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¡Y sin embargo algunas personas dicen que se aburren!¡ Démosles libros!¡Démosles fábulas que los estimulen!¡Démosles cuentos de hadas! Jostein Gaarder

domingo, 1 de mayo de 2011

El gallito Escarlati 2º y 3er ciclo











Nuestra historia sucedió en un pequeño pueblo en donde no se conocían las prisas ni la contaminación de las grandes ciudades. Nada enturbiaba la paz de sus vecinos. Todas sus casitas eran blancas y limpias y en todas ellas había además de un palomar, un corral y un gallinero que se comunicaba con un pequeño huerto. Era en este lugar, en donde los niños de la casa y también los animales que vivían por allí sueltos, pasaban sus mejores ratos. Los primeros, jugando sin parar con los amigos que venían a verlos de vez en cuando y, los segundos o sea, las gallinas, los pollitos y los patos picoteando durante todo el día, buscando algo de comida que llevarse al pico.
Los chavales, unas veces subían a ver las palomas y, otras veces, visitaban el gallinero observando a las gallinas; luego contaban los huevos que habían puesto y también comprobaban si habían nacido algunos pollitos. Un día, jugando en el pequeño huerto, de entre todos las aves que estaban por allí picoteando entre las hierbecillas, una les llamó la atención; pasó andando por su lado como si fuera de puntillas, con el cuello muy estirado, tanto, que hubiesen pensado que miraba a los demás por encima del hombro. Más que andar parecía que quisiera arrancar el vuelo en cualquier momento. No tuvieron más remedio que reírse. Uno de los niños miró al pollito y dijo con sorna:
-¡Qué bicho más raro! parece que anda sin pisar el suelo y por la forma de su cuello, se diría que parece una avestruz. Todos se rieron de la ocurrencia de Quique:
–Un gallo avestruz ¡que original! Lo volvieron a mirar extrañados y fueron corriendo muy divertidos a contárselo a su madre.
Los patos y los otros animales del corral comentaron entre sí:
-Veis, hasta los niños se han dado cuenta, ese pollito es muy orgulloso y presumido. Nunca agacha la cabeza y parece que nos mira a todos como si los demás fuéramos tontos.
Agustina, la mamá gallina, oyó el comentario y pensó con tristeza que ya era hora de hablar con su hijo, el gallito del cuello estirado. Así que, como las cosas importantes no se deben de dejar para el día siguiente, se dirigió a Escarlati II que así se llamaba y le dijo:
-Vamos a ver Escarlati II, llevas unos días muy raro, sé que te ocurre algo y no me lo quieres decir. Te veo siempre triste, preocupado y andando de una forma muy extraña. Ya te estás haciendo mayorcito y nuestros vecinos se empiezan a reír de ti. Confía en tu madre y cuéntale lo que te inquieta.
Escarlati II la miró y se le llenaron los ojos de lágrimas:
-Mira mamá, no quiero que te apene lo que te voy a decir pero los días veo pasar por encima de nuestras cabezas a muchas aves que volando van de un sitio a otro, libres y divertidas: las cigüeñas de la torre, las palomas de nuestra casa, los jilgueros ¡Quiero volar como otros pájaros! … ¿Por qué no puedo hacerlo? Siempre picoteando en el suelo y buscando gusanos ¡qué asco! ¡ No me gusta ser un pollo, hasta la palabra pollo, me pone la carne de gallina, y perdona por la comparación. ¡No hay cosa más tonta y aburrida que ser ave de corral!
-Mira hijo -le dijo Agustina la gallina muy disgustada-, por mucho que andes de puntillas para parecer más alto y estires el cuello para tenerlo más largo, no te vas a parecer nunca a las cigüeñas de la iglesia ni vas a volar tan alto como ellas. Pero si tienes paciencia, comprenderás cuando seas mayor, que los gallos tienen un oficio muy importante y que la vida de todo el pueblo depende de ellos.
El pollito miró a su madre con los ojos muy abiertos y le dijo:
-Pues yo he visto un gallo encima de la torre, así que, él sí que ha podido volar más alto que nosotros.
-¿Un gallo encima de la torre? -dijo extrañada Agustina-. A ver, enséñamelo.
Escarlati y su madre se fueron andando hacia una parte del corral, desde donde se veía bien dicha torre y, efectivamente, allí estaba el gallo encima del campanario de la iglesia.
Se movía girándose sobre sí mismo, según soplaba el viento. Agustina se echó a reír:
-Hijo, eso no es un gallo, es una veleta. No es un animal de verdad sino de hierro y está ahí encima para indicar la dirección del viento.
Escarlati se puso colorado, pero no se le notó porque ya se le estaban poniendo las plumas de la cabeza naranjas y rojas como las de su padre, así que, la vergüenza que sintió por el error cometido pasó desapercibida.
-Ten paciencia cariño, que dentro de poco te llegará tu momento- le repitió Agustina.
-¿Falta mucho para ese día mamá?
-Confía en mí que yo te avisaré, cuando crea que estás preparado para la misión que tienen reservada los gallos del corral - le contestó.
El pollito se marchó más tranquilo meditando sobre todo lo que le que le había dicho su madre.
Esta le vio alejarse y dijo para sí:
-Tengo que hablar con su padre. Ya es hora de que le enseñe a Escarlati II, que la vida de un gallo no es tan aburrida como cree. Además, está creciendo muy rápido y no me parece bien que todos los animales se rían de él porque crean que es un estirado.
El padre de Escarlati II, Escarlati I, era un gallo de armas tomar. Todas las gallinas del vecindario estaban enamoradas de él, tenía una planta majestuosa; se paseaba por el corral despacio, moviendo la cabeza para todos lados, luciendo su precioso plumaje. Las plumas de la cabeza pasaban desde los tonos amarrillos hasta los rojos más vivos y los bordes de las alas eran de color naranja. El resto del cuerpo era gris oscuro y la cola de color negro azabache, alternando con algunas pinceladas blancas. También, si te fijabas con atención, podías ver que alguna pluma azul marino salpicaba su cuerpo para hacerlo más bello todavía.
Cuando Agustina llegó delante de él, suspiró orgullosa viendo lo guapo que estaba su marido y pensó, que pronto su hijo se convertiría en un gallo tan espectacular como su padre.
-¡Escarlati, tengo que hablar urgentemente contigo!, le dijo.- Vamos a un sitio en donde podamos estar más tranquilos. Se fueron debajo de unos árboles, lejos de las miradas indiscretas de algunos vecinos y Agustina, le puso al corriente del problema que tenía su hijo. Los dos decidieron que cuando terminara el invierno y entrara la primavera, sería el momento del relevo, el padre descansaría para dejar a Escarlati II la responsabilidad de ser el gallo del gallinero.
Llegó el tiempo fijado, los árboles, las plantas del huerto, los animales y, todo lo que rodeaba la casa, había experimentado un gran cambio. Se notaba que la vida bullía por todos lados: era la primavera.
Una noche Escarlati I habló con su hijo:
-El momento ha llegado. Mañana de madrugada tendrás que estar a punto. Veremos si sabes ganarte el nombre de” El gallo del gallinero”.
Esa noche nuestro joven no pudo dormir. Cuando llegó su padre a por él, ya estaba listo:
-Acompáñame - le dijo.
Escarlati II ya no era el gallito tímido y raro de antes, pues durante el resto del invierno se había convertido en un digno sucesor de su padre. Le siguió lo más rápido que pudo, pero su progenitor iba tan ligero, que estuvo a punto de caerse varias veces. ¡Estaba muy nervioso!...
Por fin, después de unos cuantos tropezones, llegaron a lo más alto del tejado. Cuando hubieron descansado un poco, el padre se volvió hacia él y le dijo solemnemente:
-Escucha hijo, dentro de unos segundos vas a ser testigo de un gran milagro que todos los días sucede en la naturaleza, el paso de la oscuridad a la luz, de la noche al día.
-Observa bien y déjate llevar. Transcurrieron unos minutos que a Escarlati II le parecieron horas. Miró a lo lejos. El cielo estaba maravilloso cuajado de estrellas. De vez en cuando, se oía el ladrido lejano de un perro vagabundo. De repente, un magnífico espectáculo apareció delante de sus ojos, un punto brillante con un halo rojo surgió en el horizonte, el cielo empezó a aclararse muy despacio y comenzó a ver mejor. Las estrellas fueron apagándose poco a poco y las nubes que había en el cielo se vistieron con colores grises, rosas y rojos. La belleza del momento le lleno tanto de emoción que, sin saber por qué, hinchó su pequeño pecho y la alegría que sentía le hizo cantar su primer “KIKIRIKÏ.”
Le gustó la sensación y lo volvió a repetir: KIKIRIKÏ., KIKIRIKÏ...
Cantó una y otra vez hasta el agotamiento. Lo que vino un poco después le gustó aún más: observó desde el tejado, como el pueblo se despertó al oír su canto y gracias a él, empezó a cobrar vida. Las luces comenzaron a apagarse y desde donde estaba subido pudo ver lo que sucedía: el panadero abrió la panadería; los amos se desperezaron en la cama; los niños subieron las persianas y se asomaron a las ventanas para comprobar el tiempo que hacía; el Sr. cura tocó las campanas para anunciar la misa de siete; el Sr. Paco, dueño del Kiosco, recogió como todas las mañanas los paquetes de periódicos que el repartidor había dejado en la puerta y los colocó en los expositores de hierro junto con las revistas; entonces empezó a vocear el diario del día: -¡El Ideal, compren el periódico con las noticias más frescas!….
Todos los animales del corral salieron fuera y miraron hacia el tejado asombrados. Ellos sí reconocieron, que el canto que les había despertado ese día, no era el de siempre. Era el de un gallo más joven e ilusionado:
- ¿Habéis escuchado? Creo que es Escarlati hijo-decían los patos a las gallinas.
-Tiene un canto aún más bonito y potente que el de su padre -añadía un gatito desperezándose.
-Ahora sí que ya no se va a poder dormir más en este corral- replicó un viejo perro que destacaba por su pereza-.¡Si esto se vuelve a repetir me voy de esta casa!
Todos los que le escucharon se echaron a reír porque sabían que no lo iba a hacer. Siempre protestaba por todo, pero ¿dónde iba a ir a sus años?
Agustina muy orgullosa, se dirigió al grupo que estaba allí reunido y les dijo:
-Por fin se ha dado cuenta de la importancia de su misión. Desde hoy será muy feliz.
Mientras desde el tejado….
-KIKIRIKI; KIKIRIKI, Escarlati seguía cantando.
Poco a poco todo volvió a la normalidad. Se hizo completamente de día, las luces del pueblo se apagaron por completo y Escarlati I se volvió a su hijo y mirándole orgulloso le dijo:
-Verdaderamente ¿crees ahora que es aburrido ser Gallo?
Escarlati hijo miró a su padre emocionado y, ambos, con sus bonitas plumas se dieron un gran abrazo.






Las bonitas ilustraciones de este cuento las ha realizado LAURA BUENO VALDES.



Gracias Laura.

3 comentarios:

Conchita dijo...

Lo prometido es deuda. Es primero de mes y ahí van dos cuentos más.

Anónimo dijo...

Me encanto el cuento, nos hace ver que todos tenemos un rol en la vida, sobre todo a los niños y jóvenes les hará ver que no hay que precipitarse y querer vivir mas rápido de lo que se debe, me gusto el cuento del pollito.

Conchita dijo...

Querida Milly, has captado muy bien la enseñanza del cuento. Muchas gracias por tus comentarios.

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