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¡Y sin embargo algunas personas dicen que se aburren!¡ Démosles libros!¡Démosles fábulas que los estimulen!¡Démosles cuentos de hadas! Jostein Gaarder

sábado, 7 de enero de 2012

La Gabardina. Relato para gente con el corazón joven.

Enseguida que la vio en el escaparate, mi padre se sintió atraído por ella. Era de un precioso color verde hoja seca, de línea clásica y con un tejido de  buena calidad.
-Seguro que no se me pasará enseguida de moda, estas prendas son muy duraderas-, le dijo a mi madre.
Entraron en la tienda y pidieron al dependiente que se la enseñaran. La observaron detenidamente y comprobaron que efectivamente era lo que estaban buscando. Se la probó y  se aseguró de que efectivamente fuera su talla. Parecía que estaba hecha para él. Le preguntó a mi madre si le gustaba y  ella  le aseguró que le sentaba bien. Preguntó el precio y aunque le pareció un poco cara, la compró.
Desde aquel día la gabardina de mi padre fue su compañera: salía con él todos los días de invierno a las ocho de la mañana camino del banco en donde trabajaba. Tomaba el autobús con él cuando me llevaba al colegio. Le protegía del frio durante  los plantones que mi padre tenía que soportar desde que me dejaba, hasta que él entraba a trabajar media hora más tarde que yo. También le quitó muchos chaparrones y algunas nieves que en aquella época tenían la  sana costumbre de caer en Madrid.
Desde la percha en la que todos los días la colocaba, cuando llegaba a su oficina, observaba el ir y venir de los clientes  y de los empleados del banco. Ya era como de la familia.
En verano descansaba de su duro trabajo, en  el fondo de un armario, dentro de una bolsa de tela y con unas bolitas de naftalina en los bolsillos para evitar que se apolillase.
Así estuvo durante unos cuantos años hasta que un día, cuando mi madre se disponía guardarla  de nuevo en su saco para que pasara el verano, la observó detenidamente y dijo:
-¡Caramba Pepe!, esta gabardina está muy rozada ya no puedes ir a trabajar con ella sobre todo ahora que eres jefe de quinta.
Mi padre pensó que mi madre tenía razón, y que tendría que buscarse otra el próximo otoño.
La gabardina al escuchar a mi madre se sintió traicionada, le entró un pánico terrible y pensó que su vida se había acabado. Se vio arrojada a la basura o en el mejor de los casos, encima de los hombros de un mendigo.
De repente vio que mi madre  se le acercaba con unas tijeras y sintió que llegaba su final; iba a  convertirse en trapos para el polvo.
Con mucha destreza mi madre empezó a trabajar: le descosió el forro y le cortó un poco las mangas, después le metió unos centímetros el bajo y la estrechó. Le cosió un forro nuevo de cuadros escoceses para hacerla reversible y le puso un cuello y unos puños de pana del color de los cuadros del forro. La gabardina estaba totalmente nueva, ¡había quedado preciosa!
-Conchita, la gabardina ya está terminada, ven a probártela.
Me la puse y fui a mirarme al espejo para ver cómo me sentaba. Cuando ella se vio reflejada en él, no se lo podía creer. Estaba muy moderna y rejuvenecida. Los arreglos que le había hecho mi madre la habían sentado de maravilla. Ya no había problema: la gabardina seguiría con nosotros, no tendría que marcharse. Volvía a trabajar en la casa, pero ahora, para la niña de la familia.
Este relato está basado en un precioso recuerdo de mi infancia. espero que os guste.
¡Ah! la gabardina era más bonita que la que he dibujado.

5 comentarios:

Jose Manuel Lucas dijo...

Me encanta el olor a mercería que desprende el relato...

Elizabeth Segoviano dijo...

que historia tan maravillosa y encantadora!!! una belleza como hilas las palabras para regalarnos unas imágenes tan vívidas que parece que hubiéramos estado ahí :) un verdadero deleite leer tus historias :)

Conchita dijo...

Muchas gracias a los dos por vuestros comentarios.

Piruletas dijo...

Hola Conchita. ¡Qué recuerdos tan entrañables me trae a la mente tu relato. Recuerdo mi infancia y como mi mamá transformaba con una destreza asombrosa alguna prenda como tu maravillosa gabardina. Creo que mis hijos se perderán ese olor de la sala donde mami cosía y la magia de ver convertirse una prenda usada en un vestido, una chaqueta o una gabardina que causan la admiración de las amigas. Gracias por tu relato. Es encantador

Conchita dijo...

Gracias Piru, por tu comentario. Sí que es una pena que nuestros hijos no sepan lo que es darle la vuelta a un abrigo o aprovechar un traje de caballero para hacer un traje de chaqueta de chica.Un abrazo.

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