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jueves, 3 de octubre de 2013

El gorrión y La Flauta Mágica. 2º Ciclo de educación Primaria.

 
Dibujo realizado por Guillermo Martínez Ortiz para
la ilustración de este cuento.
 
Todo el bosque estaba preparado para recibir a la nueva estación. La primavera estaba a punto de llegar y los primeros brotes aparecían en las ramas de los árboles;  los campos se llenaban de flores y los pájaros ya tenían sus nidos preparados para acomodar su puesta de huevos.
Una pareja de gorriones  llevaba unos días esperando el acontecimiento. Sus huevos blancos con pequeñas manchas negras, descansaban sobre las  hojas, ramas y  trozos de hilos y cuerdas que habían tejido para formar su casa. El padre y la madre se turnaban para incubarlos. Una mañana la primera cría rompió el huevo con el pico y se vio libre de la cáscara que lo tenía aprisionado. A continuación,los demás se empezaron a animar y los cuatro gorrioncillos estuvieron dispuestos para recibir la comida que les traerían sus padres.
Los gorriones se alternaban en el cuidado de los pequeños; unas veces los cuidaba la madre, y el padre iba a recoger granos, frutas y pequeños insectos, y otras era ella la que salía a buscar la comida mientras el padre se quedaba con los pichones. Pasó el tiempo y los pajaritos se prepararon para salir del nido. Una tarde el más espabilado saltó de la rama y sus padres le siguieron para ayudarle . Le enseñaron a coger las hormigas del suelo y le sostuvieron con sus alas para que levantase el vuelo,  así  lo hicieron con todos hasta que   fueron mayores y totalmente independientes.
Los pájaros piaban tanto que las ardillas que vivían cerca de ellos a veces tenían dolor de cabeza, sin embargo, había uno en especial al que sí daba gloria escuchar. Él no piaba, él cantaba y lo hacía mejor que  un ruiseñor. Conseguía que todos los animales que estaban cerca dejasen lo que estaban haciendo y  parasen para oírlo. El gorrión no descansaba aunque estuviese anocheciendo. Una tarde, el búho del árbol vecino  que estaba asombrado de los pulmones del pequeño gorrión dijo:
-Sus trinos parecen el sonido de una flauta mágica; a partir de ahora te llamaré Flautín...
 A  los animales del bosque les hizo gracia lo que dijo el búho, así que, Flautín por aquí, Flautín por allá, se quedó con ese nombre.
Los padres estaban  muy  orgullosos y asombrados de su hijo; no era normal que un gorrión cantase así, por eso dudaban de si ese huevo que habían incubado podría ser de otra clase de pájaro, quizás de un canario o de un ruiseñor,  aunque por otro lado su apariencia externa era  la de un gorrión: Flautín tenía que ser hijo suyo.
Los pequeños  gorriones  cada vez se atrevían a volar más lejos; durante el día hacían sus inspecciones por los alrededores y luego volvían a dormir al mismo árbol. Flautín era el más madrugador y también el que regresaba más tarde. Sus padres  estaban intrigados; no sabían cuáles serían las ocupaciones diarias de su hijo.
-Mañana, en  cuanto se levante, lo seguiremos para ver  dónde va-, dijo la madre un poco preocupada.
Eso hicieron, en cuanto Flautín levantó el vuelo  sus padres lo siguieron a una distancia prudencial para no ser descubiertos. Volaron  durante un rato sobre unos huertos cercanos que estaban llenos de naranjos y limoneros. El  olor a azahar  llenaba el aire. Divisaron a lo lejos a su hijo; se había posado  en la rama de un limonero. En ese momento oyeron la melodía que él siempre cantaba. Al principio, pensaron  que se había parado a descansar y había aprovechado para entonar su canción  favorita pero comprobaron  que cerca  había  una casa de donde salía el sonido de una flauta que parecía mágica de verdad. Su hijo la escuchaba embobado. La casa  era pequeña, pero  se veía muy  cuidada; en el jardín había un perro que ladraba sin parar  y dos o tres gatos que no quitaban ojo a la rama en donde estaba Flautín posado. Los padres se preocuparon un poco, no parecía un lugar seguro. En el piso superior  de la  casa  había  una ventana abierta y, dentro, una señora  sentada al piano acompañaba a una jovencita que tocaba con una flauta la misma melodía que su hijo les entonaba todos los días. Cuando terminó la muchacha, Flautín empezó con sus trinos. Ella  se asomó a la ventana, parecía que ya estaba acostumbrada a oírlo porque sonreía  mirándolo mientras el gorrión  repetía una melodía parecida a la que ella acababa de interpretar. Los padres se dieron cuenta de que en ese lugar  su hijo había aprendido a cantar tan bien. Levantaron el vuelo y dejaron a Flautín  disfrutando de sus clases de música.
Todos los días, el gorrión volvía  para escuchar a su amiga, se colocaba en el limonero  que había elegido el  primer día que llegó a aquel huerto y esperaba   a que se abriese la ventana, a que la señora se sentase al piano y a que su amiga empezase a ensayar. Una mañana estuvo aguardando durante mucho rato  pero nadie  se asomó.  Flautín volvió a su casa muy triste; no  se explicaba dónde había ido su amiga ni por qué había dejado de interpretar sus preciosas canciones. El búho, extrañado  de que  esa tarde no cantase, le dijo  desde su rama:
-Qué te pasa Flautín, ¿esta tarde no cantas?
-No tengo ganas señor búho, lo siento-, y se acurrucó en una rama al lado de sus hermanos. Todos, en el bosque, echaron de menos sus trinos.
Por la noche estuvo lloviendo sin parar. Flautín no pudo pegar ojo,  aprovechó para levantarse más temprano y como no sabía qué hacer se dirigió hacia el huerto en donde se encontraba la casa de  su amiga. Cuando se colocó en su rama, la vio,  se dio cuenta de que la chica estaba en la puerta esperando a alguien. En ese instante apareció un coche  rojo como el  tejado, y dentro de él  la señora que tocaba el piano con un vestido negro muy elegante. La chica  también estaba muy  guapa, parecía una artista. Se subió al coche  y el motor arrancó suavemente, parecía que el conductor no  lo quería manchar  con el barro de  los charcos que había por el jardín. Flautín, intrigado se dispuso a seguirlas. Atravesaron los huertos que rodeaban la casa y salieron a una carretera que tenía mucho tráfico. ¡Ay! Qué complicado era volar por encima de tantos coches. El humo subía hacia donde él estaba y le irritaba los ojos, le lloraban tanto que casi  no veía, además iban tan deprisa que le costaba mucho seguirlas, menos mal  que el color rojo se veía a gran distancia y eso le facilitaba un poco las cosas. De repente, sin saber de dónde, salió otro coche del mismo color y forma parecida ¿Cuál de ellos sería? Ahora sí que estaba en un aprieto. Bajó un poco el vuelo y aprovechando que  los coches se habían parado se dispuso a mirar por las ventanillas para ver en cuál de ellos estaba su amiga. Por fin la vio, ya no se le iba a escapar. Entonces se encendió una luz verde que estaba colgada de un árbol  muy extraño, sin ramas ni hojas ni nada, y todos los coches salieron corriendo haciendo mucho ruido. Por poco se cae al asfalto; estaba desprevenido cuando los motores arrancaron. El coche rojo se  paró y las dos chicas se bajaron de él; se pararon ante  el  edificio más bonito de todos los que allí había.
La entrada  era tan alta que  sus dos amigas parecían hormigas cuando subieron por las escaleras. Intentó seguirlas pero se dio cuenta de que había unas puertas de cristal que daban vueltas y vueltas y, aunque hizo varios intentos de pasar detrás de ellas estuvo a punto de estrellarse contra los cristales, así que desistió y se posó en un árbol que había por allí cerca para esperar a qué salieran.
Había transcurrido bastante rato y Flautín se estaba impacientando. Allí solo, sin nadie de su familia y sin saber dónde estaban sus amigas empezó a  notar que el corazón se le encogía, la verdad es que estaba un poco asustado.Nunca se había sentido así y no le gustó nada esa sensación.
Levantó el vuelo y se acercó a una de las ventanas que el edificio tenía en la parte superior, se  posó encima del alfeizar  y pudo ver una sala grandísima en donde   hombres y mujeres tocaban cada uno un  instrumento diferente aunque interpretaban a la vez la misma melodía. Entonces la vio: su amiga, delante de todos, tocaba con su flauta una de  las   canciones que ella había ensayado. Después, ¡qué maravilla!  todos tocaron la que ella y él practicaban a diario  en la casita del huerto.No  lo pudo resistir, se coló por una claraboya que estaba abierta y, volando en círculos, se  posó encima del piano.
En el centro de la sala, ella estaba radiante, parecía la más importante de todos; llevaba un vestido rojo largo y estaba más guapa que nunca.  Un señor con una ramita pequeña en la mano hizo un gesto y todos se pararon. Entonces oyó un sonido muy fuerte y cuando miró hacia el otro lado  vio a muchas personas que juntaban y separaban  las manos, haciendo un ruido parecido al que él hacía con las alas cuando  estaba aprendiendo a volar. La joven se inclinaba hacia adelante y sonreía a todos.
 Uno de los músicos se dio cuenta de la presencia de Flautín y avisó a unos compañeros:
-¡Coged a ese pájaro! Nos va a estropear el concierto.
Otro se levantó y le echó por encima su chaqueta negra para atraparle pero, en ese momento ella miró hacia donde estaba el gorrión y lo reconoció enseguida, ese gorrión  era Flautín, la había seguido hasta el Teatro de la Ópera.
-¡No! Por favor no le hagáis daño, es mi amigo, ya veréis cómo  canta conmigo mientras toco la flauta-, exclamó asustada.
Lo cogió con cuidado y  lo colocó sobre su hombro, sujetó despacio  la flauta para que Flautín no se cayera y empezó a tocar la pieza  que siempre  ensayaba y que  él oía  desde la rama del limonero. Ante el asombro de todos, el pajarito acompañó con sus trinos las notas que salían de la flauta. Los músicos de la orquesta, el director  y el público no se podían creer lo que estaban escuchando en ese momento: un gorrión  interpretando La Flauta Mágica de Mozart, ¡eso era impensable!
 Se hizo un gran silencio y volvieron a  repetir la misma pieza del repertorio ¡qué maravilla! no desafinó ni una nota.
La gente volvió a mover las manos como habían hecho antes con su amiga. Ella estaba muy contenta y él  muy feliz porque, aunque era un simple gorrión, cantaba como un ángel. Eso era lo que siempre  le decía Laura cuando se iba la gente y se quedaban solos. A veces, cuando actuaban por la noche, a través  de los cristales de las ventanas, se veía a un extraño grupo compuesto por un búho y un grupo de gorriones escuchando sin pestañear  las preciosas melodías de Laura y Flautín. Luego, se acercaban a la puerta del teatro a ver el cartel anunciador:
                                                 HOY

            9 REPRESENTACIÓN DE ´LA FLAUTA MÁGICA

                                           (DE MOZART)

Entonces los padres de Flautín  preguntaban al  señor búho, que era muy sabio y  sabía leer muy bien:
- ¿Quién será ese Mozart?
Y el búho  haciendo gala de su sabiduría contestaba:
-Debe de ser el dueño del teatro-, afirmaba. Luego añadía:
-En ese cartel  pone que están tocando La Flauta Mágica, seguro que se refieren a Flautín, ¿habéis visto como yo tenía razón? su sonido es verdaderamente mágico.
Y al escucharle, sus padres se sentían muy orgullosos de tener un hijo como Flautín.

2 comentarios:

Elizabeth Segoviano dijo...

oh que hermoso cuento Conchi!!!!! lo he disfrutado mucho, tanto que se me hizo cortito jejeje que relato tan mágico!!!!!!! estupendo como siempre
un abrazo, eliz

Conchita dijo...

Lo primero es darle las gracias a mi nieto por dedicarme parte de su tiempo en hacerme un dibujo tan gracioso. Yo no lo hubiese hecho mejor.
Luego quiero decirle a mi amiga Eliz Segoviano que no concibo un cuento mío sin uno de sus agradables comentarios que tanto me animan a seguir escribiendo. Un beso para los dos.

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