Mensaje de bienvenida

¡Y sin embargo algunas personas dicen que se aburren!¡ Démosles libros!¡Démosles fábulas que los estimulen!¡Démosles cuentos de hadas! Jostein Gaarder

martes, 14 de enero de 2014

Esto es agua. Educación primaria 2º y 3er. ciclo. 1er. capítulo.


     
 A mi padre que invirtió parte de sus ahorros en una huerta para que pudiésemos disfrutar de la naturaleza, y a mis hijos que sí supieron
valorar lo que tenían.
Primer capítulo.

  Pepe nunca estaba satisfecho con las cosas que le rodeaban y vivía constantemente enfadado;  nada de lo que tenía le gustaba.  Residía  con  sus padres en una casa rodeada de huertas que habían heredado de su abuelo Pepe. 
Don José nunca la quiso vender;  quería que su nieto tuviese una infancia sana, en un lugar sin contaminación y lejos de los humos de la ciudad. 
-Si viviésemos en el pueblo, iría andando al colegio y no tendría que levantarme tan temprano -protestaba todos los días cuando entraba su madre a despertarle.
-Pero Pepe, ¿siempre con la misma cantinela? seguro que tus compañeros  tienen que levantarse a la misma hora que tú.
      Pepe no sabía valorar lo que tenía; no se daba cuenta  de que su madre, todos los días, le hacía un  zumo riquísimo con naranjas recién cogidas del árbol y  que el pan estaba tan rico porque lo cocía en un horno de leña ni  apreciaba la tortilla que se llevaba en el bocadillo hecha con huevos frescos  acabados de coger del gallinero; todas esas cosas no tenían valor para él. 
      Pepe  solo sabía protestar por todo: porque tenía que ir al colegio en un autobús que le recogía como a los niños  pequeños, porque no tenía cerca  ni el cine ni la hamburguesería, porque no podía ir al centro comercial más que los fines de semana y, con sus padres, en lugar de en pandilla como hacían sus amigos; en fin que era un autentico amargado. Hasta protestaba porque no tenía piscina, él, que se bañaba en verano en una balsa de riego grandísima que recogía continuamente el agua cristalina que salía de un pozo artesiano que había hecho su abuelo.
-200 litros por segundo, le oía decir a su padre orgulloso cuando se refería a la cantidad de agua que subía, ayudada por una bomba, del acuífero subterráneo que tenían debajo de su huerta. 
       Cuando era muy pequeño, todavía lo  recordaba, el pozo se secó y su abuelo se empeñó en profundizar  unos pocos metros más  para buscar agua; para ello tuvo  que  taladrar una roca que había debajo de donde se encontraba el pozo.
-Don José, allí en el fondo, seguro que hay agua -le dijo el pocero  y, su abuelo, aunque sabía que le iba a costar una fortuna, quiso seguir y romper la roca hasta encontrar la balsa subterránea de  agua. 
      Pepe siempre pensaba que ese dinero que gastó su abuelo en el pozo, lo tenía que haber empleado en comprar un piso en el pueblo.
      En verano, sus amigos iban a visitarle y se bañaban en la balsa de riego.
-¡Qué suerte tienes ! Tener una balsa para ti solo con este agua tan rica -le decía su amigo Ginés-. ¡Está tan fresca y limpia! 
Además, no tiene cloro como  la piscina del pueblo. Cuando me baño en ella, siempre, se me ponen los ojos malos -continuaba Chechu.
      ¿Vosotros creéis que él se conformaba? Pues no, siempre le sacaba el lado malo.
-Sí, pero aquí hay muchas ranas -añadía.
-¡Pepe! mira que eres protestón; aún con las ranas, el agua está limpísima, además, cuando nos oyen llegar se esconden. Ya me gustaría a mí tener una huerta como esta y vivir aquí, en lugar de hacerlo en un piso;  eso es más aburrido. No puedo montar en bicicleta ni tener perro -explicaba Ignacio. 
      En eso sí que les daba la razón, no podía vivir sin su bicicleta ni sin su perro Charlie. 
      Una de las cosas que más les gustaba a sus amigos era la hora del riego; ver cómo por medio de una  acequia, se podía regar la huerta que rodeaba la casa. La acequia era como un pequeño río que atravesaba el terreno. Aparentemente el cauce estaba seco hasta que su  padre  levantaba una pequeña compuerta desde la balsa de riego y, el agua que estaba esperando como si fuera la hora del recreo salía  rápida y bulliciosa e iba llenando el pequeño cauce, saltando  risueña, juguetona  y cantarina entre las piedras hasta que inundaba todos los bancales y bañaba las raíces de las hortalizas que estaban plantadas. Cuando sus amigos  veían a  su padre dirigirse hacia la compuerta le decían:
-Don José ¿le podemos ayudar? 
      Entonces, él, satisfecho, repartía una azada a cada uno y los colocaba en los sitios estratégicos para que esperasen la llegada del agua. Cuando la veían aparecer, daban un golpe en la tierra y abrían un surco para que el agua no pasase de largo sino que entrase en todos los bancales. Al principio, el agua corría rápida entre la tierra seca pero, poco a poco, el suelo sediento la iba empapando y, entonces, ya no corría sino que se quedaba quieta dejando toda la huerta fresca y limpita ya que el polvo desaparecía. Luego José  les preparaba algunas bolsas con productos de los que acababa de recoger:  naranjas, tomates, pimientos y, a veces, fresas.
-Esto por haberme ayudado -les decía guiñándoles un ojo
      Solo, cuando su hijo veía la cara de satisfacción de sus amigos se alegraba también, pensando que cuando estaban tan contentos, no debía de ser  malo vivir en un lugar como ese. 


   
      Solo, cuando su hijo veía la cara de satisfacción de sus amigos, se alegraba también, pensando que cuando estaban tan contentos, no debía de ser  malo vivir en un lugar como ese.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Conchita. Un cuento precioso para enseñar valores que tanta falta hace a los niños, es el mejor homenaje que has podido hacer a tus padres, los recuerdo con cariño, eran personas altruistas y, precisamente con valores. Esperanza

Conchita dijo...

Esperanza,me ha emocionado que tengas tan buenos recuerdos de ellos.Ya sabes cómo eran ,así que no tengo nada que decirte sobre ellos, solo que en esa huerta pasamos momentos inolvidables,.Siempre que puedas, cuando leas alguno de mis cuentos hazme un comentario sobre ellos, pues eso es lo que anima a seguir escribiendo. Un beso.

Marisa Alonso Santamaría dijo...

He recordado mi niñez leyendo éste cuento, Yo vivia como Josemi, pero siempre me senti muy afortunada. Muy bonita Conchita. Marisa Alonso

Conchita dijo...

Gracias Marisa. Un beso.

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