en tierra
y jugar con su mamá.

Si su hijo la abandona
de pena se morirá.


El delfín ha comprendido
 la pena de su mamá
 y se ha ido a otro lugar
para jugar en el mar
con delfines de verdad.



ANNA CON DOS ENES, SEGUNDA PARTE





Antes de que se diera cuenta, ya estaban de vuelta sus compañeras, y ella se había quedado sin recreo, y sin ensayo del baile de final de curso y, encima, no había podido rectificar casi ninguno de sus cuadernos. Por un momento, solo por un momento, se arrepintió de haberse cambiado de nombre, pero enseguida pensó que en cuanto tuviera arregladas todas las etiquetas de su material escolar estaría muy satisfecha.
Doña Rosa, al entrar en clase, le preguntó:
         —Ana, ¿ya has arreglado los forros?
 An-na, un poco nerviosa, no tuvo más remedio de decirle que todavía le quedaban muchos nombres que rectificar.
 An-na estaba deseando llegar a casa para pedirle a su madre que la ayudase a marcar de nuevo la ropa del colegio, su seño no iba a decir nada en el cole hasta que la llevase bordada con su nuevo nombre, pero cuando llegó se encontró con que su madre estaba preparada para salir, su abuela  se encontraba indispuesta.
         —Ana, ¿te podrías quedar un momento sola  al cuidado de tus hermanos mientras viene Luisa? Tengo que ir a ver a la abuela sin falta.
         —¡Mamá! Yo quería que me ayudases a marcar la ropa de nuevo.
La madre de An-na ya no se acordaba de lo que le había dicho su hija  por la mañana y se quedó un poco sorprendida.
         —¿Marcar? ¿El qué?
An-na, que tenía enfrente a sus dos hermanos mirándola como dos gatos esperando a saltar sobre ella, le hizo un gesto a su madre  arqueando las cejas y mirando de reojo a los niños para que no metiese la pata delante de ellos, todavía no quería que se enterasen de su gran secreto:
         —Mi nombre nuevo, mamá, ¿es que ya no te acuerdas de lo que te he dicho esta mañana?
         —Ah, sí, eso de que te quieres llamar An-na con dos enes —dijo su madre sin caer en la cuenta de que los niños estaban delante.
Vamos, es que su madre no había tenido la menor delicadeza;  ahora se reirían  de ella y tendría que aguantar sus bromas durante  toda la tarde.
         —Mirándolo bien, cuanto antes lo sepan mejor.
Dirigiéndose a ellos les habló enérgicamente:
         —Bueno, para que lo sepáis, a partir de ahora me vais a llamar An-na con dos enes. Así que empezad a practicar porque si no suena bien no os voy a hacer caso.
Los gemelos empezaron a desternillarse  de risa y a revolcarse por el suelo como dos monos; ella no podía soportarlos cuando se ponían tan tontos. Inmediatamente se inventaron una rima a la que pusieron una melodía bastante machacona para poderla cantar:
Tú eres An-na  An-na,
la niña  que tiene un león
atado con una hebra de lan-na;
tú eres An-na An-na,
la niña que tiene un león atado
con una hebra de lan-na.
En ese momento empezó una batalla campal en el cuarto de estar; los chicos dando vueltas  a su alrededor como si fuesen indios, y ella con las manos puestas en las orejas  para no escucharlos, cantaba a voz en grito otra canción  que le había enseñado su profesora de música esa misma mañana:
La farola de palacio se está muriendo de risa
al ver a los estudiantes
con corbata y sin camisa,
¡Ay! chundala calacachundala…
¡Ay! chundala calacachún
¡Ay! chundala como me rio con todo mi corazón.
Su madre, ante el jaleo que estaban armando, castigó a Andrés y a Luis en su habitación, y a ella le aconsejó que no les hiciera caso.
         —Mira, hoy  no puedo ayudarte, pero aquí tienes el costurero; coge  cinta blanca y borda  a cadeneta tu nombre. Antes, escribe el nombre con un boli y luego solo tienes que   repasarlo con la aguja; ya tienes edad para hacerlo;  ha sido idea tuya cambiarte de nombre. Si eres mayor para decidir eso, también lo eres para lo demás.
A la niña se le iba un color y le venía otro al escucharla.
         —Pero mamá…, yo pensaba que me ibas a ayudar tú. No me acuerdo cómo se hace la cadeneta.
         —Mira hija, tu abuela está mala, no tengo más remedio que ir a visitarla. Si quieres lo hacemos este fin de semana.
Era martes, hasta el fin de semana quedaban muchos días y la señorita le había dicho que mientras no trajese todo marcado de nuevo no le iba a decir nada a sus compañeras; no podía esperar tanto, tendría que intentarlo ella sola.
Cuando su madre salió, An-na  llamó a sus hermanos:
         —Luis, Andrés, venid un momento.
         —No podemos An-na, estamos castigados por tu culpa —le dijeron desde su dormitorio, sabiendo que  les iba a pedir algún favor.
¡Ay! Cómo le molestaba  que le hablasen con ese tonillo. Lo hacían para  fastidiarla.
Dese luego, como todos los hermanos del mundo fueran como los suyos…Los demás tendrían que ser  muy distintos, de otro modo los hermanos solo servían para molestar y ella, además, los tenía a pares.
 Respirando  hondo se acercó a su habitación y llamó a la puerta:
         —Puedo pasar? preguntó amigablemente.
         —¿Eres An-na, la del león? —preguntó Luís. Su hermano Andrés, al oírlo, no pudo aguantarse la risa.
         —¡Oye! Si empezamos así me voy y no os propongo un trato que seguro os iba a interesar.
Los gemelos,  al oír lo del trato abrieron la puerta y preguntaron:
         —¿Qué trato?
Entonces An-na les propuso que, si se querían ganar una propina, tenían que ayudarla a forrar de nuevo los libros. Les contó todo el trabajo que tenía que hacer para conseguir que su profesora se tomase en serio lo de su nuevo nombre.
         -—Mientras yo coso mi nombre a cadeneta, vosotros podéis bajar a la papelería, comprar forros y etiquetas nuevas y ayudarme  para que lo termine todo pronto.
         —Dos euros por libro —le expuso inmediatamente su hermano Andrés.
         —¡Pero tú estás loco! Yo no tengo tanto dinero, además tengo que pagar el forro también.
Luís que era un poco más comprensivo le dijo:
         —Venga, un euro por libro y te pegamos las etiquetas con tu nuevo nombre.
La niña hizo las cuentas y  le pareció que tenía  suficiente dinero en la hucha para pagarles. Cogió el cerdito de barro y un martillo, y al darle el primer golpe fue como si se lo hubiesen dado a ella; nunca pensó que le costase tanto desprenderse de sus ahorros y de su cerdo, al que ya le había cogido cariño  a fuerza de verlo colocado en la estantería de su habitación.  Adiós a sus propinas, solo tenía quince euros y más o menos calculó que sería  eso lo que necesitaba. Bueno, todo lo daba por bien empleado, mañana sería una persona diferente.
Esa tarde los tres trabajaron mucho, pero los resultados no fueron los que ella esperaba.  No se podía decir que los gemelos fueran muy mañosos, los  forros de los libros parecía que se habían peleado  unos con otros  y la letra de las etiquetas era horrible. Por otro lado ella intentó bordar a cadeneta su nombre en el babi y en la rebeca, pero no se acordaba bien  de cómo se hacía. Solo faltaba la guasa de sus hermanos:
         —¿Qué pone aquí? ¿Anna o anno? Vaya una A  mayúscula, si parece una T —decía Andrés.
         —¡Qué no! No ves que dice  Rama, ¡ah no! dice Cama —le contestaba Luís siguiéndole la broma.
An-na se enfadó mucho cuando empezaron a reírse de ella. Cuando vio que todo lo que habían hecho esa tarde había sido un desastre, que  todavía le faltaba la bolsa del bocadillo por marcar y el chándal,  y además que se había quedado sin sus ahorros le dio una  rabia  tremenda. Los gemelos seguían con la guasa, así que  quiso pagar con sus hermanos su enfado y al salir corriendo detrás de ellos tropezó con la caja de los hilos de su madre que se cayó de la mesa quedando todo esparcido por el suelo.  An-na  se echó a llorar amargamente.
Cuando llegó su madre se encontró el salón hecho un desastre.Tuvieron que recoger todo lo que estaba por la alfombra,  y aguantar el chaparrón que les vino después, porque su madre había dejado la casa ordenada.
         —Ana, parece que no me puedo fiar de ti; creía que si eras mayor para algunas cosas, podías hacerte cargo de tus hermanos. No debí dejaros solos.
 Cuando terminaron de ponerlo todo en su sitio, estaban muy cansados. Menos mal que había natillas de postre. Ana se acostó casi sin cenar del disgusto que tenía.
En su habitación, An-na, llorando, comprobaba que todo lo que  había hecho   le había salido mal y además lo tendría  que repetir; le daba vergüenza ir al colegio con los libros tan mal forrados, y con un nombre bordado en el babi que nadie sabía lo que quería decir;  la verdad es que era demasiado cansado ser diferente.
La madre entró en su habitación para consolarla.
         —Ana, no llores cariño. Si quieres ser una chica distinta, no debes dejar que las contrariedades puedan contigo. Mañana te llevas el otro babi al cole y espérate, como te había sugerido, hasta el fin de semana;  no pasa nada por estar unos días más sin ser diferente. Para mí eres única; no hay otra niña igual en el mundo, eres más original de lo que tú te piensas.  Venga, dame un beso y duérmete tranquila. Buenas noches.
La madre le secó las lágrimas con el embozo de las sábanas y salió de la habitación.
Ana se quedó pensando en lo que su madre le había dicho. Quizá sí que era diferente y,   total, qué más daba una n más o menos en su nombre. Esperaría unos días más; bostezó y se dio cuenta de que era un poco tarde; apagó la luz  y, en seguida, se quedó dormida.


domingo, 12 de julio de 2020

ANNA CON DOS ENES. PRIMERA PARTE.





Ana, con una sola ene, era una niña normal, corriente, como todas las niñas y todos los niños que estáis leyendo esta historia. Tenía unos ojos y un pelo castaño corrientes, unas pecas graciosísimas corrientes y una estatura corriente: ni muy alta ni muy baja. Sus  notas también eran del montón, siempre suficientes con algún bien por en medio para no hacer demasiado aburrido su libro de calificaciones, ¡ah! y dos hermanos gemelos corrientes que como todos los hermanos la molestaban continuamente cuando ella quería estar tranquila. Sin embargo, para  su tormento, no había en esta vida nada que  le fastidiase tanto como  ser una chica como las demás.
Ya había cumplido diez años y sus padres siempre le celebraban sus cumpleaños corrientemente como todos los padres del mundo hacen con sus hijos: les compran una tarta y le ponen una velita con el número de años que cumplen sus retoños. Eso a Ana le parecía de lo más normal, quizás un poco vulgar, y ella soñaba con algo diferente. Bueno, cuando cumplió siete años, la fiesta de su cumple fue un poco distinta porque sus tíos se disfrazaron de payasos y Ana y sus amigas se lo pasaron estupendamente.
Un día  Ana acompañó a su mamá a la peluquería y para entretenerse mientras  la esperaba cogió una revista de cotilleo como decía su madre. Al abrirla puso los ojos como platos. En grandes letras decía así:
         —Los marqueses de Cuchipán han celebrado el cumpleaños de su preciosa hija Rosalín en su casa de los Alpes franceses, siendo invitadas  grandes personalidades. Durante el evento, numerosos artistas, vestidos como los personajes de los cuentos, han hecho las delicias de los niños. Como broche final, el helicóptero de los marqueses sobrevoló la finca en donde estaban todos reunidos  y dejó caer desde el aire numerosos juguetes para los pequeños asistentes
¡Caray! Eso sí que era  un cumpleaños; no era nada, nada corriente. ¡Cómo le hubiese gustado tener una celebración de esas! Su fiesta no se parecía en nada a la que  le habían organizado los marqueses a su hija.


Se acercaba el día en el que  Ana iba a cumplir once años y sus padres, conociendo el capricho de su hija de hacer cosas diferentes, sacaron entradas para el musical  de Annie y convidaron a un grupo de  sus amigas. Los pobres no sabían en el lío en que se habían metido porque a su hija mientras veía a la pobre Annie  y a los otros actores sufrir, reír, cantar y bailar en el escenario se le fue llenando la cabeza de ideas que revolucionaron un poco su vida corriente.
Esa noche Ana no podía dormir pensando en todas  las sensaciones que acababa de experimentar mientras estaba sentada en la butaca del teatro. No hacía más que dar vueltas en la cama, una cama corriente, sin dosel como los que tienen las princesas de los cuentos que tanto le gustaban. Entre vuelta y vuelta pensaba:
         —A Annie le pasan esas cosas tan emocionantes porque es distinta de las demás: es pelirroja, su pelo es  de un rojo intenso; el pelo marrón, como el mío, es muy aburrido, aunque tiene muchas pecas como yo.Al darse cuenta de ese detalle se puso muy contenta.
Siguió pensando en las diferencias y similitudes que tenía  Annie si la comparaba con ella.
         —El vestido rojo que llevaba sí que   la hace diferente del resto de las niñas. “¡Hay que ser muy valiente para atreverse a llevar el dichoso vestidito!” pensó. En eso no me parezco a ella, a mí el vestido me parece horroroso, aunque claro no es nada corriente. En ese momento cayó en un detalle que la lleno de alegría.
         —¡Hombre, en lo que sí me parezco a ella es en el nombre! Pero enseguida se dio cuenta de otro detalle que la entristeció.
           —Aunque el mío es Ana a secas, si al menos llevase dos enes como el de Annie.      
 Ana estaba muy disgustada, de repente se había dado cuenta de que no le gustaba nada, nada, su nombre. Estaba segura de que en el momento de ponerles el nombre al nacer  ya se señalaba para siempre a las niñas normales de las que no lo eran.
         —Ahora recuerdo que  un día mi profesora dijo en clase que los nombres imprimían carácter en las personas.

 Al principio, no entendió lo que eso quería decir, pero le gustó mucho la frase. Si le hubiesen puesto Genoveva, Alejandra,  o Cintia como la vecina de arriba, la cosa hubiese ido mejor; esos nombres tenían tanta fuerza que solo con que le hubiesen  bautizado con cualquiera de ellos hubiera sido una chica diferente, pero cuando sus padres  le pusieron por  nombre Ana empezó a ser una chica del montón. ¡Ana!, un nombre con tres letras era una cosa tan simple… 
         —¡Cómo me gustaría llamarme Desiré!  Aunque tampoco estaría mal ser Alejandra, pero Ana…es tan corto.
 De repente, dejó de dar vueltas y se le encendió una bombilla en su cabeza que  casi  iluminó la habitación aunque era de noche, así que, cuando su madre fue a despertarla esa mañana para ir al colegio, ella ya estaba totalmente espabilada. Sin esperar a saludarla, le dijo:


—Mamá, a partir de ahora no me llames Ana a secas, por favor,  llámame  An-na, con dos enes, como la protagonista del musical que vimos ayer.
Eso ya era otra cosa, esa  doble ene  le daba más prestancia a su nombre. Después de recapacitar pensó que al llegar al colegio tendría que avisar a sus profesores y a sus compañeros del cambio que su vida iba a experimentar a partir de ese momento.
 La madre de Ana, perdón, de An-na, se quedó sorprendida ante la determinación que había tomado su hija, pero ella la conocía mejor que nadie y sabía que, aunque   la niña pensaba que era del montón, en realidad tenía una personalidad tan fuerte que la hacía diferente del resto.
 Ese día, cuando  An-na entró en la clase, se dirigió a su señorita y, después de darle los buenos días, le dijo:
         —Buenos días, doña Rosa, tengo que pedirle un favor -le susurró muy bajito.
         —Tú dirás.
     —A partir de ahora me gustaría que, tanto usted como todas mis compañeras, me llamasen An-na con dos enes; es un nombre que me gusta mucho más, y es menos simple que Ana a secas.
Doña Rosa, que ya estaba acostumbrada a las genialidades de su alumna, se la quedó mirando pensativa durante unos instantes y  enseguida le dijo:
         —No tengo ningún inconveniente querida, en llamarte An-na, pero para evitar confusiones, tendrás que cambiar todos los nombres a las etiquetas de los forros de tus libros, del casillero y  de tu  mochila  y, por supuesto, habrá que marcar de nuevo tu babi, la bolsa del bocadillo, la rebeca, y la ropa de deporte. Vas a tener mucho trabajo esta mañana. No le diremos nada a tus compañeras hasta que hayas cambiado los nombres de todas tus cosas no vaya a ser que te arrepientas. ¿Te parece bien?
         An-na no iba a arrepentirse de aquella decisión tan seria aunque lo que le había dicho su profe le había caído como un jarro de agua fría, ¡menudo trabajo!
       -—No se preocupe, no me pienso arrepentir, pero rectificaré encantada todos los nombres de mis cosas -le contestó muy contenta, sabiendo con certeza que, a partir de ese día, su vida iba a ser distinta, en resumen, menos corriente.
         Cuando llegó la hora del recreo todas sus compañeras salieron al patio y An-na, en lugar de comerse su bocadillo, que era  tan corriente como el de todos los días, pan con mortadela, se quedó arreglando las etiquetas de los libros y los cuadernos. Al principio, añadió una ene  más con rotulador encima de su antiguo nombre, pero eso quedaba un poco chapucero y, otra cosa no, pero limpia y ordenada era mucho más de lo normal, así que pensó en arrancarla y pegar otra en su lugar. Al intentarlo, el forro del libró, que era de papel corriente, como todos los forros de papel del mundo, se rasgó y tuvo que dejarlo para cuando llegase a casa. Tendría que comprar papel de nuevo para volver a forrar sus libros. Con los cuadernos fue un poco más fácil, al tener la tapa dura pudo despegar la etiqueta y pegar otra nueva en su lugar, con su nuevo nombre: AN-NA.