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| Después de la charla, durante la firma de libros. |
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| Con Ismael, uno de los tutores de 4º |
| Autor: Pablo Monteagudo |
| Autora:Susana Flores Riquelme |
AUTOR.MASSIMO VAN PASSEL FUSTEC
| Autor:Adrián Pérez Ruiz |
DESDE MUY PEQUEÑO
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| Después de la charla, durante la firma de libros. |
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| Con Ismael, uno de los tutores de 4º |
| Autor: Pablo Monteagudo |
| Autora:Susana Flores Riquelme |
| Autor:Adrián Pérez Ruiz |
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| Escudo de Alicante realizado con flores. |
| Plaza de abastos, mercado Central. |
| Puesto de pescado. |
| La Expalnada por la mañana |
| Explanada por la tarde. |
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| Fotografo en la explanada |
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| Artesanía con azucar. |
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| Juegos para niños en El Postiguet. |
| Castillo de Santa Bárbara desde la playa del Postiguet. |
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| Un paseo por la feria. |
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| Dibujos realizados por los niños y niñas de tercero de Educación Infantil. |
| Contando el cuento |
GUILLE Y PABLO
GUILLE Y LAS TORTUGAS
MORAS
Han pasado varios meses
desde que están en su nueva casa y Guille
quiere tener sus tortugas. Todos los días le pregunta a su mamá que
cuándo van a ir a recogerlas.
—Todavía no hemos
preparado bien el terreno —les dice siempre su padre.
Un día, harto de oírles protestar, se levanta temprano y
arregla toda la zona en dónde van a vivir sus tortugas. Remueve la tierra para
que esté blanda y cuando llegue el invierno se puedan esconder fácilmente, les construye
una cueva, les pone una valla de madera para que no se salgan de su sitio.
Además ha plantado muchas hierbas aromáticas: romero, tomillo, lavanda y aloe,
y ha hecho unos agujeros en la tierra en donde ha puesto unos platos hondos con
agua para que se puedan bañar.
—Papá, los niños de mi
clase no se creen que a las tortugas de tierra les guste el agua. Me dicen que
me he inventado eso de que se bañan —le comenta Guille un poco enfadado.
—No te preocupes,
cuando las tengamos aquí, los traes un día
para que vean que es verdad lo que dices.
Guille se pone muy
contento al oír a su padre, por fin van a ver que no miente. Como ya tienen el
terreno preparado, una tarde van a casa de su abuela a recogerlas. Son cuatro
hembras y dos machos que ya están muy grandes.
—Mamá, ¿cómo distingues
a las hembras de los machos? —pregunta Guille.
— Las hembras tienen un tamaño doble al del macho y la cola ancha
y
corta; los machos la
tienen estrecha y larga —le responde.
Han llevado una caja
grande para meterlas y su abuela se ha puesto un poco triste porque a ella le
gustaba mucho cuidarlas.
—No te preocupes abuela
que, en cuanto críen, te traemos alguna para que te hagan compañía —le dice
Guille para consolarla.
Ya las tienen en casa y
van a ser Guille y Pablo los que se encarguen de alimentarlas. Les ponen lechuga,
rúcula y canónigos, las verduras que más
les gustan. Una mañana cuando han ido a darles la comida han visto que una de
ellas tiene dos bultos en los oídos y casi no puede mover la cabeza. Tampoco la
puede meter dentro de la concha porque la tiene tan inflamada que no le cabe.
—Bonita se ha puesto enferma,
vamos a separarla de las otras. La pondremos en una caja con tierra y comida y
veremos qué pasa —les dice su madre un poco preocupada.
Bonita fue la primera
cría de tortuga que nació en casa de su madre cuando ella todavía era soltera.
Le costó mucho trabajo sacarla adelante, por eso la tienen mucho cariño. Como
ven que han pasado dos días y la tortuguita no tiene ganas de comer, la mamá
dice a los niños:
—Esta tarde, cuando
vuelva de trabajar, la vamos a llevar a la veterinaria.
Por la tarde cogen a
Bonita en su caja y van a la consulta.
La veterinaria mira a
la tortuga, pero parece que no sabe mucho de las afecciones de estos animales.
—Lo siento, pero no sé qué enfermedad puede tener vuestra
tortuga. Tenéis que llevarla a la Facultad de Veterinaria, allí hay un
departamento especializado en animales exóticos —les dice disculpándose al ver
que no puede solucionarles el problema.
Piden hora como si
fueran a ir al médico y el veterinario les dice al verla:
—L[i]a
tortuga tiene una gran infección de oídos, sino la operamos se morirá.
Bonita tiene cada vez
más hinchada la cabeza, los niños no quieren que se muera y empiezan a llorar cuando le oyen. Al verlos así, su mamá le pregunta al
veterinario cuándo puede operarla:
—Puedo el viernes a las
ocho de la mañana —le contesta—. Mientras cuídenla mucho. Que coma rúcula,
canónigos y brócoli, porque son verduras que tienen mucho alimento.
Le han puesto toda la
comida que les ha recomendado, pero la tortuga se encuentra mal y casi no come.
Todos están muy preocupados. Cuando llega el día fijado, a las ocho en punto,
Mayca y Guille están en la Facultad de Veterinaria para dejar a Bonita. Pablo
no ha podido ir porque se ha resfriado y tiene mucha tos, así es que se ha
quedado con sus abuelos.
El profesor les tranquiliza y les dice que no
se preocupen que todo va a salir bien; ellos se van más tranquilos. Por la
tarde suben a por la enferma:
—Tenía una infección
tan fuerte que si no la hubiésemos operado, se hubiera muerto sin remedio —les dice el profesor.
Después de escuchar
todas las recomendaciones para su cuidado, se la llevan a casa. El veterinario les ha dicho que la bañen
en una piscina pequeña porque ellas hacen caca en el agua.
—Todavía no tiene ganas
de comer, le dolerá la mandíbula y por eso no quiere abrir la boca —dice Guille
a Pablito.
Pasan los días y se la
ve más contenta. Se baña y hace todas sus necesidades en el agua.
—Eso es señal de que
está comiendo, Bonita está fuera de peligro, la pondremos junto a sus hermanas
—comenta Mayca, muy feliz al verla sana y salva.
Está entrando el otoño.
Dentro de poco, el frio aparecerá y todas las tortugas hibernarán. Se
esconderán entre la tierra y dejaremos de verlas durante todo el invierno —le dice la mamá a Pablo.
—¿Y cómo comen si están
enterradas? —pregunta Pablo.
—Durante este tiempo
las tortugas están como dormidas y no necesitan comer. Eso les pasa a muchos
animales, por ejemplo a los osos –-le explica Guille a su hermano.
—¿Al oso Yogui también?
—Sí, y a Bubu —añade
Guille riéndose con la ocurrencia de su hermano Pablo.
Guille ya lo sabe porque es más mayor y ha visto que todos los
años ocurre lo mismo con esos animales, pero Pablito no. Ahora, como ya va a cumplir cuatro años su
mamá empieza a explicarle algunas costumbres de los animales para que vaya
aprendiendo lo maravillosa que es la
naturaleza que les rodea.
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| Dibujo realizado por mi nieto Guille. |
Pipo y
Pipa
Guille y
Pablo han ido con su mamá a un centro comercial y han visitado una pajarería en
donde hay muchos animales.
La
encargada está dando de comer una papilla a unos pollitos de agapornis que
todavía no tienen plumas.
—¿Qué
clase de pájaros son estos pollitos? —pregunta Guille a la señora que los está
alimentando.
—Son
agapornis papilleros.
—¿Y eso
qué es? —vuelve a preguntar el niño muy extrañado.
—Son
loritos pequeños. Si desde que nacen los alimentas con esta papilla, se acostumbran
a ti como si fueras su madre. Los puedes amaestrar fácilmente y sacarlos de la
jaula cuando quieras; siempre vuelven con su dueño.
—¡Queremos
comprar un lorito de estos mamá!
—Yo os
recomiendo que os llevéis dos: un macho y una hembra. Estos pajaritos no deben
vivir solos; si compráis uno, se moriría de tristeza —les explica la señora que los está cuidando.
—¿Y eso,
por qué? —insiste Guille.
—Estos
pajaritos siempre tienen la misma pareja durante toda la vida, por eso les
llaman los pájaros del amor.
—¡Anda
mamá, vamos a llevarnos dos agapornis a casa! —le suplican los niños a su
madre.
A la mamá
de Guille y Pablo, no hay que insistirle mucho cuando se refiere a animales, le
gustan más que a ellos, ¡qué ya es decir! Así que accede a la petición de los
niños.
—Antes de
pasarlos a la jaula, los debéis de meter en una cajita con papeles suaves para
que estén calentitos. ¡Ah! Y limpiadla cada dos días aproximadamente.
Después
de escuchar todas las recomendaciones de la señora de la tienda compran la
jaula que les indica y dos papilleros pequeñitos y se van contentísimos a casa.
Les han
puesto de nombre Pipo y Pipa y ya los quieren como si fueran de la familia.
Guille
les alimenta con su jeringuilla cinco veces al día y cuando los pájaros lo ven
llegar, abren el pico como si fuera su mamá la que les está dando de comer. Cuando
llegaron a casa tenían las plumitas blancas, pero ya les están saliendo las
verdes. Su madre cree que es hora de pasarlos a la jaula y ese cambio lo hacen
con mucho cuidado para que no se dañen. Con el tiempo Guille los ha podido
amaestrar, se los pone en el hombro y se pasea con ellos por la casa. Los deja
que se den una vuelta por el salón y después se meten en su jaula ellos solitos.
Un día la
madre de Guille y Pablo, sin darse cuenta, se ha dejado la puerta abierta y Pipa se escapa. La busca por todo el jardín porque
tiene la esperanza de que vuelva, pero piensa en el disgusto que se va a llevar
Guille cuando vuelva.
Pablo es
pequeño, no va al colegio, y se ha dado cuenta de todo lo que ha pasado con
Pipa.
La mamá
se va a la pajarería y compra otra hembra parecida. Esta ya es mayor y como no ha comido nunca de la mano de
Guille, el niño se extraña de que no le haga caso y no se ponga encima de su
hombro. Además, algunas veces, pica a Pipo.
—¡Qué
raro! —dice Guille—, Pipa se comporta de una forma muy rara. A lo mejor es que
está un poco celosa.
—Claro
Guille. Siempre haces más caso a Pipo. Tienes que estar un poquito más con ella
–le explica su madre para evitar que se de cuenta de que esa no es su pajarita.
Pablo, con
su media lengua le dice a Guille:
—“Eta no
e Pipa. Pipa sa ido”.
Guillermo
no le entiende y cada vez que el niño coge a los agapornis se sigue extrañando
de que Pipa no le haga caso. Pablo le vuelve a repetir:
—“Eta no
e Pipa, Pipa sa ido,” pero Guille sigue sin
entender lo que quiere decir su hermano y continúa muy feliz cuidando de
sus papilleros.
Con el tiempo,
Pipo y Pipa se han acostumbrado a vivir juntos. Ya no se pelean y además hacen
cosas muy graciosas como dar vueltas a la derecha o a la izquierda, bailar y
jugar a la pelota con una bolita muy pequeña de fieltro.
En el
colegio, con el fin de fomentar el amor y el respeto por los animales, han
organizado un concurso. Los niños que tienen animales en casa pueden demostrar
lo que se consigue con sus mascotas a
base de cariño y tesón. ¡Allí van Guille y Pablo con sus agapornis para probar
que son los mejores!
Se
colocan cada uno en los extremos del escenario y un profesor se ofrece para
ayudar.
—¡Abra la
jaula profesor!
El
profesor hace lo que le dice Guille y los dos pajaritos emprenden el vuelo colocándose
cada uno sobre el hombro de uno de los niños.
—Pipo,
aquí —y Pipo sale volando a posarse en el
dedo de Guille.
—Pipa,
aquí —y Pipa hace lo mismo con Pablo.
Sus
compañeros les aplauden con mucho entusiasmo. Después los ponen encima de una
mesita pequeña que hay sobre el escenario y les colocan una pelotita dentro de
un vaso de plástico transparente. Lo empujan con el pico y juegan al fútbol.
Sus amigos
se ponen de pie y aplauden a rabiar; el jurado les ha dado el primer premio: un
viaje para ver el parque zoológico de Madrid.
Los niños están contentísimos. ¡No podían haber recibido un regalo mejor!